CRÍTICA
por
José Arce
Los chupasangres siguen en
buena forma. Si en la reciente —y mediocre—
"La criatura perfecta"
Glenn Standring nos proponía una inusual y mansa convivencia
entre humanos y vampiros durante los últimos trescientos años,
ahora llega a nuestra cartelera “30 días de oscuridad”,
adaptación del cómic de
Steve Niles
y
Ben Templesmith,
clásico inmediato que aporta al imaginario vampírico la
desaparición de la concepción generalizada que todos tenemos de
estos seres como figuras elegantes, tan frías como
irresistibles. Porque la película dirigida por el cada vez más
interesante
David Slade,
responsable de esa pequeña joya que es
"Hard candy"
(2005), llega cargada de asesinos letales y despiadados que no
buscan nuestros cuellos, precisamente.
El pequeño pueblo de Barrow
(Alaska) sufre todos los años una peregrinación masiva de sus
ciudadanos hacia tierras climatológicamente menos ariscas
cada vez que llega un invierno tremendamente crudo, que les
mantiene durante un mes sin los beneficios del Sol. Tan sólo un
tercio de los vecinos permanece en sus hogares estoicamente
durante esas cuatro semanas en las que no se sirve alcohol ni se
favorecen costumbres o comportamientos que puedan desquiciar aún
más a los residentes. Siendo innecesario indagar en las
motivaciones de cada uno para no vivir en un lugar menos
intempestivo, la historia se centra en el sheriff Eben
Oleson (Josh Hartnett),
en trámites de separación de su pareja, Stella (Melissa
George). Olvidarse el
uno del otro se convertirá en el menor de sus problemas cuando
un grupo de vampiros desquiciados llegue al pueblo para
aniquilar a todo ser vivo, aprovechando los treinta días de
oscuridad que dan título a esta estupenda y contundente
producción. Hay que decir que no se trata de una película para
todos los gustos, ni mucho menos; Slade impone un ritmo extraño,
que hace complicado implicarse en la narración desde un arranque
que puede resultar un tanto torpe en la presentación de los
personajes principales, lo que no deja de sorprender después de
su soberbio debut en el largometraje hace un par de años. Así,
el resultado es una de esas realizaciones que o gustan y
enganchan desde el principio o provocan en el espectador una
irremediable sensación de necesidad de que la proyección termine
lo antes posible, impresión magnificada, sea cual sea el caso,
por la duración del metraje, cercano a las dos horas.
Sin embargo, el director es
consciente de lo que hace y marca una pauta tranquila, densa,
machacona y llena de mala leche, que no pretende convertir el
espectáculo en la premisa fundamental de su trabajo, más bien
todo lo contrario. Lo que persigue es buscar las reacciones de
cada superviviente al asedio, llevar al extremo su capacidad de
aguante ante una situación incomprensible y exasperante.
Encabezado por un arriesgadamente inexpresivo Josh Harnett, el
reparto, sin excesivos nombres conocidos —aunque ahí están
Ben Foster o
Mark Boone Junior—,
cumple su papel de comparsa de la gran figura protagonista, un
personaje tan parco y esquemático como los monstruos a los que
ha de combatir, encontrando en Marlow (fantástico
Danny Huston)
una Némesis tremenda, ineludible y curiosamente más vivaz que el
humano al que se enfrenta. Los monstruos se presentan más como
una especie de familia criminal que como las criaturas lascivas
y armónicas que suele mostrarnos generalmente el celuloide,
sabedores de su esencia animal, a la que no renuncian en ningún
momento: matan, exterminan y desaparecen sin dejar huella. Así,
ambos bandos se revuelven en un entorno desolador y
desquiciante, presentado perfectamente en una producción cuidada
que roza el ascetismo —la fotografía es tan gélida como el
entorno que recrea—; Barrow asemeja un tenebroso poblado del
Oeste, atravesado por unas cuantas calles en un trazado urbano
tan desesperante como el ritmo de vida de sus habitantes. El
azul y el negro lo presiden todo, paleta sólo rota por la blanca
nieve en contraste con el rojo de la sangre de las víctimas de
este grupo salvaje de afilados colmillos.
La violencia se desata
menos de lo que aparenta en un principio, dosificada pero
brutal, otro acierto más para el realizador, que no sucumbe a la
tentación de doblegar su trabajo a los gustos de un público
masivo, optando por dejar a cada espectador decidir
individualmente si valora o no su propuesta. Curiosamente, el
tramo final resulta un tanto precipitado, seguramente porque el
director tendría pensado regodearse aún más en el material del
que bebe. Sea como fuere, un producto
entretenido y diferente a pesar de sus tópicos, valioso por sus
aportaciones y que será recordado dentro de unos años
con una valoración previsiblemente superior a la que recibirá en
nuestros días.
Calificación:
    
Imágenes
de "30 días de oscuridad" - Copyright ©
2007 Columbia Pictures, Ghost House Pictures y Dark Horse
Entertainment. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing
de España. Todos los derechos
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