CRÍTICA
por
José Arce
"Alien, el octavo pasajero"
(Ridley Scott, 1979) ha quedado para la historia del fantástico
moderno como un pilar básico de inspiración para los que fueron
sus contemporáneos, así como para las nuevas generaciones. Más
allá de sus indudables méritos artísticos, esta obra maestra
aportó, gracias a la genialidad del suizo H.R. Giger, un
monstruo terrible, estéticamente impactante y descomunal, frío y
salvaje, infinitamente imitado pero nunca igualado. Una década
más tarde, el “Depredador” de John McTiernan (1987) logró dar un
innovador giro a las películas con asesino del espacio exterior,
en esta ocasión gracias a la creación surgida del saber hacer de
uno de los más grandes magos de los efectos especiales de todos
los tiempos, Stan Winston. Tras cuatro entregas de la primera y
dos de la segunda, ambas sagas convergieron en 2004 en el
"Alien vs. Predator"
de Paul W.S. Anderson, un choque temido por los aficionados por
las peligrosas consecuencias que podían derivarse del
experimento. Y si aquélla resultó entretenida y poco más, su
secuela, puerta de entrada indiscutible a la franquicia
inagotable, ha materializado todos nuestros temores.
Porque
este “Aliens vs. Predator 2” sólo puede calificarse como
despropósito. Atención a la trama: un alien eclosiona
en el pecho de un depredador aniquilando a la tripulación de
la nave de cazadores de regreso a su planeta; el transporte
cae en la Tierra, y momentos antes de morir, el último
tripulante envía una señal de aviso/auxilio al que parece ser
un hermano o amigo. Así, ávido de venganza, el más machote de
los predators se lanza en solitario a una persecución
sangrienta en un pequeño pueblo de Colorado. Este es el punto
de partida del título dirigido a la par por los hermanos
Colin
y Greg Strause,
responsables de los efectos visuales de un buen puñado de
éxitos del Hollywood reciente, pero totalmente incapacitados
para conseguir transmitir el más mínimo ápice de calidad —y
calidez— desde la más compleja disposición que requiere una
butaca de director. Tras unos minutos de prólogo, entran en
acción los personajes humanos de la trama, que si en el
capítulo anterior no es que dieran mucho de sí, al menos
encontraban una justificación histórica y argumental en la
figura expedicionaria y filantrópica de Charles Bishop, germen
del mítico androide espacial. Aquí, los clichés sonrojan
incluso al espectador acostumbrado a cabalgar entre la serie B
y la Z: un joven recién salido de prisión, rebelde pero
carismático —eso cree—, cuyo hermano pequeño se dedica a
repartir pizzas —cómo no—, está enamorado de la chica más
popular del instituto —cómo no—, y recibe palizas sistemáticas
de un chico fornido y malencarado —cómo no— que, por supuesto,
sí consigue los favores de la bella muchacha —cómo no—. Junto
a los adolescentes, un sheriff bobalicón que parece
estar a punto de echarse a llorar en cualquier momento, y una
mujer soldado que acaba de regresar de una guerra
indeterminada y trata de ganarse el amor de su hija pequeña.
Semejante caterva de roles manidos hasta la saciedad se
encuentran, sin pretenderlo, en medio de la lucha entre los
furiosos alienígenas, que se llevarán por delante a todo el
que se cruce en su camino.
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Este es el material del que
disponen los Strause para mantener nuestra atención durante
escasa hora y media en lo que debería ser, cuando menos, un
desmelenado ejemplo de pura diversión palomitera; sin embargo,
la catástrofe no escapa a ningún aspecto
relativo a la producción, planificación y presentación de los
acontecimientos. La dirección de actores es inexistente,
en buena medida porque la práctica totalidad del casting
ha sido extraída directamente de series de televisión, en un
lamentable ejemplo de tacañería por parte de la productora,
derivando en un despliegue interpretativo que convierte a
cualquier capítulo de la saga de “Viernes 13” en el “Ciudadano
Kane” del género fantaterrorífico; si el elenco es malo, los
diálogos provocan un incómodo revuelo en la platea, por lo
escaso del nivel mental de los participantes de la obra y por lo
pueril y vergonzante del pretendido humor —en ocasiones
infantilmente antisistema— que enarbolan sin ningún tipo de
convicción; por otro lado, la paranoia gubernamental inherente a
las franquicias originarias reincide una vez más en el hecho de
que las altas esferas del poder están al tanto de lo que sucede,
pero materializar esta idea en la figura de Robert Joy, el
médico forense de “CSI: NY”, no es la mejor de las
posibilidades, sin duda. La planificación de las escenas de
acción resulta igualmente irrisoria, especialmente el
enfrentamiento del clímax entre el depredador y el predalien,
supuesta estrella de la función que resulta ser un híbrido
deslavazado entre ambas especies a la que intuimos más que vemos
en un entorno eternamente oscuro, cuando no lluvioso. Eso sí,
hemos de aclarar que los pobres extraterrestres no tienen la
culpa de este desastre, y resultan igual de impresionantes que
en sus orígenes cinematográficos. Podemos salvar del desaguisado
la banda sonora, pero por la sencilla razón de que no es sino
una reiteración petulante del superior trabajo de Alan Silvestri
para el “Depredador” de finales de la década de los 80.
En consecuencia, el pasmado
espectador huye despavorido de la sala con la idea de que ha
presenciado en pantalla grande el episodio piloto de una serie
de televisión, una producción tristemente pretenciosa cuyo
final, desvergonzadamente abierto a nuevas entregas de este
calado, apunta un mensaje peligroso para quienes mantenemos en
nuestros panteones personales a los que quizá sean los dos
iconos más grandes de la ciencia ficción moderna, que, o mucho
me equivoco, acabarán con el tiempo definitivamente
defenestrados y convertidos en un guiñapo de lo que en su día
fueron: leyendas vivientes del séptimo arte, que encuentran aquí
un triste réquiem que los responsables de la distribución en
nuestro país han decidido obviar del título castellano porque,
tal vez, anunciaba demasiado lo que ofrece este intento de
película.
Calificación:
    
Imágenes
de "Aliens vs. Predator 2" - Copyright ©
2007 20th Century Fox y John Davis/Brandywine Productions.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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