CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Perdidos en el
Sáhara
Al conocer
el palmarés de la última Seminci,
sorprendió que la cinta de Gerardo Olivares fuera la
ganadora de la Espiga de Oro, así como del premio a Mejor
Fotografía y Mejor Música. Nunca antes una película española se
había llevado el máximo galardón, y esta ficción de tono
documental —o “documental ficcionado”, como lo llamó Olivares en
la rueda de prensa— había sido recibida con respeto y algunos
aplausos, pero sin arrancar entusiasmos ni dejar la sensación de
estar ante una gran obra. Y es que se nota en exceso el pasado
televisivo del director cordobés, y también su espíritu
aventurero y afán por sensibilizar a Occidente con el otro lado
del drama de los inmigrantes subsaharianos.
El director
de
"La gran final"
ha pretendido acercarse a la realidad del continente africano y
recoger con su cámara la visión distorsionada que sus gentes
tienen de Europa, sus sueños por escapar del hambre o la
enfermedad, y también mostrar las penalidades e infortunios que
su larga travesía a través del desierto supone, antes incluso de
subirse a los cayucos y cruzar esos 14 kilómetros que separan
África de Europa. En esa aproximación a la realidad, Olivares ha
querido filmar espacios naturales y trabajar con actores no
profesionales del lugar, en una especie de “docudrama” en el que
se reprodujera la historia de las 600.000 personas que cada año
emprenden ese viaje clandestino. Representándolos a todos, Buba
Kanou, Violeta Sunny y Mukela Kanou inician una odisea desde
Níger hasta el territorio de los tuareg, atravesando después el
desierto del Teneré —con una dureza y peligros inimaginables,
según Olivares—, o teniendo que sortear los puestos fronterizos
entre Argelia y Marruecos —corrupción y mafias con red de
prostitución incluidas—, antes de llegar al estrecho de
Gibraltar y otear un mundo nuevo en el horizonte.
La historia
en sí misma tiene fuerza, y es indudable el conocimiento directo
de la cuestión que tiene Olivares, así como sus buenas y
solidarias intenciones. También tenemos que reconocer su buen
hacer con la cámara, logrando panorámicas de gran belleza
gracias a una cuidada planificación (según Olivares, bastaba con
«abrir el objetivo» para recoger lo que África tiene, sin
intervenir en su naturaleza primigenia). La música también es
extraída de la cultura africana, mientras que la fotografía pasa
de los colores vivos que impregnan las primeras etapas del viaje
a los tonos oscuros y de menor resolución de la fase final, como
si se quisiera trasmitir una depreciación de ese “sueño europeo”
al toparse con la cruda realidad. Pero precisamente en esa
estilizada, cuidada, bella, artística puesta en escena... es
donde se encuentra la mayor contradicción de esta cinta social.
Porque la historia está trazada a modo de crónica televisiva,
con unos actores que se esfuerzan por dar credibilidad a las
trabas y desencuentros del viaje, al desencanto ante un
improbable final feliz, pero a los que les falta oficio
interpretativo —y también dirección por parte del director—, y
no llegan a trasmitir la tensión emocional esperada. Parece que
Olivares hubiera traicionado la realidad rodada con el posterior
trabajo de postproducción, embelleciéndola, adulterándola.
Por eso, la
historia se queda en una narración correctamente contada —con
alguna licencia con que la ficción traiciona al documental para
darle unas causalidades más que improbables—, que no arranca
demasiados momentos emotivos ni dramáticos a pesar de lo que se
nos cuenta, y que hace pensar más en un encargo de la National
Geographic en busca de bellas estampas, o de la misma ONU en un
plan de sensibilización sobre la inmigración. El espectador que
acuda a verla no debe esperar un drama realista al estilo de
Michael Winterbottom ("In this world [En este mundo]")
sino algo mucho más complaciente, tanto en lo que a la imagen
como al relato se refiere, de narrativa muy televisiva y
didáctica, de estética hermosa, con unos personajes perfilados
sin grandes complejidades psicológicas, y un desenlace —lo más
cinematográfico de la cinta— cargado de sentido humanista y de
esperanza. No es mala película y puede satisfacer a muchos,
aunque sin llegar a despertar encendidas adhesiones ni elogios.
Se trata de un buen documental, menos comprometido de lo que
anuncia, con mejores intenciones que realidades, a medio
camino entre la ficción y la realidad, indefinición que se
convierte precisamente en el motivo y lugar en el que se pierde,
como si del desierto del Sáhara se tratara, para no llegar a
trasmitir vida ni emoción sino más bien unas estampas bonitas
para una cruda realidad.
Calificación:
    
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