CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Isabel
Coixet es una
directora que no admite medias tintas: sus seguidores son
incondicionales, y sus críticos acérrimos. Su particular
concepción del cine, basada en un innegable dominio visual pero
en unos guiones con demasiadas trampas, representaba un cóctel
arriesgado en el que todo dependía del aspecto con el que el
espectador quisiera quedarse: si entraba en su propuesta, el
disfrute, lagrimones incluidos, estaba asegurado; si no, el
aburrimiento, o incluso la exasperación, estaban ahí aguardando
al pobre incauto.
¿Y por
qué empleamos el pasado? Por una cuestión muy simple: porque
esas características, esas rémoras que (para quien esto
escribe) impedían que el cine de la catalana sonara a
cierto, a algo más que una impostación que pretendía dar
gato por liebre, en "Elegy" aparecen desactivadas. No
importa demasiado que la razón sea que se trata de un
encargo, o que la directora no se ha ocupado esta vez de
escribir la adaptación del original literario (la novela "El
animal moribundo", de Philip Roth,
un autor en principio alejado de la visión del mundo de
Coixet, tanto por su perspectiva abrumadoramente masculina
de la vida, la muerte y la sexualidad), o que sea su primer
trabajo cien por cien norteamericano. Lo que cuenta es el
resultado: una cinta profundamente humana, en la que el
ansia por el diseño del plano, por la perfección artificial
tan útil en la creación publicitaria pero tan venenosa en el
cine, deja paso a una narración emotiva, enormemente
triste... y sobre todo, creíble.
Creíble,
porque tampoco importa demasiado que el eje de la historia esté
en principio lejos del mundo cercano por el que la mayoría nos
movemos: quizá más animal moribundo aún, por paradójico que
parezca, que el personaje interpretado por
Penélope Cruz, la
joven y bella Consuela Castillo, tenemos a un afamado profesor y
crítico literario —firmante en ese tótem de la cultura que es el
The New Yorker— que se enfrenta a la vejez resguardado en el
simulacro de independencia que le da haber huido de un
matrimonio y un hijo y vivir sumido en una circulante corriente
de relaciones con jóvenes y embelesadas estudiantes (más una
amante "oficial", la encarnada por Patricia
Clarkson). No, lo que
importa es que su visión de la vejez, del deseo masculino, de
las inseguridades que como un arma de doble filo trae consigo el
poseer lo deseado, suenan a una extraña verdad, sin concesiones
a lo impostado, al cartón piedra, a la mera acción-reacción que
en demasiadas ocasiones regía en títulos como "Mi vida sin mí"
o "La vida secreta de las palabras".
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Gran parte del mérito recae en un inmenso Ben
Kingsley, el
protagonista que un buen día se despierta del sueño de su
continua y artificialmente alargada adolescencia para descubrir
que la muerte, la vejez, va encarnándose en lo que le rodea,
tocando a quienes tiene cerca, como un aviso de que eso mismo le
está sucediendo a él. Y su interpretación es la que parece dar
la clave para guiar la de una Penélope Cruz que va creciendo en
su papel conforme avanza la cinta, más creíble en su
desvalimiento que en la seducción arrebatadora que sacude al
veterano profesor. Y no sería justo dejar a un lado los momentos
de gloria que la directora ofrece a un inmenso
Dennis Hopper, amigo,
confidente y poeta laureado (no está muy claro cuál debería ser
el orden adecuado), y a una gran Patricia Clarkson, de la que la
directora nos regala, incluso, el bello y conmovedor
striptease de su carne madura. Sí, Isabel, esta vez no nos
ha costado nada quererte...
Calificación:
    
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