CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Algunas novelas provocan un ligero, pero inmediato,
efecto rechazo, bien porque todo el mundo las recomienda, bien
porque el único calificativo que parece unirse a sus páginas es
"bonito". “Seda”, de Alessandro Baricco,
al margen de su valor literario, es una de ellas, como también
refleja la presente adaptación firmada por
François Girard, quien
ya sobrepasó las fronteras del sentimentalismo solemne con “El
violín rojo” (1998), película tan perturbadora como rebuscada.
Diez años después, el estreno de su nuevo film coincide con el
fallecimiento de Anthony Minghella,
cruce macabro que viene a cuento: “Seda”, en la línea de “El
paciente inglés” (1996) o
"Cold Mountain"
(2003), reivindica un hacer clásico, grave y pasado de moda;
epopeyas artificiosas que recubren sencillos conflictos
amorosos, el manantial narrativo de directores que poetizan en
eternos endecasílabos.
Los factores que soplan en
contra de una cinta así no son pocos: el romance a tres bandas
—dos recién casados franceses y una japonesa—, ya de complicada
innovación, asume los diálogos y silencios de
un guión pobre, confiado en que los paisajes y los cuidados
encuadres hablen por sí solos. El problema es que no hay nada de
lo que hablar, o,
después de tres cuartos de metraje, lo que se dice al fin cae en
una abstracción perfecta para el papel, somnífera para una
narración en flashback que clama por unas lagrimitas.
Acostumbrados al taquillazo de la novela rosa, cualquier
película con hechuras semejantes se ve venir de lejos como un
fenómeno que se apagará sin boca oreja posible. Quizá por
inercia, quizá por buena fortuna, lo de fotografía bonita y
agradable banda sonora se está anquilosando en el olvido.
Con una trama tan floja, se
podía haber sospechado que Girard aprovecharía las ubicaciones
para arrancar mensaje político entre plano y contraplano de
Francia y Japón. La dialéctica entre Occidente y Oriente en el
siglo XIX, aparte de corresponderse poco con nuestro contexto
actual, habría llenado de ingenuos propósitos la superficie de
una historia más sensorial que cerebral. La verdad por delante:
“Seda” no trafica con ideas baratas ni introduce de contrabando,
al igual que el mercader protagonista, pátinas de compromiso
cultural que maquillen, de cara a los sibaritas, una producción
de segundo nivel con ínfulas de primero. Aunque el resultado
peque de cursi, pueril y ceremonioso, hay que reconocerle que no
se esconda en falsas envolturas y que desde sus primeras escenas
—enamorarse de una mirada— declare ser la película romántica y
añeja que algunos buscan.
No existe, pues, más que
puro esteticismo en el contraste de las brumas de vapor niponas
y la luminosidad de los jardines franceses, y por supuesto en la
elección de su elenco de protagonistas: Keira
Knightley —anquilosada en cine de época—
y Michael Pitt
son el matrimonio Joncour de
belleza armónica y somnolientas expresiones: el oleaje emocional
que recoge una carta como síntesis de las claves de la historia
toma por sorpresa a cualquiera, y no gracias a un astuto giro de
guión, sino a que parece imposible imaginar que tan anodinos
personajes hubiesen albergado una valiosa lucidez afectiva. El
resto de intérpretes, en vez de entorpecer el camino de los
amantes, como toda serpenteante aventura de gran estudio,
secundan sus rostros cabizbajos, su patética falta de humor y
calor en las venas. En especial esa mujer japonesa de la que se
enamora Hervé (Pitt) —a la que se pretende impregnar de un aura
enigmática más bien próxima a la naturaleza caprichosa—, y los
habituales aliados que halla en una tierra hostil, por política
y valores —nada que no hubiesen contado, en forma y fondo,
"El último samurái"
(2003) o “Siete años en el Tíbet” (1997)—.
La seda se desliza veloz y
suave, su homónima cinematográfica lo hace como una belleza
frágil, la que no deja impronta ni hipnotiza con sus arabescos.
La precipitación de apertura y cierre ata la película entre la
lenta vacuidad de su desarrollo, esa actitud seria que se
pretende profunda y sabe a amargura repetitiva, como un delicado
material que nace de desagradables insectos. Girard maneja la
atracción del público mayoritario por lo hermoso y equilibrado,
o tal vez se esté equivocando de público y tiempo, y su fábula
ya no puede alcanzar más que al literato o al neófito
adolescente. Es comprensible el deseo por arrancar algún sentido
de imágenes perfectas y amores sublimes, pero ya somos lo
suficientemente avispados para entender que no todos los planos
ni sentimientos lo tienen.
Calificación:
    
Imágenes
de "Seda" - Copyright © 2007 Picturehouse,
Odeon Films, Alliance Atlantis, Asmik Ace Entertainment, Medusa Film, Rhombus
Media, Fandango, Bee Vine Pictures, Productions Soie y Vice
Versa Films. Fotos por Jacques-Yves Gucia. Distribuida en España por
TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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