CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Cuerpos y
almas
Poco a poco, la catalana
Isabel Coixet ha
sabido ganarse a crítica y público, con una filmografía que
recogía un universo propio de sensibilidad poética y personajes
heridos en sus emociones, donde el amor y su pérdida servían de
banderín de enganche para una platea deseosa de experimentar una
especie de catarsis interior que le removiese. En
"Mi vida sin mí",
una mujer ponía su alma al desnudo ante el espectador y le
mostraba sus últimos deseos y aquellos otros que albergaba para
después de su muerte. En "La vida secreta de las palabras",
otra mujer huía de una realidad dramática que le había dejado
cicatrices por dentro y por fuera. En ambas, un dolor interior,
sufrido en silencio y soledad, lograba generar un clima de
intimismo y emoción que brotaba con sinceridad y naturalidad,
sin que pareciese buscado directamente por una narrativa
calculada ni por una puesta en escena artificiosa. Su secreto
estaba en la sugerencia y en la contención expresiva, en crear
unos ambientes en los que el drama y el romanticismo se hallaban
suspendidos en el aire y a la vez inundaban a los personajes, en
donde el (des)equilibrio emocional entre todos ellos les
empujaba a beber de una misma fuente que tenía a la muerte de
telón de fondo.
Ahora, Coixet inicia con
“Elegy” su personal romance con Hollywood, y lo hace adaptando
la novela de Philip Roth
"El animal moribundo". Quizá sea por lo primero o por lo segundo
—es la primera vez que no firma el guión, y que éste no es
original—, pero el caso es que la película no respira el mismo
aire fresco ni la misma intensidad emocional que las anteriores.
Ha construido una obra con piezas prefabricadas, que se sustenta
sobre una estructura falsa y un tanto desequilibrada, y en la
que se adivinan artificios que la hacen endeble. Excesiva y
reiterativa resulta la voz en off de David, un profesor
sexagenario seductor de sus ex-alumnas que busca sexo sin
compromiso, que recuerda el momento en que su corazón le
traicionó con Consuela, una joven cubana que primero le mostró
la belleza exterior y después la interior. Una y otra vez parece
que Coixet necesita apoyarse en la voz evocadora del cínico
profesor para suscitar emociones en el espectador y mantener el
pulso narrativo, lo mismo que precisa de unos melodiosos acordes
de piano para generar un romanticismo pasional suavizado, o de
la figura de su amigo y cómplice George: las confidencias con
este curioso personaje se convierten en vehículo de la directora
para explicitar los propios deseos, inquietudes y temores del
protagonista, en un artificio tan elemental como poco sutil.
Si el
guión opta por la explicación y abandona el arte de la
sugerencia, de la mirada y del silencio, tampoco el montaje se
luce con varios flashbacks tan innecesarios como
subrayados mientras la
acción presente continúa, e incluso con algún flashforward
que parece fruto del desorden y genera desconcierto (por
ejemplo, en la fiesta de graduación). Evidentemente, la cinta se
arma sobre una historia de dualidades, entre seres licenciosos y
puritanos, entre relaciones sexuales y amores comprometidos,
entre un hijo de moral rígida (e hipócrita) y un padre
presentado como honesto en su "liberación sexual" no sometido a
moral alguna. Ese maniqueísmo queda patente en la figura del
intransigente e incomprensivo hijo, que irrumpe en escena con un
drama personal tan hueco y sin recorrido como forzado y
artificial; o con el propio George, que en la secuencia del
recital y del desenlace resulta patético y disparatado: dos
subtramas de telefilm, demasiado discursivas y al servicio de un
guión que cojea por varios frentes, que olvida los diálogos
poéticos de sus anteriores films, y que tiene su guinda en esos
momentos pseudo-pictóricos, tanto en las referencias a Las
Meninas o a las Majas como a esas estampas romanticonas por la
playa.
Con todo, a Coixet le
sale una curiosa mezcla en que lo hollywoodiense se hace
demasiado presente y hunde el barco de las emociones a las que
nos tenía acostumbrados. De nada le sirven las buenas
interpretaciones de un siempre poderoso Ben
Kingsley y una
perturbadora Penélope Cruz,
pues sus encuentros acaban siendo tan "narrativos" como poco
"sugerentes". Es el ejemplo claro de dos grandes actuaciones que
representan con oficio su papel pero que no suscitan emoción —no
hay química ni encuentro verdadero entre ellos—, salvo en un
breve instante como desenlace, que sin embargo ha necesitado de
un recurso facilón con el que desencadenar el dramatismo y dar
profundidad a la historia. La música funciona en su misión de
aportar romanticismo y melancolía a la historia, a pesar de
algún que otro experimento que suena a impostado; y la
fotografía quizá sea el aspecto más cuidado en su búsqueda de
atmósferas cerradas y asfixiantes, en las que parece que falta
el aire a los personajes. Bien rodada, con fogonazos que
recuerdan a la mejor Coixet, como son las planificaciones
cuidadas (por ejemplo, la secuencia de un solitario y abatido
David en la pista de squash que se pregunta «¿yo a
quién quiero engañar?»).
Al final, nos queda una
peculiar historia de amor que surge donde menos se espera y que
se afianza con la ausencia, donde lo sexual queda desprovisto de
cualquier sentido moral y adquiere la ternura que el original
literario no tenía, que mira al matrimonio como cárcel y fuente
de problemas. También esconde un temor al paso del tiempo (en
esto, como en otros aspectos visuales y de atmósferas, se ve la
sintonía con Wong Kar Wai)
y la llegada de la vejez, con la muerte como la nada que todo lo
devora. Aun permaneciendo en las coordenadas
temáticas de Isabel Coixet, la cinta rebaja su intimismo y las
emociones quedan devaluadas, por lo que sus admiradores pueden
quedar un poco decepcionados con esta historia de cuerpos y
almas enfermos.
Calificación:
    
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