CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Veintisiete tortas habría que propinarle a la directora
Anne Fletcher, una por
cada horror de vestido que desfila por la película –¿tan
novedosa sigue pareciendo la escena de las pruebas frente al
galán de turno?– y por la cantidad de años que han pasado en
balde, sin que los nuevos nombres de la comedia romántica hayan
aprendido de los errores del pasado para propiciar vertientes
nuevas... Concebida como una vuelta de tuerca a las relaciones
de pareja –si apuntamos que la cabeza pensante es la de
Aline Brosh McKenna,
guionista de "El
Diablo viste de Prada" (2006),
otra estupidez disfrazada de falso progresismo, no cabría
esperar más del propósito–, “27 vestidos” desfila como un
vehículo promocional para la estrella incipiente,
Katherine Heigl
(“Anatomía de Grey”), como si el subgénero más pasteloso y
predecible nunca muriese, sino que se transforma en sucesivos
rostros de novias de América llamadas al hartazgo popular.
Jane (Heigl) lo tiene todo excepto un hombre dispuesto a
llevarla al altar. ¿Estamos en el siglo XXI? La muchacha no
puede pedirle más a la vida, que maneja con autosuficiencia e
independencia económica –más de lo que muchas casadas querrían–,
pero el concepto de boda continúa irradiando los brillos del día
más feliz en la vida de cualquiera. El romance hollywoodiense no
entiende de estadísticas, y defiende su inútil existencia con el
fervor de quien cree traer la armonía y la esperanza a
espectadores confundidos. La película regala desinteresadamente
una única razón para justificarse: el amor sellado vía ceremonia
religiosa por los tiempos de los tiempos aún es posible. Claro
que la historia, construida a partir del clásico esquema de
enamoramiento imprevisto, cierra su happy ending sin la
certeza de que dicha tesis se cumpla... Pero los sentimientos
románticos son como las comedias: más valen noventa minutos de
magia increíble que una vida entera de espera insatisfecha.
Analizar, pues, las claves de una fórmula que se pretende de
éxito e innovadora supone invocar a los fantasmones de siempre.
El flechazo baboso e irracional por un jefe hipócrita (Edward
Burns), la hermana
incordio y roba-novios (Malin Akerman),
la amiga que no se come un rosco y aparece de vez en cuando para
dar alguna réplica (Judy Greer),
el prepotente interesado que acaba revelando su buen corazón (James
Marsden), la familia y
los extras que siempre fastidian los planes de los protagonistas
con alguna infortunada intrusión. De estereotipos vive el
género, pero además el escaparate luce igual al de pasadas
temporadas: pareja que se odia obligada a compartir coche
averiado, canción colectiva en bar, fiestas chafadas,
estrategias de acoso y derribo, equívocos verbales o sonrojantes
declaraciones públicas. La baza inicial de mostrar a Jane
viajando en taxi a todo trapo de una boda a otra bebe de las
típicas citas dobles y la ausencia de ritmo impone enseguida los
convencionalismos de una cinta dispuesta a dar la ración justa
de competencia industrial. Esa obsesión por los bodorrios
tampoco queda resuelta y denota un incierto matiz en la
personalidad de Jane
–¿las
novias son amigas suyas?, ¿busca comprometidas por medios
desconocidos para ofrecer una falsa amistad que le permita
organizarles el evento?–, y por supuesto se estampa en la
contradicción de creer en el amor eterno a la par que se
preocupa de los aspectos más frívolos del asunto –en especial
ese vestuario de dama de honor que guarda como oro en paño
dentro de su atiborrado armario–.
La bifurcación narrativa en dos líneas paralelas parece
demasiado esfuerzo para la guionista, que descuida la tensión de
alguna de ellas para recuperarla después con escenas forzadas y
tímidas alusiones al pasado de los protagonistas –fórmula
típica: si no sabes cómo explicar la conducta de un personaje,
escríbele un soliloquio con algún trauma de esos que despiertan
compasión y penita ajena–. La bisagra de ambos relatos, Marsden,
actúa de periodista infiltrado en la boda de la hermana y en la
vida personal de Jane, al menos hasta que se descubren sus
buenos sentimientos, opuestos al carácter estricto de la
profesión en la que se maneja –¿será éste el trauma de Aline
Brosh?–, y la película, ya de por sí fofa, se desinfla
imparablemente a costa de la misma estrategia que empleó
"Cómo
perder a un chico en 10 días"
(2003).
Entre esa abominación y “La boda de mi mejor amigo” (1997) –no
faltan los tropezones tontos– se mueve “27 vestidos”, galería de
conjuntos requetevistos, pasados de moda, tan cándidos como un
vestuario infantil. Si a la protagonista le cuesta encontrar un
solo traje decente entre tan amplia cifra, el equipo de la
película debería reconocer con la misma dignidad el absurdo
culto dedicado a historias que ya han cogido polvo y cuyos
trucos hacen tanto daño a la vista como un diseño chillón y
profuso en floripondios. Lo que antes parecía sutil hoy es
cuento de viejas, lo que la primera vez pudo ser romántico a la
vigesimoséptima resulta un halago perezoso, de forma paralela a
un cine norteamericano que no tiene miedo a escarbar en el hoyo
sin linterna, continúan fabricándose fábulas imposibles que ni
siquiera cuentan con el reverso oscuro de los relatos de
princesas de antaño. Romance estancado en
hipocresías sociales que satisfará a desconocedores de los
recursos de siempre o a sus más empedernidos fans,
dispuestos a probarse una y otra vez los vestidos de momentos
felices ajenos, que nunca existieron.
Calificación:
    
Imágenes
de "27 vestidos" - Copyright © 2008 Fox 2000
Pictures y Spyglass Entertainment. Fotos por Barry Wetcher. Distribuida en España por
Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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