CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
Ocurre con "Garçon stupide" algo sumamente curioso y que,
quizás, explique de algún modo el abultado retraso de su estreno
en nuestros cines. Pues, si bien todos sabemos que hay películas
que exigen un esfuerzo adicional por parte del público, o bien
intelectualmente o bien en tanto en cuanto a determinadas
suspensiones de incredulidad, lo que ocurre con el film que nos
ocupa es tan poco común que, ciertamente, casi podríamos
argumentar que le da un valor añadido. Y es que lo que nos exige
"Garçon stupide" como espectadores es nada menos que un amor
casi desmedido por el cine, un interés especial por dejarse
embrujar por una imagen o una escena particular, quizás por la
provocación de un determinado estado de ánimo, aunque se corra
el riesgo de que esa imagen o esa escena, posiblemente ese
estado de ánimo, no lleguen hasta bien mediado el metraje.
Nos exige también, pues, una cierta predisposición a no caer en
el desaliento, un cierto espíritu de búsqueda que, naturalmente,
sólo llega a través de la empatía con un material que, dicho sea
de paso, en el caso que nos ocupa no se dispensa de forma
inmediata (tanto plástica como argumentalmente). Pero una vez
superados todos los obstáculos (auto)impuestos, cabe decir que
el visionado de esta cinta se convierte en una experiencia al
menos interesante e, insospechadamente, conmovedora.
Rodada con cámara digital y haciendo gala de un montaje
fragmentario, todo lo cual le infiere un cierto aire de realismo
rayano en lo documental, la película es el retrato de Loïc (Pierre
Chatagny), ese "chico
estúpido" al que alude el título, que ni siquiera sabe quién fue
Hitler o qué es el Impresionismo, pero que acabará por ansiar
firmemente una superación de sus trabas de guapo tonto y llegar
a ser algo. Loïc dedica los días a su trabajo en una fábrica de
chocolate y las noches a sus aventuras sexuales con completos
desconocidos que conoce vía chat. Pero su vida
cuadriculada, simplista, se verá trastocada primero por su
relación con un extraño que a simple vista parece querer de él
algo distinto a los demás, y, después, por las bruscas
evoluciones de su amistad con Marie (Natacha
Koutchoumov), su mejor
amiga desde la infancia.
Se
podría decir que el film de Lionel Baier
está lleno de inconvenientes a la hora de encontrar a su
público. Por un lado, tenemos que su pleno funcionamiento como
obra cinematográfica depende en demasía de los contrastes
reflejados en la pantalla. Unos contrastes que, de hecho, no
están administrados de forma muy equitativa, en lo que a
desarrollo temporal se refiere. Así, los primeros cincuenta
minutos de metraje se invierten en observar la vida hedonista,
claramente errática, de Loïc, lo cual se logra haciendo uso de
un ojo casi clínico, frío, desnudo de cualquier tipo de
embellecimiento más allá del que se refiere al físico del
protagonista (no hay aquí grandes efectos de montaje ni
composición, más bien al contrario, y de igual modo el empleo de
la banda sonora se queda por debajo de lo económico).
El
caso es que tales recursos podrían resultar menos peligrosos (y
aquí viene el segundo gran obstáculo del film) si lo que nos
estuviera narrando Baier no fuera la vida de un adolescente gay,
tan guapo como corto de entendimiento, que aún no tiene del todo
definida ni su personalidad ni su comprensión del mundo... es
decir, si la narrativa se centrara en un personaje que fuera
interesante para el público de forma más inmediata y directa.
Claro que no es así. Y lo que nos queda es una primera mitad
(más que mitad, diríamos) un tanto tediosa, reiterativa incluso
con las escenas de sexo explícito, una mitad muy poco fluida, en
fin, que las pocas fibras que consigue tocar en nosotros se
limitan a la eterna curiosidad y conmovedora ignorancia de Loïc
(una ignorancia no sólo intelectual, cabe resaltar, sino también
—y sobre todo— afectiva), ambas ejemplarmente transmitidas por
los extraordinarios ojos de Pierre Chatagny.
Sin embargo, parece claro que la concepción de "Garçon stupide"
en esta casi primera hora es fundamental para conseguir la
fuerza, la belleza, que tienen los cuarenta minutos finales, que
parecen querer negar los cimientos sobre los que se sustentaba
la película hasta entonces. Así, las románticas piezas musicales
de Sergei Rachmaninov
se van asentando en la
historia como para subrayar el florecimiento interior de ese
Loïc que, hasta entonces, sólo había sido silencio (o ruidos del
exterior, en el mejor de los casos) y la cámara va tomando una
calidez progresiva que tiene su cenit en dos grandes momentos:
por un lado, la ensoñación de Loïc en la nieve (ese paraíso
idealizado, decididamente revelador, de un blanco cegador que
parece remitirnos al comienzo de
"Yossi & Jagger"),
y, por otro, la extraordinaria, exquisita escena de
enamoramiento en el tiovivo con que se cierra el film,
inmejorable sintetización de la metamorfosis de Loïc en un ser
capaz de sentimientos más complejos que el mero sexo ocasional.
Quizás, por tanto, cincuenta minutos de exposición al vacío
existencial en la edad del pavo sean mucho exigir, pero en este
caso merecen la pena: en última instancia, "Garçon stupide" sabe
propiciar un buen deshielo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Garçon stupide" - Copyright © 2004 Saga
Production, Ciné Manufacture France y Télévision Suisse-Romande. Distribuida en España
por Karma Films. Todos los derechos
reservados.
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