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ALEKSANDRA


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Dirección y guión: Alexander Sokurov.
Países:
Rusia y Francia.
Año: 2007.
Duración: 95 min.
Género: Drama.
Interpretación: Galina Vishnevskaya (Aleksandra), Vasily Shevtsov (Denis), Raisa Gichaeva (Malika), Evgeni Tkachuk, Rustam Shakhgireyev, Alexander Aleshkin, Konstantin Gaiduk, Valentin Kuznetsov, Sergei Lobsev, Ali Aliev, Sultan Dokaev, Alexander Udaltsov.
Producción: Andrei Sigle.
Música: Andrei Sigle.
Fotografía:
Alexander Burov.
Montaje: Sergei Ivanov.
Diseño de producción: Dmitri Malich-Konkov.
Vestuario: Lidiya Kryukova.
Estreno en Rusia: 11 Octubre 2007.
Estreno en España: 30 Mayo 2008.

CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

Un poco de luz entre los escombros

  ¿Qué hace una anciana en un campamento militar ruso sobre territorio checheno? Alexander Sokurov nos dice que esta buena mujer, Aleksandra, está visitando a su nieto Denis, capitán de las tropas de ocupación. Ha llegado como invitada de honor, pasea y observa a los soldados, acude al mercado checheno y habla con la gente del pueblo, se reencuentra y funde en un emotivo abrazo con su querido nieto..., pero fundamentalmente recupera para su alma el afecto, que logra disipar la soledad y dar sentido a su vida, aunque sea algo tarde y tenga que arrastrar un cuerpo viejo y dolorido.

 

  El director de “Madre e hijo” vuelve a ofrecernos una obra maestra, una película plena de humanismo en un ejercicio de estilo impecable, que trasciende las formas para penetrar en el alma de sus personajes y llegar hasta el espectador. Es la mirada de quien observa un panorama de guerra y represión —sin odio ni escenas de matanzas, hábilmente sugeridas y no mostradas—, donde los sentimientos han quedado reprimidos por un equivocado orgullo patriótico y un desenfocado sentido del deber, donde el uniforme esconde unos rostros cansados y hambrientos que parten en misiones de exploración y sometimiento que les van deshumanizando. Es la mirada que Aleksandra pasea por el campamento —cómo nos recuerda a aquella otra visita de Sokurov, aunque de estilo distinto, por el Hermitage y por la historia de Rusia, en "El arca rusa"— y donde descubre unos corazones jóvenes que han dejado de bombear amor y esperanza, que han descuidado el aseo y ya no se preocupan de leer, que son fuertes y disciplinados pero que han abandonado el sentido de los lazos familiares (que, en cambio, aún conservan los chechenos sometidos).

  Sin embargo, la mirada de Aleksandra/Sokurov no es dura ni recriminatoria, sino más bien indulgente y comprensiva. Quizá porque ella misma haya sido hasta hace poco una mujer autoritaria y sometida a la autoridad de su marido recién fallecido (algo que su nieto le recuerda), exigente, recia y de fuerte carácter. Es posible que ahora, al haber notado el peso de la soledad y el final de la vida, haya sentido la necesidad de hacer su particular viaje —estaríamos en una nueva road movie— en busca de un amor afectuoso y profundo. De ahí su insistencia a Denis para que encuentre a una mujer con la que se case, porque la guerra no siempre durará; su intento por insuflar cordura a esos soldados y oficiales que pierden el tiempo y la juventud por los caminos polvorientos del campamento; su trato agradecido y afectuoso con las mujeres chechenas y con el joven guía que la devuelve al campamento, al descubrir en ellos la amabilidad y humanidad que tanto necesitaba y anhelaba. Al final, parece que la vieja Aleksandra que toma el tren de regreso ha rejuvenecido por dentro, aunque los soldados tengan que volver a ayudarla a subir al vagón como a una anciana que es.

  Lo que Sokurov nos cuenta es profundamente interior, y lo hace con una sensibilidad y delicadeza asombrosas. Nada de explicitud ni diálogos discursivos: hay pocos y son más bien banales, sobre asuntos intrascendentales. Todo se dice con miradas nobles y francas, con gestos nada enfáticos ni forzados, con la sencillez y normalidad de unos actores que no actúan sino que viven una realidad y dejan ver su alma. No hay bombardeos ni disparos aunque no hay plano en que no aparezcan soldados armados hasta los dientes. Todo transcurre en el interior de Aleksandra, de los militares rusos, de los pobres chechenos. En ellos vemos su vacío y dolor existencial, su anhelo de libertad y paz y también su odio y rencor, la necesidad de un afecto que no se atreven a admitir. Abundan los momentos de enorme intensidad emotiva, aunque ésta no se muestre de manera fogosa sino contenida: apenas un roce imperceptible de los dedos del comandante y la visitante en su despedida; o ese abrazo entre la abuela y el nieto la noche previa a la partida, cuando poco después él le trenza el cabello mientras ella reza —una hermosísima escena, emocionante y melancólica como pocas veces hemos visto—; o el encuentro en el mercado con la bondadosa y amable anciana chechena que le abre su casa y también, sin pretenderlo ella y sin recalcarlo Sokurov, la puerta a una vida nueva.

  Son muchas las escenas y momentos de profunda expresividad, con interpretaciones muy naturales y verdaderas, con una magnífica Galina Vishnevskaya que sostiene toda la película con gestos y miradas cargadas de autenticidad. La fotografía se mueve entre la calidez buscada y la sequedad afectiva de sus personajes, con tonos sepias y terrosos y puntuales destellos de luz cegadora que vienen a la pantalla como epifanías de vida que poco a poco Aleksandra va descubriendo: son recuerdos de algunos breves instantes de felicidad (el abrazo de su nieto, la compañía del guía, una mirada compasiva...) donde ha vuelto a reencontrarse con la humanidad en ese viaje tardío. También la música, armónica y llena de lirismo, entra de manera maravillosa en la escena y conduce con delicadeza al espectador hacia otro modo de ir por la vida, en contraste con el panorama de las imágenes de un territorio en guerra y una ciudad en ruinas. El buen ritmo narrativo y contemplativo —lento pero que no se entretiene más que lo necesario en cada escena, y que usa magistralmente la elipsis—, la precisa planificación y colocación de la cámara, el inteligente uso del sonido y el fuera de campo, la mirada entrañable del director... nos dejan una obra de arte y una historia profundamente humana y emotiva.

  Ciertamente estamos ante una película de autor, ante una gran película que no se ve comiendo palomitas pero que deja mella y no se olvida. El espectador debe estar acostumbrado, sin embargo, a un cine de miradas y silencios, de historia minimalista y tempo parsimonioso, y en ese caso disfrutará como pocas veces en el cine. Todo lo que sucede en ella es interior y está sugerido con una sutilidad impresionante. Son personas de carne y hueso, que dejan ver su alma y también su cuerpo herido, con deseos e inquietudes muchas veces destruidos como los edificios bombardeados, pero no por eso sin capacidad para renacer de sus cenizas y volver a sentir la dicha de la amistad y del amor, aunque esto llegue al final de la vida y provenga del enemigo.

Calificación:


Imágenes de "Aleksandra" - Copyright © 2007 Proline Film y Rezofilm. Distribuida en España por Sagrera. Todos los derechos reservados.

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