CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Por fin está entre
nosotros. Tras
una serie de anuncios de
estrenos fantasma,
ya hemos podido ver la última entrega de Sidney
Lumet, todo un clásico
vivo, cinco décadas después de su irrupción en la gran pantalla
con aquella mítica “Doce hombres sin piedad”. Y podemos decir,
sin ambages, que, por una vez, todo lo bueno que hemos oído y
leído sobre ella se ajusta a la realidad: es una cinta tremenda,
potente, desoladora, en la que la tragedia se cuece a fuego
lento para luego desplegarse de una manera tan inevitable como
bella.
A
partir de un relato, en realidad, ya visto (un atraco
aparentemente perfecto que sacará a dos hermanos de sus ahogos
económicos, pero que, al fallar, desencadena una serie de
acontecimientos que hundirán física y moralmente a todos los
involucrados), Lumet se detiene en el retrato psicológico de
unos personajes que terminan revelando lo más miserable de su
condición. Y es en esa capacidad de detalle, apoyado en una
estructura que disloca la linealidad del relato para, de esta
forma, detenerse en cada uno de los miembros del triángulo
formado por los hermanos Andy (Philip Seymour
Hoffman) y Hank Hanson
(Ethan Hawke)
y su padre (Albert Finney),
donde reside la clave del largometraje. Tres caracteres que
guardan sus propias razones para el resentimiento, y cuyas
miserias terminarán saliendo a la luz ante la catarsis de un
crimen imprevisto.
Pero nada de ello sería posible sin unos actores sencillamente
formidables, cuya interpretación se ve potenciada por un
director que sabe cómo llevarlos y planificar las escenas, de
tal manera que hay momentos (la súplica de Hank a Andy, el
encuentro definitivo entre éste y su padre, la primera secuencia
de Andy con su mujer) que se quedan grabados a fuego ante
nosotros, instantes memorables en los que la emoción sacude al
espectador y en los que la fatalidad de sus destinos se revela
de la manera más desoladora. Unos momentos, además,
perfectamente enmarcados por la triste melodía de
Carter Burwell, el
compositor habitual de los hermanos Coen, que aquí funciona a la
perfección remarcando la desolación de los protagonistas.
Y
el mérito de Lumet es tal que no sólo logra extraer grandes
interpretaciones de los actores de los que cabía esperarlo (no
creo que a estas alturas pueda quedar quien le niegue a Philip
Seymour Hoffman el estatus de ser uno de los mejores de su
generación), sino incluso de otros que, mal llevados, pueden ser
limitados. Y en este apartado sólo cabe alabar a un Ethan Hawke
capaz de hacer absolutamente creíble al hermano débil, siempre
sobrepasado por las circunstancias y arrastrado por otros; y a
una Marisa Tomei
que, a pesar de que su rol podría estar más desarrollado,
compone un personaje femenino a quien la baza de su físico no le
ha evitado vivir en una ratonera similar a la de todos los
demás.
Con
ellos, con una planificación exquisita, con un gusto por el
detalle que sólo al final precipitará el resultado de la suma de
sus ingredientes, Sidney Lumet levanta una obra negrísima,
desesperanzada, un retrato de lo peor que esconde la condición
humana más normal y cotidiana, un Dostoievsky de familia
burguesa neoyorquina, una visión del poder arrasador de la
ambición como principal impulso en el que descansa el
reconocimiento social. Un reconocimiento que, en demasiadas
ocasiones, únicamente busca sustituir una palmada que nunca
llega, una palabra que nadie dice, un gesto que nadie dibuja. Y
en ese vacío sólo puede crecer una planta, la de la tragedia;
esta película es la crónica detallada de cómo nace, de dónde
viene... y a dónde nos puede arrastrar.
Calificación:
    
Imágenes
de "Antes que el Diablo sepa que has muerto" - Copyright ©
2007 Funky Buddha Group, Capitol Films, Unity Productions y
Linsefilm. Fotos por Will Hart. Distribuida en España por A.Zeta Cinema. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Antes que el Diablo sepa que has muerto"
Añade esta película a tus favoritas
Opina
sobre esta película en nuestro blog

Recomienda
esta película a un amigo
|