CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Cosas que gustan de
Isabel Coixet: su
intimismo, su reivindicación del detalle, su carácter
cosmopolita, su implicación con la cámara como corresponde a su
mirada autoral —en la línea de la nouvelle vague, de la
que se declara admiradora y discípula—, el mimo por la palabra
unida a esas imágenes clave. Cosas que no gustan de Isabel
Coixet: exactamente las mismas. La directora catalana, a pesar
de haber roto como pocos el costumbrismo de una cinematografía
monótona, luce el sambenito de una vocación internacional que
aquí genera exacerbadas simpatías y odios. Rodar en inglés y
abordar temas que quizá suenan muy lejanos —Philip
Roth, escritor que
adapta ahora, posee una mirada gris y violenta incomprensible
para el espectador que consume motivos y rostros patrios— ha
hecho que su prestigio en el extranjero vaya muy por delante del
que viste aquí, en su propio país, donde parece que los aplausos
agradecen más la propaganda que suponen sus películas para la
industria española.
“El
animal moribundo”, rebautizada como “Elegy”, cuenta la
tortuosa relación de un profesor de literatura, David Kepesh
(Ben Kingsley),
y una alumna cubana, Consuela (Penélope
Cruz). El alto
voltaje de la novela deviene en manos de Coixet en el título
escogido: una elegía del tiempo que ha pasado volando —por
circunstancias diferentes, ambos protagonistas expresan su
arrepentimiento por lo que hicieron y lo que dejaron sin
hacer—; y lamentación por la edad, que siempre supone un
obstáculo para entenderse con otros y con uno mismo. Poesía
de la muerte que ronda, pero ¿no lo han sido hasta ahora
todas las películas de la cineasta? Ahondar en obsesiones
recurrentes —el amor como cura o enfermedad, en su sentido
más romántico que shakespeariano— es un rasgo típico
de autor que, sin embargo, en Coixet se está convirtiendo en
pobreza argumental. La que de modo frívolo podría
calificarse como "trilogía de la camilla" —"Mi vida sin mí"
(2002), "La vida secreta de las palabras"
(2005) y ésta— repite una misma historia en contextos muy
distintos, pero que alcanzan siempre la misma conclusión
reconfortante –o sonrojante, según qué entienda cada cual
por sensibilidad–.
La
novedad que conlleva “Elegy”, aparte de su ambientación en
círculos de clase alta que no tienen nada que ver con sus
personajes habituales, es un desdoblamiento que parece anunciar
un golpe de timón interesante. El profesor y crítico teatral
Kepesh no oculta su manía de expresarlo todo del derecho y del
revés, como si admitiese dos interpretaciones posibles y
opuestas —aunque más adelante critique que su hijo califica el
mundo en términos de blanco y negro, bien y mal—. La estética
del film se apropia del mismo juego, entre el sentido del humor
—representado por Dennis Hopper—
y la profecía de tragedia que sobrevuelan sus oscuros y
arrinconados encuadres. Pero si a Kepesh se le ve el plumero en
cuanto declara su amor irrefrenable por la belleza —entendida en
los términos más convencionales y helenistas—, Coixet repite
vicio al decantarse por el romanticismo que en la primera mitad
mantiene un buen pulso con el cinismo, con la perspectiva de
sexo falto de sentimientos. La directora sortea así un
enfrentamiento consigo misma, con su otra mitad y los gustos
divergentes a los suyos, algo que termina por ablandar a sus
criaturas, que en vez de moribundas parecen cada vez más
luminosas.
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Una luz que se agradece en el
ambiente de típico pesimismo existencial de la directora, aun
solucionado con ilusiones pueriles y largos planos silenciosos
en los que se concede todo el peso del significado a la
fotografía —una preferencia que subrayan las imágenes de
Consuela que Kepesh revela en su cuarto oscuro—, pero sin
arriesgarse a insinuar nada. Las mujeres invisibles, dice el
personaje de Hopper, pasan desapercibidas porque los demás sólo
ven su hermosa cáscara. Ese eterno conflicto entre amor y
atracción física, compromiso y aventura, juventud y madurez, no
se resuelve con gran soltura en boca de unos personajes
suavizados, cuya sinceridad no se cuestiona en ningún momento.
Las dudas ante los extremos las representa Kepesh, interpretado
por Ben Kingsley con un temblor adolescente muy efectivo, frente
a la seguridad incorruptible de Consuela, incluso en su peor
reto, una etérea y al mismo tiempo accesible Penélope Cruz.
Una química tan difícil se hace creíble a costa
de la imagen antes que de la historia, cuya garra inicial se
desliza hacia la reiteración de emociones y la previsibilidad
del argumento. Que
sería lo de menos si la elegancia al abordar lo escabroso,
mostrada en un principio, no fuese apagándose como un traje bien
llevado, pero sobrio.
Coixet se ha arriesgado a
maquinar según la mente masculina, que recubre de complejos y
celos infantiles, aunque para ello haya recurrido a la voz en
off o en over —quizá impuesta desde el guión, que
ella no firma—, un recurso fácil comparado con lo sencillo que
le resulta trazar el personaje femenino de Consuela con apenas
unos planos, un enfoque bien ajustado y sin que sus opiniones
importen demasiado para definirla —diálogo que al comienzo tapa
por la misma voz pensativa de Kinsgley—. A pesar de algún
efectismo aislado que la hermana con muy manieristas películas
previas —desde "A los que aman" (1998) hasta sus últimos
estrenos—, "Elegy" se beneficia de un combate entre frialdad y
calidez, ambas fluyendo por fondo y forma, que finalmente
estropea un pulso poco natural, literario, calculado para
provocar la llorera de turno.
A medida que las cosas y las
personas van muriendo, el espíritu de Coixet se anima, quizá ya
en su elemento, y la negrura de las pérdidas y las carencias se
rellena con kilos de algodón suave y blando, abrazos entre
padres e hijos y amantes que se sinceran. El mundo feliz que
construye en el aire para sus personajes se antoja incoherente
con la historia, aunque no con el ritmo de su filmografía. Y si
decide ponerse a bailar con la más fea, no parece justo pasarse
a mitad de la danza al bailarín que mejor se le ajusta. La
fragilidad de un sueño que se pasea por la calle, creyéndose
real —mejor lo reflejó "Cosas que nunca te dije" (1995)—, una
joven y un hombre que podría ser su padre intercambiando roles,
no merece ser destrozado con análisis de pareja corriente y
desabrida. Pero en ese proceso de derribo halla Coixet su
cuestionable propósito: la regeneración, la posibilidad de
buenaventura. La crueldad de una madre amantísima con sus
criaturas moribundas, resucitadas innecesariamente tras
puntuales y tristes elegías: un contestador automático que
repite ecos del pasado o un vestido blanco que se marchita como
una novia recién traicionada.
Calificación:
    
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