CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
El doctor Gregory House nos
tiene últimamente demasiado acostumbrados a una visión
implacable de la muerte. El drama médico siempre supone una
representación muy dilatada de la moral, pero, en cuanto la
temida figura esquelética entra en escena con la guadaña en
alto, todos callan y asienten, aceptando someterse al mejor
representante de la escuela racionalista. ¿Qué más pueden
perder? En términos deterministas, tangibles, sólo pueden ganar.
Pero puesto que el más serio de los asuntos es también el mejor
candidato para lo cómico,
Rob Reiner
no toma la muerte como la amenaza mediante la que puede
controlarse a voluntad un paciente, sino como su fecha de
caducidad; un romántico diría que «ya sabe el día en que va a
morir», nada puede hacerse y sólo queda esperar a que el momento
llegue.
Así se perfila la historia
del guionista Justin Zackham:
a Edward Cole (Jack Nicholson),
un viejo y excéntrico millonario, se le diagnostica cáncer e
ingresa en el hospital que él mismo posee; víctima de su propia
política, debe compartir la habitación con Carter Chambers (Morgan
Freeman), un modesto
mecánico desconocido para él y que también está enfermo de
cáncer. Hacen buenas migas y, llegadas las malas noticias,
deciden —empujados por el ímpetu de Cole— no someterse a más
tratamientos, sino salir afuera a hacer todas aquellas cosas
que, anotadas en la "lista de antes de estirar la pata", les
quedaron pendientes. Esto se traduce a recorrer mundo en plan
"road trip" con crédito ilimitado y jets privados que
atraviesan océanos en vez de descapotables que cruzan desiertos.
La premisa dramática de la
muerte próxima unida a la ociosidad extrema, en principio,
funciona para una comedia dramática. Los chistes sobre "estirar
la pata", aunque poco innovadores (¿existe una parodia más
antigua?) y las secuencias de diversión pura y dura complementan
un trasfondo tenebroso y gris, la marca ineludible de un final
cercano y definitivo, con lo que la justificación de la pareja
drama-comedia queda despachada enseguida. Sin embargo, para
completar el guión eran necesarios, además, el par de personajes
y la interacción de contexto con contenido, y aquí hay que decir
que Zackham sólo ha conseguido lo primero, sobre todo a causa de
la tira de situaciones en exteriores que articulan el segundo
acto y no dan para más que para lo visual. Cole
y Chambers, perfectamente interpretados por Nicholson y Freeman,
están creados y explicados con nota,
aunque a Chambers le sobre ese don casi divino de sabelotodo que
intenta resaltar de forma muy artificial su carácter de bonachón
sacrificado. Cole, en cambio, está bordado: cínico, persuasivo y
vehemente, no necesita de nadie salvo de él mismo para
sobrevivir. Sin embargo, sí tiene algo que aprender de Chambers,
y no es relativo a su digna humildad, sino a su fe; pero no esa
fe charlatana y simplona mencionada bajo las estrellas en pleno
vuelo —la «creación más hermosa de Dios»— sino la demostrada por
superar con éxito una prueba de amor inesperada y reveladora, en
una escena perfectamente escrita además. A partir de este punto,
los asuntos dramáticos subyacentes toman el relevo al hecho de
reírse de la muerte en sus mismas narices como motor narrativo y
así se abre el tercer acto.
A la cinta, dicho esto, le
pasan factura algunos aspectos no relacionados con su impecable
elenco. El primero son contados pero sorprendentes errores de
montaje durante el juego plano-contraplano, como las gafas
invisibles en un ángulo a hombros de Freeman; o tachones de la
lista que han desaparecido por arte de magia. El punto de vista
del segundo acto de filmar locuras, así sin más, sólo hubiera
funcionado de verdad si Reiner fuera pionero en filmarlos
—circunstancia que no se da—, o bien, a modo de énfasis casi
obsceno, sus protagonistas fueran un par de carcamales realmente
agonizantes —tampoco es el caso, pues Nicholson y Freeman no son
tan viejos y jamás se aquejan "de lo suyo", aun llevando una
buena quimio encima—. La conclusión, pastelosa,
pretenciosa y con esperado abuso de la voz en off desde
el otro mundo, sólo pretende actuar como bálsamo
y echar la firma sobre el sueño romántico. Ni chistes ni
dificultades en el final de un film que basa su propuesta
precisamente en eso, aunque sí lágrimas, pero de cocodrilo, para
que afloren sólo en los ojos del espectador sensible a palabras
de bondad y altruismo recitadas al son de delicadísimas notas de
piano.
Calificación:
    
Imágenes
de "Ahora o nunca" - Copyright © 2007
Warner Bros. Pictures, Zadan/Meron Productions y Reiner/Greisman
Productions. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
International España. Todos los derechos
reservados.
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