CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Brecht se
pone sentimental
El paso de los años y la
llegada de la vejez tiene sus sorpresas y perplejidades, y eso
lo sabe cualquier anciano y también los familiares que han de
cuidarle. Pero estos problemas aumentan si el egoísmo y la falta
de comunicación han marcado las pautas de padres e hijos, como
sucede en el caso de la familia Savages. Wendy aspira a ser
dramaturga, pero sus intentos se cuentan por fracasos, mientras
que su afecto ha de volcarlo en un gato y una planta o
consolarse con el sexo que le ofrece un vecino casado. Su
hermano Jon es profesor de teoría del teatro y ahora estudia la
obra de Bertolt Brecht, mientras que su falta de compromiso con
una novia polaca hace que ésta sea obligada a volver a su país.
En el fondo, son dos personas tristes y fracasadas, dos adultos
aún en proceso de maduración, quizá porque es lo que recibieron
de una madre que pronto les abandonó y de un padre con el que no
se hablan desde hace tiempo. Un día reciben una llamada
telefónica que les advierte de la degradación senil de su padre:
la visita termina con su ingreso en una residencia de ancianos,
mientras que intentan resolver sus no pequeños problemas
personales psíquicos y afectivos.
No es casualidad que
Tamara Jenkins
haya elegido para Wendy el trabajo de escritora de obras
dramáticas, y para Jon el de teórico experto en Brecht. El
teatro como el escenario de los conflictos existenciales, vistos
bajo la óptica de la implicación emocional (ella) o del
distanciamiento reflexivo (él): dos aproximaciones válidas en el
mundo académico, pero imperfectas en la vida real. Eso lo
experimentan de continuo nuestros protagonistas, que ante el
drama de la muerte de su padre intentan adoptar posturas tan
diferentes entre sí como insuficientes, en lo que no es otra
cosa que el miedo a enfrentarse a la propia realidad. Wendy
sufre con inquietud e histeria la situación en que se queda su
padre, mientras que Jon se esfuerza por reprimir sus
sentimientos con análisis juiciosos y poco afectuosos. Y ambos
ahogan su fracaso personal y su sentimiento de culpa entre
calmantes y antidepresivos, trasladando su distinta percepción
de la realidad a las obras que escriben para el teatro. Dos
mundos y dos maneras de acercarse a la vida que requieren un
aprendizaje, que aún pueden alcanzar ante un padre senil que
necesita de su ayuda.
La situación es dramática y
triste de partida, con familias rotas y amores imposibles que
confluyen en torno a un anciano, en lo que es una llamada a
reconciliarse. Apenas existe el lirismo y la contemplación de
que hacía gala Sarah Polley en "Lejos de ella",
y sí la realidad de un deterioro —sin notas de hiperrealismo—
que ha de venir y sobre todo de la vaciedad de unas vidas sin
amor que se ocultan bajo miradas tristes. En este aspecto, las
interpretaciones de Laura Linney
y Philip Seymour Hoffman
resultan antológicas: los ojos de Linney trasmiten la inquietud
de quien necesita ser reconocida y querida —muy expresiva es la
reacción ante el asistente del hospital que se interesa por su
obra—, lo mismo que su implicación emocional con la realidad y
su fuerte carácter idealista; por su parte, la vista cansada de
Seymour es todo un poema de resignación y pragmatismo, de
ausencia y represión de sentimientos, como si siguiera el manual
de distanciamiento de su maestro Brecht.
Dos grandes
interpretaciones que aportan naturalidad y matices a una
historia construida en el guión que, sin ellos, fácilmente
hubiera caído en el esquematismo maniqueo
de dos actitudes vitales, de dos escuelas dramáticas. Sutilidad
en la escritura y ausencia de énfasis en pequeños detalles que
alegóricamente hablan de ese mundo afectivo, a su fragilidad e
inconsistencia: un globo, una caja de cereales, una planta, un
audífono... Sin embargo, a pesar de ese pesimismo existencial,
Jenkins introduce su dosis cómica aunque sea de manera un poco
forzada, con instantes que parecerían sacados de teatro del
absurdo, como esa escena con un Jon "torturado" por un collarín
doméstico, o los momentos con el grupo de apoyo a familiares, o
durante la sesión de "cine de negros" en la residencia de
ancianos. Por último, se aprecia cómo el simbolismo no se
termina en el teatro y alcanza a la luz, con un trabajo
fotográfico que reserva los tonos cálidos para las escenas que
protagoniza Linney, mientras que el azul frío se impone en el
mundo de Jon: es sintomático, en este sentido, la escena en que
la habitación del anciano en la residencia está iluminada con un
fluorescente cuando le acompaña el hijo, que ella se encarga de
apagar cuando llega para encender una lámpara de mesa.
Una historia familiar donde
hay mucho que enmendar y corregir, con la enfermedad y la muerte
como piedra de toque para la regeneración, bien narrada y mejor
interpretada, que mereció
nominaciones a los Oscar® por su
guión original y su actriz protagonista.
Pequeña película típica del circuito
Sundance,
mordaz en su crítica de una sociedad individualista, y con un
lúcido y delicado retrato de personajes que gana en profundidad
si se ve a través de las teorías de un Brecht enriquecido con
una dosis de sentimiento.
Calificación:
    
Imágenes
de "La familia Savages" - Copyright © 2007
Fox Searchlight Pictures, Lone Star Film Group, This Is That, Ad
Hominem Enterprises y Cooper's Town Productions. Distribuida en
España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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