CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
El juego
de las formas y del coqueteo
Uno de los impulsores de la Nouvelle Vague nos regala una
auténtica joya de cine, adaptación de la novela de
Honoré de Balzac,
en la que se aproxima a la nobleza de la Restauración
napoleónica con una mirada crítica hacia su hipocresía y
vanidad.
Jacques Rivette
recoge aquí la crueldad y
falsedad del juego de seducción cortesano, donde verdad y
apariencia se mezclan y confunden, donde el amor parece
escaparse entre la simulación y la pasión hasta aniquilarse en
su impostura. Y detrás de ese amor no sincronizado que desata la
humillación y la venganza, se esconde una clase social cuyo
cálculo y orgullo encierran su autodestrucción. Es la historia
del general Armand de Montriveau, atraído por la duquesa de
Langeais en un continuo coqueteo salpicado de esperanzas y
decepciones, de amor "con" y "sin" religión, de la convención y
frivolidad de la corte.
En ese difícil equilibrio entre vicio y virtud, en ese intento
de conciliar interés y sentimiento, la cuerda con que la duquesa
domina a su juguete de ocasión va a convertirse en soga para su
precioso cuello: es el "choque de aceros" de dos corazones
afilados por el capricho, la culpa y la astucia. Rivette siempre
ha sido un formalista de la imagen, un cineasta de la
experimentación que entiende la puesta en escena como modo
preciso de plasmar una realidad concreta, y por eso cuida con
esmero todo lo que ayude a crear esos espacios de falsedad, de
representación y estereotipo: elabora un minucioso trabajo de
diseño de producción en el cual el atrezo de vestuario, objetos
y decorados nos introduce en un mundo decadente de sentimientos
superficiales y dudosa moralidad. No es accesorio ninguno de
esos espejos que recogen rostros y gestos narcisistas y
maquillados, envueltos en disfraces de enamorados frívolos,
monjas refugiadas o piratas secuestradores de cuerpos, porque el
retrato de Balzac/Rivette es mordaz y corrosivo, en lo político,
en lo social y en lo religioso.
Una película plagada de detalles para crear
ambientes de época y almas carcomidas por dentro, con
interpretaciones de fuerte carga teatral pero con una
planificación genuinamente cinematográfica,
donde además se prescinde de la música extradiegética. Los
personajes se mueven en los espacios cerrados con unos ademanes
ceremoniosos, en una danza propia de animales en celo que
quieren sentirse amados sin renunciar a su espacio de libertad,
permitiendo que la luz invada tenuemente las estancias y caiga
sobre su rostro matizando los sentimientos. Ese aire de
irrealidad y representación en los interiores contrasta con la
luminosidad y aire fresco que respiran los pasajes mallorquines,
donde la entrevista del convento desenmascara la hipocresía del
pasado con unos diálogos francos y directos. Este uso profuso e
inteligente de la palabra constituye otro de los parámetros
sobre los que pivota la obra de Rivette, de cuidada literalidad
y diálogos ambiguos donde las palabras escogidas dicen lo justo
para no decir lo necesario, siendo capaces de herir bajo la
suavidad de las formas, y seguir así manteniendo en pie un mundo
de artificio y falsedad.
Si cuidada es la puesta en escena y el guión, no lo es menos la
interpretación de la pareja protagonista, afectada en la medida
justa y sin caer en lo ridículo ni histriónico. Tanto
Jeanne Balibar
como Guillaume
Depardieu se mueven
con premiosidad y precisión milimétrica en las estancias, hablan
con el decoro y pasión que su condición de seductor o seducido
exigen, y también con la expresividad dramatizada de quien actúa
en un escenario, sin autenticidad y como títeres de sus pasiones
y caprichos.
Con todo lo dicho, está claro que nos hallamos ante una cuidada
y ejemplar adaptación literaria al medio
cinematográfico, que emplea la puesta en escena teatral y los
mismos intertítulos para trasmitir una realidad caduca,
a la vez que se sirve del formalismo que la cámara y el montaje
procuran: novela, teatro y cine para un amor imposible, para la
crónica de una muerte anunciada. Y también resulta evidente que,
siendo una pieza de cámara refinada y culta (muchos planos son
auténticas pinturas de época), no es una película fácil y
accesible —recomendable— para un público general, pues exige
esfuerzo para su digestión: será aburrida para quien busque
entretenimiento, e interesante para quien prefiera la cultura y
los elementos estéticos en el cine.
Por otra parte, que nuestro general Armand sea presentado como
un héroe de guerra por sus aventuras en el desierto, no deja de
ser algo ilustrativo y premonitorio de quien emprende la
conquista del amor, una batalla no menor ni desprovista de
cierta aridez. Es la misma sensación que puede experimentar
quien se siente en la butaca para asistir —siempre desde la
distancia, porque no se busca la implicación del espectador— a
esta peculiar historia de amor, reducida al final a un poema
fugaz pues la realidad se ha esfumado entre las formas
cinematográficas.
Calificación:
    
Imágenes
de "La duquesa de Langeais" - Copyright ©
2007 Pierre Grise Productions, Cinemundici y Arte France Cinéma.
Fotos por Moune Jamet. Distribuida en España por Baditri. Todos los derechos
reservados.
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