CRÍTICA
por
Leandro Marques
Fabricante en serie de
emociones
Thomas es el asistente
personal de un hombre complicado: dueño de un imperio
financiero, millonario, temido, caprichoso y de muy mal
carácter. Cada vez que puede, es irónico e hiriente con quien se
le cruce. La personalidad de Thomas es ideal para desenvolverse
ante un personaje de esas características, principalmente porque
no le manifiesta temor y porque le devuelve con la misma moneda,
con la misma sutileza y humor, cada ataque que recibe. Thomas,
interpretado por Sean Hayes,
ocupa un rol pequeño en la arquitectura narrativa de “Ahora o
nunca”, la última película de Rob Reiner.
Sin embargo, dentro de un film que transita hasta el agotamiento
el camino de lo esperable, su personaje aporta una cuota de
frescura, picardía y originalidad invalorables, por supuesto,
teniendo en cuenta el contexto en que desarrolla.
Una
justificación cada vez más utilizada para otorgar sentido a la
producción de muchas películas tiene que ver con la intención
específica de buscar y generar emociones en el público. Como
si cada una de las personas que conforman la abstracción
“público” no estuvieran constituidas de carne y hueso, y no
poseyeran la capacidad innata de sentirse afectadas
emocionalmente por los sucesos que las rodean. Estas
películas, para las cuales “despertar emociones” representa un
fin en sí mismo, parecieran estar convencidas de que el
espectador no tiene vida propia, no goza, no ríe, no llora, no
se emociona, y que un poco de todo eso, combinado, es lo que
necesita. Fin en sí mismo significa que el medio para alcanzar
una meta es prescindible, o sea, en el caso del cine, que la
historia que se cuenta es prácticamente indiferente e
irrelevante. Así funcionan este tipo de cintas, como la prensa
amarilla pero trasladada a la pantalla grande.
Sólo hace falta observar la estructura narrativa del
largometraje de Reiner para comprender que la búsqueda de
emoción es la aspiración central a la que apunta.
La historia, básicamente,
presenta a dos pacientes, enfermos de cáncer, que comparten
habitación en un hospital. Son dos personas que el guión se
encarga en un principio de mostrar como opuestas, para que con
el correr de la cinta se pueda demostrar que tienen en común
mucho más de lo que hubieran imaginado. Uno, Edward, es
millonario, es el mismísimo dueño del hospital, un ser solitario
aunque se haya casado en varias ocasiones, una persona
excéntrica y arrogante. Carter, el otro, trabaja como mecánico,
es callado, modesto, querido por su familia, y está casado desde
hace más de 40 años con la misma mujer. La convivencia en el
hospital les acerca tanto como les une el compartir la gravedad
de la enfermedad que padecen. Un buen día se enteran que les
queda poco tiempo de vida. En ese momento, el filme pone en
evidencia uno de los interrogantes que lo motorizan: ¿qué hacer
ante una situación límite así: dedicarse a disfrutar lo que
queda o destinar ese tiempo a resignarse a morir pronto?
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La parábola que desarrolla el
guión está dividida en varias fases que no se destacan por su
imprevisibilidad. Resumiendo, una primera etapa es la
introducción al conflicto ya comentada. La segunda es la
instancia de la decisión frente al dilema planteado: allí los
compañeros resuelven dedicarse a concretar sus deseos antes que
sea demasiado tarde. La tercera etapa es la de la alegría y las
aventuras, que muestra a los protagonistas divirtiéndose y
pasándolo a lo grande. La cuarta y definitiva fase —con búsqueda
de establecer moraleja incluida— es la que les devuelve, ya
preparados, a su enfermedad. En definitiva, el guión tiene la
pretensión de contar una historia que luzca tal como la vida
misma, pero sus intenciones chocan con la falta
de espontaneidad, de sorpresa y de originalidad de una trama que
pareciera haber sido ya vista en cientos de ocasiones anteriores.
Al final, con su empecinada aspiración de enseñar algo, de
construir un mensaje y una enseñanza, más que a la vida misma
termina asemejándose a un libro de autoayuda. La película no se
permite en ningún momento dejarse fluir para donde la lleve la
historia; desde cada línea de diálogo, pasando por el tono que
domina las imágenes, y hasta en muchos de los ángulos que
captura la cámara, se percibe un exasperante intento de tener
todo bajo control y de conducir al espectador hacia un lugar
predeterminado.
La omnipresencia constante
del realizador en cada escena impide la construcción de un
diálogo horizontal entre el público y la historia.
Constantemente, hasta en pequeños detalles, se hace evidente la
mano de Reiner, que aunque no tenga esa intención, termina
sesgando la mirada. Un ejemplo claro de esto puede apreciarse al
inicio del film, que muestra a Carter trabajando en el taller
mecánico hasta que atiende una llamada. No se escucha qué le
dicen, pero por la expresión de su rostro es seguro que no está
oyendo nada bueno. En determinado instante, su cara se paraliza
y el plano decide cerrarse hasta sus dedos, que dejan caer el
cigarrillo que envolvían, en un símbolo que luce dramáticamente
forzado, casi inverosímil, del estado de shock que le
ocasionó la información recibida. En esta decisión del
realizador se pone en evidencia que la cámara impone y conduce
al espectador hacia qué y cómo mirar, en lugar de dejar que sea
él mismo quien construya su percepción de la situación que
observa.
“Ahora o nunca” es una
película que no esconde secretos, que no estimula preguntas, que
establece una comunicación cerrada con el espectador. Evoluciona
de manera lineal, siempre buscando dejar en claro su mensaje:
“busca la dicha en tu vida”. Se dedica a mostrar cómo incluso en
las peores situaciones que debe afrontar el hombre, si las
encara con humor, predisposición y optimismo, es posible
aprender y disfrutar de aquello que la vida tiene para ofrecer.
Debido a este esfuerzo por aportar liviandad y humor, la cinta
adopta un tono que podría definirse como dramáticamente
desdramatizado. En cada uno de los capítulos de la historia
puede observarse el sistemático intento por combinar emoción y
buen humor con el panorama complicado y dramático que se
presenta.
Para las últimas líneas, un
espacio reservado a Jack Nicholson
y Morgan Freeman,
quienes interpretan a los personajes centrales del film. Si bien
es imposible desconocer o pasar por alto su talento,
especialmente el de Nicholson, no deja de llamar la atención,
por más que no sorprenda del todo, que actores de su talla
elijan llevar adelante guiones que, como mínimo, pueden
calificarse de poco originales y no muy exigentes. Por supuesto,
más allá de esto, la contribución de ambos es vital para que el
film pueda sostener cierta cota de entretenimiento. De todos
modos, probablemente sea el brillante Thomas, con su aporte
pequeño, tal vez casi imperceptible, pero constantemente
gracioso, el único que brinde un toque de distinción y algo de
divertida espontaneidad a un film que aspira a mucho pero se
agota con muy poco, rápidamente.
Calificación:
    
Imágenes
de "Ahora o nunca" - Copyright © 2007
Warner Bros. Pictures, Zadan/Meron Productions y Reiner/Greisman
Productions. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
International España. Todos los derechos
reservados.
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