CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Analizamos tanto nuestros
miedos que quizá llegue el momento de su decadencia. Convertidos
en abono para el pasto de la ficción, la intencionalidad
contemporánea de profundizar y parabolizar en torno a los
temores de moda podría convertirlos en abstracciones tan
impalpables como un vampiro. En esa reciente línea del
catastrofismo inminente se sitúa “Soy leyenda”, una fábula
paralela al pesimismo político, ecológico, científico y moral,
pero enraizada en los mismos procedimientos que un espectáculo
corriente, con unas pocas ganas de hacer reír y otras muchas de
provocar el pánico del género terrorífico. Mientras se confunde
el miedo real con los sustos ficticios, la metáfora no alcanza
las cotas que serían exigibles dado su punto de partida —la
magnífica novela corta de
Richard Matheson—, y
nace una criatura vistosa, sin personalidad, infectada por el
virus de la bravuconería industrial.
Separada diametralmente de los procedimientos del original
literario, la película opta por el obvio escenario
neoyorquino, icono de los peligros y desastres globales tras
el 11-S, y lienzo adecuado para asegurar el impacto visual.
Acostumbrados al bullicio de la urbe más famosa del mundo, la
primera media hora se decanta de forma estratégica y eficaz
por las estampas inéditas de una ciudad despoblada… o casi,
salvo el último hombre vivo, o eso cree él —otro síntoma del
egocentrismo humano—. Lo mejor de su breve metraje se halla en
estas primeras imágenes, asombrosas barriadas en las que lo
artificial empieza a entremezclarse con una naturaleza
desatada. Ante este renovado imperio del salvajismo tras el
breve lapso de conquistas de la razón y el orden humanos, sólo
el doctor Robert Neville –Will Smith,
quien por supuesto tiene reservados esos planos habituales
haciendo ejercicio para lucir su musculatura— encarna la
esperanza de una especie en teoría extinta.
Frente a
la búsqueda del saber por parte de un hombre corriente en el
texto de Matheson, parece necesario erigir a Smith en el héroe
que está acostumbrado a interpretar, aun y con todos los valores
paternales que quiera transmitir —la obsesión del personaje
literario por su mujer da paso a blandengues flashbacks
en los que se confirma el hiperrealismo escenográfico, siguiendo
el trazado de "La
guerra de los mundos"
(2005) o "Hijos
de los hombres"
(2006), y que construyen un pasado cariñoso y emocional que el
público desea recuperar en ese mundo patas arriba–. “Soy
leyenda” fue la primera novela clave del vampirismo moderno, la
crítica al racionalismo exacerbado para demostrar su inutilidad
práctica. Demasiado existencial en una superproducción de este
calibre, las dimensiones se multiplican en todos los sentidos:
la ya mencionada puesta en escena, los peligros a los que se
enfrenta Neville y los enemigos en sí. En vez de una nueva
sociedad vampírica donde el hombre es, por minoría, la amenaza,
el virus que erradicar, aquí corretean y gritan como posesos
típicos chupasangres digitales que sólo actúan por instinto de
hambre y supervivencia. Tratarlos como enfermos de rabia
favorece al bando humano y su tesis de una necesaria vuelta a la
“normalidad”, término que en la literatura y el cine de terror
inteligente siempre entra en cuestión.
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El terror psicológico de la
primera parte deriva, pues, en un drama post-hecatombe más
cercano al género de zombies moderado, como
"28
días después"
(2002), aquél que busca soluciones
tranquilizadoras con unas palabras rimbombantes que establecen
esa falsa equivalencia entre el fin del hombre y el fin del
mundo —éste reducido a las noticias estadounidenses, al
contrario de la cinta de Danny Boyle, que reconocía la vida
“normal” más allá de la derruida Gran Bretaña—. Más efectiva
resulta la inquietud causada por esa ciudad dual que por el día
ofrece su refugio bajo la luz del sol y por la noche en la casa
blindada de Neville. Crear oscuridad y provocar el asilamiento
para huir de la fuente del miedo despertaría presiones en el
hombre solitario mucho más graves que la de hablar todas las
mañanas con los maniquíes de una tienda. La paradoja de que en
la sombra habite una nueva vida mientras a la luz no existe nada
sólo es explotada en la composición inicial, aderezada por una
estupenda banda sonora de ruidos y efectos naturales que pueden
percibirse ahora que lo humano se ha detenido.
Los gustos del director,
Francis Lawrence
—autor de la igualmente pretenciosa y fallida
"Constantine"
(2005)—, empiezan a copar espacio en cuanto las cacerías
animales o vampíricas aceleran el ritmo y la preeminencia del
silencio se interrumpe, de tal forma que no se trataba de un
guión con escasas frases —lógicamente al tratarse de un único
personaje en la mayoría de las escenas—, sino de una soledad
previa al ruido, las carreras y los bombazos sorpresa.
Película de acción interesante hasta su tropiezo en los
lugares comunes del misticismo barato made in blockbuster
con sentimientos, pero
mucho mejor que como historia reflexiva y crítica que hasta el
momento no ha encontrado su lugar justo en el cine —las
olvidadas adaptaciones previas en “El último hombre sobre la
tierra” (1964), afectada por el paso del tiempo, y “El último
hombre vivo” (1977) con Charlton Heston sufriendo como sólo él
sabía hacer—. Una triste confirmación de que a veces algunos
hombres y algunos directores no encuentran nada nuevo sobre la
tierra.
Calificación:
    
Imágenes
de "Soy leyenda" - Copyright © 2007 Warner
Bros. Pictures, Village Roadshow Pictures, Weed Road y Overbrook
Entertainment. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
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