CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Jóvenes
heridos en su corazón
No es posible que esto sea
Inglaterra, aunque parece que sí corresponde a lo que el
director
Shane Meadows
vivió en su infancia. Una durísima imagen de un barrio obrero de
la década de los ochenta, con Margaret Thatcher en el gobierno,
donde los grupos skinhead intentan hacer valer
violentamente sus ideas nacionalistas, en un clima de tedio y
rabia, de racismo y de droga. En ese infierno de vacío
existencial y eslóganes maniqueos, sin trabajo y con una guerra
de las Malvinas que se ha cobrado inútilmente vidas humanas, se
sitúa un niño de 12 años, Shaun, que ha perdido a su padre en el
frente y que se siente huérfano ante las humillaciones del
colegio. En la soledad de las vacaciones, Shaun entra en
contacto con el círculo de los “cabezas rapadas” de Woody, que
le defiende y protege a la vez que le inicia en el mundo de la
calle, con unas primeras experiencias de libertad con droga,
chicas y aventuras excitantes. La salida de la cárcel de Combo y
la derivación del grupo hacia posiciones más extremistas en su
racismo y acción violenta arrastran a Shaun por la implicación
emocional que supone, y comienza así su difícil camino hacia la
madurez.
La historia social y personal
que Meadows nos cuenta es durísima en sí misma —sobre todo
atendiendo al pequeño Shaun—, como también lo es su factura
hiperrealista y la crudeza con que se acerca a la realidad de
los skinheads. Diálogos pobrísimos y plagados de
expresiones soeces y salidas de tono repetidas hasta la
saciedad, vestuario estrafalario y tatuajes de marcada
simbología tribal, actos de violencia callejera y perversiones
de lo más variado... sordidez que no es, sin embargo, gratuita
porque permite recrear fidedignamente un
ambiente marginal y mostrar lo que alienta a estos grupos en su
violenta huida hacia delante, atropellando todo lo que se ponga
por medio. La misma
fotografía de grano grueso, una cámara nerviosa y planificación
descuidada, y una banda sonora magníficamente incorporada a la
historia hablan de esa misma lúgubre realidad interior, donde
las notas de piano dejan entrever en ocasiones sentimientos y
anhelos que han sido sofocados, entre los afectos perdidos y el
amor no correspondido.
Como se ha dicho, la película
se sitúa en unos momentos concretos de la Inglaterra de
Thatcher, con la guerra de las Malvinas de fondo —con sus
imágenes documentales en prólogo y epílogo— y una política de
elevadas cotas de paro e inmigración, circunstancias que quizá
propiciaran el surgimiento de grupos neonazis, utilizados a su
vez por políticos de posiciones extremistas y nacionalistas. Sin
embargo, no parece esa la clave inmediata de la historia
contada, sino más bien una llaga abierta desde la infancia, que
sangra y se transforma en rebeldía y rechazo de todo lo que la
vida ofrece. En la primera escena, vemos a Shaun que se
despierta por la mañana y su mirada se dirige a una foto de su
padre vestido de militar: resulta evidente cómo su pérdida le ha
marcado esos años, y también cada uno de sus pasos que dará en
su camino de búsqueda de refugio y de un sentido a esa muerte;
vemos cómo salta como un resorte en el colegio y frente al matón
Combo cuando sacan a relucir el tema, y cómo en su orgullo
enarbola la bandera de San Jorge y la causa nacionalista. Pero
es que algo semejante ha debido sucederle a Combo en su pasado,
según se vislumbra —avanzada ya la cinta— cuando arremete
violentamente contra todos los del grupo tras un comentario
sobre la figura paterna que le hiere, y cómo después, en la
soledad, se le escapan unas lágrimas de tristeza y añoranza:
tras su aparente dureza y años de calabozo se esconde un ser
frágil, de evidentes carencias afectivas, tanto en su infancia
como en su juventud —la que creía su novia le acaba de rechazar
en un golpe mortal—, y su vida va dando tumbos a la deriva. Son
almas paralelas, aunque con veinte años de diferencia, y por eso
sintonizan y se entienden en su desgracia.
Ahí, en la falta de cariño,
en la soledad y en la huida de sí mismos está la principal
dureza de esta cinta, y no en la palabrería o en los golpes. Y
ese mundo interior lo sabe recoger y transmitir con
extraordinaria veracidad —y sensibilidad— el director. Capítulo
aparte es la impresionante y sorprendente
interpretación de su pequeño protagonista,
Thomas Turgoose,
tanto en las escenas callejeras “de adultos” como en los
momentos de ingenuo romanticismo: su espontaneidad y veracidad,
su mirada y gestos sin doblez dejan ver las heridas causadas por
el padre perdido, la necesidad de un afecto sincero y noble, la
inocencia del presente y la esperanza del futuro. Un plano final
frente al mar recuerda al mítico de Antoine Doinel en “Los
cuatrocientos golpes” en su descubrimiento de la verdad y la
libertad de la vida. Habrá que ver si este “niño de la calle” es
capaz de asumir papeles alejados del aquí interpretado, porque
en ese caso estaríamos ante una joya en bruto que nos dará
importantes momentos de cine.
Radiografía social y humana
llena de dramatismo, con un fuerte y crudo panorama de la
Inglaterra de los años ochenta pero que bien podría hacerse
extensible a otros países donde han proliferado grupos
semejantes, y así indagar en lo que hay detrás de su
comportamiento. Excelente ambientación, música e interpretación
para una cinta que no aguantará un determinado público por su
violencia y tono “mal hablado”, pero que gustará a los
interesados por las cuestiones sociales y su trasfondo humano,
pues no deja de ser un acercamiento matizado y comprensivo, a la
vez que claro y sin ambigüedades, a estos jóvenes heridos en su
corazón.
Calificación:
    
Imágenes de "This is England" - Copyright © 2006
FilmFour, UK Film Council, EM media, Screen Yorkshire, Warp
Films y Big Arty Productions. Distribuida en España por Festival
Films. Todos los derechos
reservados.
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