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27 VESTIDOS
(27 dresses)


Dirección: Anne Fletcher.
País:
USA.
Año: 2008.
Duración: 107 min.
Género: Comedia romántica.
Interpretación: Katherine Heigl (Jane), James Marsden (Kevin), Malin Akerman (Tess), Judy Greer (Casey), Edward Burns (George).
Guión: Aline Brosh McKenna.
Producción: Roger Birnbaum, Gary Barber y Jonathan Glickman.
Música: Randy Edelman.
Fotografía:
Peter James.
Montaje: Priscilla Nedd Friendly.
Diseño de producción: Shepherd Frankel.
Vestuario: Catherine Marie Thomas.
Estreno en USA: 18 Enero 2008.
Estreno en España:
29 Febrero 2008.

CRÍTICA por Leandro Marques

Cómo encontrar un amor sin recurrir al manual de los clichés

  Existe una clase de películas, las comedias románticas norteamericanas fundamentalmente, que dan la impresión de recurrir al mismo manual del amor sobre el cual hacer girar sus argumentos. Más allá del recorrido narrativo que elija desarrollar la trama de estos filmes, inevitablemente siempre salen a relucir las mismas máximas, que de acuerdo al contenido de la historia estarán más o menos trabajadas en profundidad. Así, ante cada nueva producción que se asoma a la cartelera, más que una mirada en particular o una exploración específica sobre el asunto, lo que pareciera surgir es un ejemplo diferente de la misma cosa. El ejemplo en cuestión, esta vez, es “27 vestidos”, dirigida por Anne Fletcher y escrita por Aline Brosh McKenna, guionista de la reconocida "El Diablo viste de Prada".

 

  Incluso más importante que lo que se proponen mostrar es aquello que no debe faltar en este tipo de comedias. Lo que no debe faltar responde a una serie de factores, representados en lo que podría denominarse personaje/función, que aparecen de acuerdo a un orden cronológico y se desparraman de manera estratégica a lo largo de la historia. Un personaje/función implica la construcción más que de una persona, de un ser —probablemente inverosímil— cuya presencia en la película está vinculada específicamente a una necesidad que tiene el guión para expresar algo en particular. Generalmente, el primer ejemplo de ello es el protagonista, cuyos rasgos de personalidad deberían poder generar un vínculo de identificación con el espectador. Jane (Katherine Heigl) es bella pero venida a menos, responsable, romántica en extremo, inocente, incapaz de decir que no, fiel como empleada, incondicional como amiga y hermana, algo torpe y frecuentemente llevada por delante por los otros.

  El segundo factor imprescindible es la construcción de un amor inalcanzable e ideal para la protagonista. Para cumplir con este requisito, el guión de “27 Vestidos” presenta a George (Edward Burns), el mismísimo jefe de Jane. George es un galán con estirpe, dueño de una empresa exitosa, vegetariano, honesto, aventurero. También es un prototipo clásico de seductor, se le acerca y se le aleja a la confundida Jane sin dejarle nunca en claro cuál es la verdad de sus intenciones. Ante esta relación que se presenta como un eterno no concretar se hace necesaria la aparición de una figura explosiva, que despeje dudas y que obligue a producir cambios. Ella es Tess (Malin Akerman), hermana de Jane, cuya excéntrica y rubia figura cautivan de inmediato a George. De un día para el otro, y para estupor de la silenciosa protagonista, el hombre que ama y su hermana se vuelven pareja y comienzan a planificar su casamiento. La cuarta ficha estructural del entramado que propone la película de Fletcher es Kevin (James Marsden): buen mozo pero cínico, escéptico, casi un antihéroe y, sobre todo, demasiado terrenal como para pensar que puede llegar a tener alguna oportunidad con la protagonista.

  La cinta despliega con dinámica este mapa de personajes y los hace evolucionar a través de diálogos cortos y un apurado manejo de los tiempos narrativos. El relato no deja espacio para el vacío o la construcción de las situaciones: simplemente se deja atropellar por los eventos que viven sus personajes, que se suceden sin pausa uno tras otro. El film intenta ser colorido, ágil y musical, y logra su cometido la mayor parte del tiempo. Sin embargo, el principal obstáculo que debe sortear para construir algo más que lo esperable con su propuesta es uno al que no puede renunciar: sus cuatro factores antes mencionados, sus personajes/funciones. Como si fueran cuatro fichas de un rompecabezas, cada uno de los protagonistas cumple con su rol de manera tan fiel a la esperada, traza sus comportamientos de forma tan previsible, que cada situación que se presenta luce carente de sorpresa y originalidad. Tanto que resulta verdaderamente complicado encontrar un atractivo lo suficientemente sólido como para, al menos, entretenerse sin tener que hacer un esfuerzo por olvidar o dejar de adivinar lo que sigue, tantas veces visto en tantas otras historias de amor (sí, norteamericanas fundamentalmente).

  El manual del amor, tal vez guardado en algún cajón de alguna oficina de alguna productora en Hollywood, tiene sus máximas. La primera de ellas es que una persona, si no cuenta con el amor de otra, jamás alcanzará la felicidad en soledad. Otra ineludible dice que los opuestos se atraen. Si en una cinta de este tipo el personaje femenino estelar se lleva mal con un personaje masculino apuesto, casi seguro que terminarán amándose al final de la cinta. Otra máxima: los amores inalcanzables, cuando se vuelven alcanzables, pierden todo su sabor. Otra más establece que si un tercero se lleva al personaje amado por la protagonista, ésta, por más ingenua e inocente que parezca, encontrará una manera perversa y malvada de vengarse. Luego, por supuesto, será perdonada porque, en definitiva, es una persona buena que no tenía tan malas intenciones. La última máxima que citaremos, de una lista que podría ser mucho más extensa, es el beso de la escena final de las películas del género.

  “27 vestidos” no logra rebelarse en ningún momento a los lugares comunes de sus antecesoras. Pero tampoco parece sentirse suficientemente cómoda y holgada atravesándolos. Se preocupa por inspirar un buen rato de entretenimiento, algo de luz, y un poco de humor, pero nunca encuentra en la trama la inspiración suficiente para lograrlo. Mueve a sus personajes y los hilos de la historia casi por repetición, no puede dotarlos de frescura ni alejarlos de una función que tienen asignada para cumplir con las aspiraciones del guión (que corresponden a los mandatos del mal llamado “manual del amor”). No logra convertir a sus personajes en personas y, por lo tanto, no puede evitar construir de forma inversímil ciertos pasajes y comportamientos. De todos modos, el metraje transcurre con fluidez, y su liviandad y apego a los clichés no deben ser dramatizados tampoco: aunque eso seguramente dependerá del nivel de tolerancia y predisposición que tengan los espectadores para sobrellevarlo. Respecto a las máximas del amor, y teniendo en cuenta que el cine como medio de expresión es constructor de sentido, más de uno podrá identificarse con algunos de los sucesos de la trama. Y más de uno, también, podría confesar que vivió o pretendió vivir un amor que se parezca más a una película que a la vida real. No se vaya a creer que las máximas en cuestión aparecen sólo en las comedias románticas norteamericanas.

Calificación:


Imágenes de "27 vestidos" - Copyright © 2008 Fox 2000 Pictures y Spyglass Entertainment. Fotos por Barry Wetcher. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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