Un poco de luz entre los
escombros
¿Qué hace una anciana en un campamento militar ruso
sobre territorio checheno? Alexander
Sokurov nos
dice que esta buena mujer, Aleksandra, está visitando a
su nieto Denis, capitán de las tropas de ocupación. Ha
llegado como invitada de honor, pasea y observa a los
soldados, acude al mercado checheno y habla con la gente
del pueblo, se reencuentra y funde en un emotivo abrazo
con su querido nieto..., pero fundamentalmente recupera
para su alma el afecto, que logra disipar la soledad y
dar sentido a su vida, aunque sea algo tarde y tenga que
arrastrar un cuerpo viejo y dolorido.
El
director de “Madre e hijo” vuelve a ofrecernos una obra
maestra, una película plena de humanismo en un ejercicio de
estilo impecable, que trasciende las formas para penetrar en
el alma de sus personajes y llegar hasta el espectador. Es
la mirada de quien observa un panorama de guerra y represión
—sin odio ni escenas de matanzas, hábilmente sugeridas y no
mostradas—, donde los sentimientos han quedado reprimidos
por un equivocado orgullo patriótico y un desenfocado
sentido del deber, donde el uniforme esconde unos rostros
cansados y hambrientos que parten en misiones de exploración
y sometimiento que les van deshumanizando. Es la mirada que
Aleksandra pasea por el campamento —cómo nos recuerda a
aquella otra visita de Sokurov, aunque de estilo distinto,
por el Hermitage y por la historia de Rusia, en "El arca rusa"—
y donde descubre unos corazones jóvenes que han dejado de
bombear amor y esperanza, que han descuidado el aseo y ya no
se preocupan de leer, que son fuertes y disciplinados pero
que han abandonado el sentido de los lazos familiares (que,
en cambio, aún conservan los chechenos sometidos).
Sin
embargo, la mirada de Aleksandra/Sokurov no es dura ni
recriminatoria, sino más bien indulgente y comprensiva. Quizá
porque ella misma haya sido hasta hace poco una mujer
autoritaria y sometida a la autoridad de su marido recién
fallecido (algo que su nieto le recuerda), exigente, recia y de
fuerte carácter. Es posible que ahora, al haber notado el peso
de la soledad y el final de la vida, haya sentido la necesidad
de hacer su particular viaje —estaríamos en una nueva road
movie— en busca de un amor afectuoso y profundo. De ahí su
insistencia a Denis para que encuentre a una mujer con la que se
case, porque la guerra no siempre durará; su intento por
insuflar cordura a esos soldados y oficiales que pierden el
tiempo y la juventud por los caminos polvorientos del
campamento; su trato agradecido y afectuoso con las mujeres
chechenas y con el joven guía que la devuelve al campamento, al
descubrir en ellos la amabilidad y humanidad que tanto
necesitaba y anhelaba. Al final, parece que la vieja Aleksandra
que toma el tren de regreso ha rejuvenecido por dentro, aunque
los soldados tengan que volver a ayudarla a subir al vagón como
a una anciana que es.
|
 |
Lo
que Sokurov nos cuenta es profundamente interior, y lo
hace con una sensibilidad y delicadeza asombrosas. Nada
de explicitud ni diálogos discursivos: hay pocos y son
más bien banales, sobre asuntos intrascendentales. Todo
se dice con miradas nobles y francas, con gestos nada
enfáticos ni forzados, con la sencillez y normalidad de
unos actores que no actúan sino que viven una realidad y
dejan ver su alma. No hay bombardeos ni disparos aunque
no hay plano en que no aparezcan soldados armados hasta
los dientes. Todo transcurre en el interior de
Aleksandra, de los militares rusos, de los pobres
chechenos. En ellos vemos su vacío y dolor existencial,
su anhelo de libertad y paz y también su odio y rencor,
la necesidad de un afecto que no se atreven a admitir.
Abundan los momentos de enorme intensidad emotiva,
aunque ésta no se muestre de manera fogosa sino
contenida: apenas un roce imperceptible de los dedos del
comandante y la visitante en su despedida; o ese abrazo
entre la abuela y el nieto la noche previa a la partida,
cuando poco después él le trenza el cabello mientras
ella reza —una hermosísima escena, emocionante y
melancólica como pocas veces hemos visto—; o el
encuentro en el mercado con la bondadosa y amable
anciana chechena que le abre su casa y también, sin
pretenderlo ella y sin recalcarlo Sokurov, la puerta a
una vida nueva.
Son
muchas las escenas y momentos de profunda expresividad, con
interpretaciones muy naturales y verdaderas, con una magnífica
Galina Vishnevskaya
que sostiene toda la película con gestos y miradas cargadas de
autenticidad. La fotografía se mueve entre la calidez buscada y
la sequedad afectiva de sus personajes, con tonos sepias y
terrosos y puntuales destellos de luz cegadora que vienen a la
pantalla como epifanías de vida que poco a poco Aleksandra va
descubriendo: son recuerdos de algunos breves instantes de
felicidad (el abrazo de su nieto, la compañía del guía, una
mirada compasiva...) donde ha vuelto a reencontrarse con la
humanidad en ese viaje tardío. También la música, armónica y
llena de lirismo, entra de manera maravillosa en la escena y
conduce con delicadeza al espectador hacia otro modo de ir por
la vida, en contraste con el panorama de las imágenes de un
territorio en guerra y una ciudad en ruinas. El buen ritmo
narrativo y contemplativo —lento pero que no se entretiene más
que lo necesario en cada escena, y que usa magistralmente la
elipsis—, la precisa planificación y colocación de la cámara, el
inteligente uso del sonido y el fuera de campo, la mirada
entrañable del director... nos dejan una obra de arte y una
historia profundamente humana y emotiva.
|
 |
Ciertamente estamos ante una película de autor, ante una
gran película que no se ve comiendo palomitas pero que
deja mella y no se olvida. El espectador debe estar
acostumbrado, sin embargo, a un cine de miradas y
silencios, de historia minimalista y tempo parsimonioso,
y en ese caso disfrutará como pocas veces en el cine.
Todo lo que sucede en ella es interior y está sugerido
con una sutilidad impresionante. Son personas de carne y
hueso, que dejan ver su alma y también su cuerpo herido,
con deseos e inquietudes muchas veces destruidos como
los edificios bombardeados, pero no por eso sin
capacidad para renacer de sus cenizas y volver a sentir
la dicha de la amistad y del amor, aunque esto llegue al
final de la vida y provenga del enemigo.