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AHORA O NUNCA
(The bucket list)


Dirección: Rob Reiner.
País:
USA.
Año: 2007.
Duración: 97 min.
Género: Comedia dramática.
Interpretación: Jack Nicholson (Edward Cole), Morgan Freeman (Carter Chambers), Sean Hayes (Thomas), Rob Morrow (Dr. Hollins), Beverly Todd (Virginia), Alfonso Freeman (Roger Chambers), Rowena King (Angelica).
Guión: Justin Zackham.
Producción: Craig Zadan, Neil Meron, Alan Greisman y Rob Reiner.
Música: Marc Shaiman.
Fotografía:
John Schwartzman.
Montaje: Robert Leighton.
Diseño de producción: Bill Brzeski.
Vestuario: Molly Maginnis.
Estreno en USA: 11 Enero 2008.
Estreno en España: 1 Febrero 2008.

CRÍTICA por Leandro Marques

Fabricante en serie de emociones

  Thomas es el asistente personal de un hombre complicado: dueño de un imperio financiero, millonario, temido, caprichoso y de muy mal carácter. Cada vez que puede, es irónico e hiriente con quien se le cruce. La personalidad de Thomas es ideal para desenvolverse ante un personaje de esas características, principalmente porque no le manifiesta temor y porque le devuelve con la misma moneda, con la misma sutileza y humor, cada ataque que recibe. Thomas, interpretado por Sean Hayes, ocupa un rol pequeño en la arquitectura narrativa de “Ahora o nunca”, la última película de Rob Reiner. Sin embargo, dentro de un film que transita hasta el agotamiento el camino de lo esperable, su personaje aporta una cuota de frescura, picardía y originalidad invalorables, por supuesto, teniendo en cuenta el contexto en que desarrolla.

 

  Una justificación cada vez más utilizada para otorgar sentido a la producción de muchas películas tiene que ver con la intención específica de buscar y generar emociones en el público. Como si cada una de las personas que conforman la abstracción “público” no estuvieran constituidas de carne y hueso, y no poseyeran la capacidad innata de sentirse afectadas emocionalmente por los sucesos que las rodean. Estas películas, para las cuales “despertar emociones” representa un fin en sí mismo, parecieran estar convencidas de que el espectador no tiene vida propia, no goza, no ríe, no llora, no se emociona, y que un poco de todo eso, combinado, es lo que necesita. Fin en sí mismo significa que el medio para alcanzar una meta es prescindible, o sea, en el caso del cine, que la historia que se cuenta es prácticamente indiferente e irrelevante. Así funcionan este tipo de cintas, como la prensa amarilla pero trasladada a la pantalla grande.

  Sólo hace falta observar la estructura narrativa del largometraje de Reiner para comprender que la búsqueda de emoción es la aspiración central a la que apunta. La historia, básicamente, presenta a dos pacientes, enfermos de cáncer, que comparten habitación en un hospital. Son dos personas que el guión se encarga en un principio de mostrar como opuestas, para que con el correr de la cinta se pueda demostrar que tienen en común mucho más de lo que hubieran imaginado. Uno, Edward, es millonario, es el mismísimo dueño del hospital, un ser solitario aunque se haya casado en varias ocasiones, una persona excéntrica y arrogante. Carter, el otro, trabaja como mecánico, es callado, modesto, querido por su familia, y está casado desde hace más de 40 años con la misma mujer. La convivencia en el hospital les acerca tanto como les une el compartir la gravedad de la enfermedad que padecen. Un buen día se enteran que les queda poco tiempo de vida. En ese momento, el filme pone en evidencia uno de los interrogantes que lo motorizan: ¿qué hacer ante una situación límite así: dedicarse a disfrutar lo que queda o destinar ese tiempo a resignarse a morir pronto?

  La parábola que desarrolla el guión está dividida en varias fases que no se destacan por su imprevisibilidad. Resumiendo, una primera etapa es la introducción al conflicto ya comentada. La segunda es la instancia de la decisión frente al dilema planteado: allí los compañeros resuelven dedicarse a concretar sus deseos antes que sea demasiado tarde. La tercera etapa es la de la alegría y las aventuras, que muestra a los protagonistas divirtiéndose y pasándolo a lo grande. La cuarta y definitiva fase —con búsqueda de establecer moraleja incluida— es la que les devuelve, ya preparados, a su enfermedad. En definitiva, el guión tiene la pretensión de contar una historia que luzca tal como la vida misma, pero sus intenciones chocan con la falta de espontaneidad, de sorpresa y de originalidad de una trama que pareciera haber sido ya vista en cientos de ocasiones anteriores. Al final, con su empecinada aspiración de enseñar algo, de construir un mensaje y una enseñanza, más que a la vida misma termina asemejándose a un libro de autoayuda. La película no se permite en ningún momento dejarse fluir para donde la lleve la historia; desde cada línea de diálogo, pasando por el tono que domina las imágenes, y hasta en muchos de los ángulos que captura la cámara, se percibe un exasperante intento de tener todo bajo control y de conducir al espectador hacia un lugar predeterminado.

  La omnipresencia constante del realizador en cada escena impide la construcción de un diálogo horizontal entre el público y la historia. Constantemente, hasta en pequeños detalles, se hace evidente la mano de Reiner, que aunque no tenga esa intención, termina sesgando la mirada. Un ejemplo claro de esto puede apreciarse al inicio del film, que muestra a Carter trabajando en el taller mecánico hasta que atiende una llamada. No se escucha qué le dicen, pero por la expresión de su rostro es seguro que no está oyendo nada bueno. En determinado instante, su cara se paraliza y el plano decide cerrarse hasta sus dedos, que dejan caer el cigarrillo que envolvían, en un símbolo que luce dramáticamente forzado, casi inverosímil, del estado de shock que le ocasionó la información recibida. En esta decisión del realizador se pone en evidencia que la cámara impone y conduce al espectador hacia qué y cómo mirar, en lugar de dejar que sea él mismo quien construya su percepción de la situación que observa.

  “Ahora o nunca” es una película que no esconde secretos, que no estimula preguntas, que establece una comunicación cerrada con el espectador. Evoluciona de manera lineal, siempre buscando dejar en claro su mensaje: “busca la dicha en tu vida”. Se dedica a mostrar cómo incluso en las peores situaciones que debe afrontar el hombre, si las encara con humor, predisposición y optimismo, es posible aprender y disfrutar de aquello que la vida tiene para ofrecer. Debido a este esfuerzo por aportar liviandad y humor, la cinta adopta un tono que podría definirse como dramáticamente desdramatizado. En cada uno de los capítulos de la historia puede observarse el sistemático intento por combinar emoción y buen humor con el panorama complicado y dramático que se presenta.

  Para las últimas líneas, un espacio reservado a Jack Nicholson y Morgan Freeman, quienes interpretan a los personajes centrales del film. Si bien es imposible desconocer o pasar por alto su talento, especialmente el de Nicholson, no deja de llamar la atención, por más que no sorprenda del todo, que actores de su talla elijan llevar adelante guiones que, como mínimo, pueden calificarse de poco originales y no muy exigentes. Por supuesto, más allá de esto, la contribución de ambos es vital para que el film pueda sostener cierta cota de entretenimiento. De todos modos, probablemente sea el brillante Thomas, con su aporte pequeño, tal vez casi imperceptible, pero constantemente gracioso, el único que brinde un toque de distinción y algo de divertida espontaneidad a un film que aspira a mucho pero se agota con muy poco, rápidamente.

Calificación:


Imágenes de "Ahora o nunca" - Copyright © 2007 Warner Bros. Pictures, Zadan/Meron Productions y Reiner/Greisman Productions. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

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