CRÍTICA
por
Leandro Marques
Cómo
encontrar un amor sin recurrir al manual de los clichés
Existe una clase de películas, las comedias románticas
norteamericanas fundamentalmente, que dan la impresión de
recurrir al mismo manual del amor sobre el cual hacer girar sus
argumentos. Más allá del recorrido narrativo que elija
desarrollar la trama de estos filmes, inevitablemente siempre
salen a relucir las mismas máximas, que de acuerdo al contenido
de la historia estarán más o menos trabajadas en profundidad.
Así, ante cada nueva producción que se asoma a la cartelera, más
que una mirada en particular o una exploración específica sobre
el asunto, lo que pareciera surgir es un ejemplo diferente de la
misma cosa. El ejemplo en cuestión, esta vez, es “27 vestidos”,
dirigida por Anne Fletcher
y escrita por
Aline Brosh McKenna,
guionista de la reconocida "El
Diablo viste de Prada".
Incluso más importante
que lo que se proponen mostrar es aquello que no debe faltar en
este tipo de comedias. Lo que no debe faltar responde a una
serie de factores, representados en lo que podría denominarse
personaje/función, que aparecen de acuerdo a un orden
cronológico y se desparraman de manera estratégica a lo largo de
la historia. Un personaje/función implica la construcción más
que de una persona, de un ser —probablemente inverosímil— cuya
presencia en la película está vinculada específicamente a una
necesidad que tiene el guión para expresar algo en particular.
Generalmente, el primer ejemplo de ello es el protagonista,
cuyos rasgos de personalidad deberían poder generar un vínculo
de identificación con el espectador. Jane (Katherine
Heigl) es bella pero
venida a menos, responsable, romántica en extremo, inocente,
incapaz de decir que no, fiel como empleada, incondicional como
amiga y hermana, algo torpe y frecuentemente llevada por delante
por los otros.
El segundo factor
imprescindible es la construcción de un amor inalcanzable e
ideal para la protagonista. Para cumplir con este requisito, el
guión de “27 Vestidos” presenta a George (Edward
Burns), el mismísimo
jefe de Jane. George es un galán con estirpe, dueño de una
empresa exitosa, vegetariano, honesto, aventurero. También es un
prototipo clásico de seductor, se le acerca y se le aleja a la
confundida Jane sin dejarle nunca en claro cuál es la verdad de
sus intenciones. Ante esta relación que se presenta como un
eterno no concretar se hace necesaria la aparición de una figura
explosiva, que despeje dudas y que obligue a producir cambios.
Ella es Tess (Malin Akerman),
hermana de Jane, cuya excéntrica y rubia figura cautivan de
inmediato a George. De un día para el otro, y para estupor de la
silenciosa protagonista, el hombre que ama y su hermana se
vuelven pareja y comienzan a planificar su casamiento. La cuarta
ficha estructural del entramado que propone la película de
Fletcher es Kevin (James Marsden):
buen mozo pero cínico, escéptico, casi un antihéroe y, sobre
todo, demasiado terrenal como para pensar que puede llegar a
tener alguna oportunidad con la protagonista.
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La cinta despliega con dinámica este mapa de personajes y los
hace evolucionar a través de diálogos cortos y un apurado manejo
de los tiempos narrativos. El relato no deja espacio para el
vacío o la construcción de las situaciones: simplemente se deja
atropellar por los eventos que viven sus personajes, que se
suceden sin pausa uno tras otro. El film intenta ser colorido,
ágil y musical, y logra su cometido la mayor parte del tiempo.
Sin embargo, el principal obstáculo que debe sortear para
construir algo más que lo esperable con su propuesta es uno al
que no puede renunciar: sus cuatro factores antes mencionados,
sus personajes/funciones. Como si fueran cuatro fichas de un
rompecabezas, cada uno de los protagonistas
cumple con su rol de manera tan fiel a la esperada, traza sus
comportamientos de forma tan previsible, que cada situación que
se presenta luce carente de sorpresa y originalidad.
Tanto que resulta verdaderamente complicado encontrar un
atractivo lo suficientemente sólido como para, al menos,
entretenerse sin tener que hacer un esfuerzo por olvidar o dejar
de adivinar lo que sigue, tantas veces visto en tantas otras
historias de amor (sí, norteamericanas fundamentalmente).
El manual del amor, tal vez guardado en algún cajón de alguna
oficina de alguna productora en Hollywood, tiene sus máximas. La
primera de ellas es que una persona, si no cuenta con el amor de
otra, jamás alcanzará la felicidad en soledad. Otra ineludible
dice que los opuestos se atraen. Si en una cinta de este tipo el
personaje femenino estelar se lleva mal con un personaje
masculino apuesto, casi seguro que terminarán amándose al final
de la cinta. Otra máxima: los amores inalcanzables, cuando se
vuelven alcanzables, pierden todo su sabor. Otra más establece
que si un tercero se lleva al personaje amado por la
protagonista, ésta, por más ingenua e inocente que parezca,
encontrará una manera perversa y malvada de vengarse. Luego, por
supuesto, será perdonada porque, en definitiva, es una persona
buena que no tenía tan malas intenciones. La última máxima que
citaremos, de una lista que podría ser mucho más extensa, es el
beso de la escena final de las películas del género.
“27 vestidos” no logra rebelarse en ningún momento a los lugares
comunes de sus antecesoras. Pero tampoco parece sentirse
suficientemente cómoda y holgada atravesándolos.
Se preocupa por inspirar un
buen rato de entretenimiento, algo de luz, y un poco de humor,
pero nunca encuentra en la trama la inspiración suficiente para
lograrlo. Mueve a sus personajes y los hilos de la historia casi
por repetición, no puede dotarlos de frescura ni alejarlos de
una función que tienen asignada para cumplir con las
aspiraciones del guión (que corresponden a los mandatos del mal
llamado “manual del amor”). No logra convertir a sus personajes
en personas y, por lo tanto, no puede evitar construir de forma
inversímil ciertos pasajes y comportamientos. De todos modos, el
metraje transcurre con fluidez, y su liviandad y apego a los
clichés no deben ser dramatizados tampoco: aunque eso
seguramente dependerá del nivel de tolerancia y predisposición
que tengan los espectadores para sobrellevarlo. Respecto a las
máximas del amor, y teniendo en cuenta que el cine como medio de
expresión es constructor de sentido, más de uno podrá
identificarse con algunos de los sucesos de la trama. Y más de
uno, también, podría confesar que vivió o pretendió vivir un
amor que se parezca más a una película que a la vida real. No se
vaya a creer que las máximas en cuestión aparecen sólo en las
comedias románticas norteamericanas.
Calificación:
    
Imágenes
de "27 vestidos" - Copyright © 2008 Fox 2000
Pictures y Spyglass Entertainment. Fotos por Barry Wetcher. Distribuida en España por
Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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