CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Ahora que coinciden y
coincidirán en la cartelera viejos mitos de dentro y fuera de la
pantalla, el director Sidney Lumet
ha decidido curarse en salud y
mezclar sus rasgos reconocibles con la audacia de los nuevos
tiempos. No por otra razón —más que la de corroborar el largo y
arcano título— inicia la película con una escena de cama entre
Philip Seymour Hoffman
y Marisa Tomei,
explícita y libre de pasiones románticas. Posteriormente a una
introducción tan abrupta para las convenciones narrativas, se
plantea la efímera y lírica pregunta: ¿Podrías vivir un día y
medio en el cielo "Antes que el Diablo sepa que has muerto"?
Lumet no pretende ensayar sobre lo divino y lo humano, ni
invocar espíritus literarios: aborda un largometraje quizá
demasiado cinematográfico, al menos con la honestidad de quien
ha dejado claro desde el principio la frialdad en la ejecución
del trabajo y el lucimiento del artificio que otras veces
ocultaban sus densos y enrevesados guiones.
El
suceso de un atraco frustrado sirve de excusa para, de
fondo, abrir insatisfactorios y precipitados conflictos de
envidias filiales, y, de forma, para desdoblar las imágenes
en flashbacks solapados que se conectan mediante un
horrible efecto sonoro y paralelismos de fotogramas
congelados con tufillo televisivo. La siempre atractiva
complementariedad de los puntos de vista no aporta nada al
relato cuando esas perspectivas se predicen con facilidad o
añaden detalles cotidianos casi nihilistas. La apuesta no
parece tan vacua por su apariencia en sí como por venir de
un director de tramas que, desde la reproducción inicial del
atraco, está apostando por una falsa narración lineal, por
vender la vanguardia vacía de originalidad. Esos saltos
temporales aleatorios —tanto da retroceder un día que
adelantarse una semana— parecen la estratagema barata de
alguien carente de suficientes recursos para rellenar dos
horas de metraje, desaprovechando la inmoralidad de los
personajes y la fuerza de sus intérpretes, que caen
irremisiblemente en la sobreactuación —sobre todo, el primer
Ethan Hawke
y el final Seymour Hoffman—. Las filias y fobias que sienten
los protagonistas y que el propio espectador puede
desarrollar hacia ellos como único bastión de una historia
coja, fluctúan con la misma impropiedad que los cortes de
imagen, destrozando la estructura para respetar valores
convencionales.
La
fábula del hijo pródigo se voltea en una película que, vista su
crudeza visual y verbal, no debería acompañarse de mensaje
moralizante. La derrota sin derrotismo de unos avaros perdedores
capaces de vender hasta a su propia madre, de drogarse y
emborracharse a altos precios mientras su familia pide dinero,
responde con aparente soltura a la nueva ola de cineastas
debutantes o experimentados que se han dado cuenta de la negrura
que rodea a los Estados Unidos. Esa actitud de lúcido pesimismo,
más valiosa aún viniendo de alguien que creía en las causas
imposibles —recordemos, por ejemplo, los modélicos litigios de
“Veredicto final” (1982)—, pierde fuerza cuando los dejes
tremendistas de personajes y realización empiezan a asomar los
morros. No se podía ocultar al lobo durante tanto tiempo, y el
diablo viene a cobrarse la factura de una
apuesta perdida: el cruce de thriller con drama
psicológico, ajustes de cuentas y tiroteos, y vías secundarias
útiles para una resolución sin pulso trágico, no sólo chocan por
su inoperancia, sino por alcanzar cotas de considerable
irritación y aburrimiento.
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En la línea de las últimas
producciones estelares con sello autoral, la desnudez casi
teatralizada de la puesta en escena pinta de un gris más intenso
el perfil de los roles. Desnaturalizados, fríos, inexpresivos
hasta que explota un increíble caudal de odio interno que se
propaga con la aleatoriedad de la rabia, los elementos que
construyen esa Nueva York nebulosa imponen a la película la
misma entidad que una historia irreal, no acostumbrada a verse
en el cine más zalamero. Un par de apuntes despiertan por breve
tiempo la personalidad de la cinta: el disfraz cutre, hortera y
ochentero de Ethan Hawke durante el robo, del cual se burla otro
personaje como ruptura definitiva con una manera de entender las
heist movies que ya no sirve ni supone emoción. Y el
lento y contenido desaguisado que Seymour Hoffman forma en su
apartamento después de que lo abandone Marisa Tomei, el único
momento en que las cosas, al fin, se rompen y canalizan una vida
que el resto de las escenas esconde en alguna recóndita parte.
Tal vez Lumet plantee la
pregunta inicial como un reto: el desafío de disfrutar hora y
media de película antes de que el fin se acerque y los
acontecimientos fatales se acumulen. De ser así, de proponer un
producto conscientemente plano y soporífero, afirmaría una
victoria absoluta. Pero las continuas llamadas de atención
sonoras y el mareo al que somete unos pobres acontecimientos
sólo disfrazan su pulso narrativo tradicional. Los atractivos
misterios se van disolviendo con la sospecha de que están
vendiendo una moto que ni arranca ni llega todo lo lejos que
debería. La decepción es mayor por esa promesa del comienzo y su
tardía unión al desenlace, ambiguo como el estilo de estos
renovados directores que parecen tener remordimientos de
conciencia, por lo que desprecian el derecho a dictar sentencia
con la seguridad de antes. Y, experto en estas lides, Lumet
debería tener tatuado en la mente y el ojo que la buena defensa
de uno mismo siempre precede a un fallo favorable.
Calificación:
    
Imágenes
de "Antes que el Diablo sepa que has muerto" - Copyright ©
2007 Funky Buddha Group, Capitol Films, Unity Productions y
Linsefilm. Fotos por Will Hart. Distribuida en España por A.Zeta Cinema. Todos los derechos
reservados.
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