CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
“Monstruoso” podría no
ser el título, sino la definición del cruce audiovisual que cada
vez más impregna a películas como la dirigida por
Matt Reeves e ideada
por el maestro del frikismo J.J. Abrams.
El pánico post 11-S está derivando en una consciencia
horrorizada acerca de la construcción del mundo y sus
consecuentes amenazas mediante medios tan inocuos como la imagen
y el sonido. Como recientemente hicieran "Redacted" y
"[Rec]",
el miedo dirigido a las propias entrañas del discurso y oculto
tras la estratagema de cine de género duplica su valor en esas
relecturas formales. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que
esas posibilidades también son finitas, como lo es su capacidad
de innovación y sorpresa tras la breve pero suficiente lista de
antecedentes.
De
entrada, que una película así dé mucho más que hablar acerca
de lo que hace –el marketing viral– que de lo que es
–la pantalla– especifica el escaso fundamento cinematográfico
sobre el que se sostiene. A modo de documento hallado en una
cámara en Central Park, la historia –o la perspectiva de la
historia, pues se abre un inagotable abanico de secuelas en
virtud de cada ciudadano armado con cámara doméstica– narra
las vicisitudes de unos amigos a los que el ataque misterioso
les sorprende en plena fiesta de despedida. Los primeros
quince minutos se aquejan de un tedio lento y superfluo, al
estilo de los vídeos que cualquier amigo plasta distribuye
entre sus pacientes espectadores. Las relaciones amorosas que
intentan enlazarse con juegos de zooms pierden todo su
interés en cuanto estalla la acción y la banalidad de las
vidas de unos jóvenes corrientes se contrapone a la inminencia
de la destrucción masiva. La restante hora y cuarto es una
trepidante huida cuyo entretenimiento fluctúa a la par que la
empatía por los portadores de la cámara –los vanos atisbos
humorísticos en el metro–, meros peones de la nada y el humo.
Las herramientas con las que el equipo publicitario ha jugado en
la promoción –muy similares a las que en su día emplease “El
proyecto de la bruja de Blair” (1999)– no se corresponden con la
ausencia de sutileza, imaginación y capacidad sugestiva del
producto final, cuya "monstruosa" sorpresa no es tal
–impactar en este aspecto se
hace cada vez más complicado– y cuyos procedimientos no distan
mucho de una versión listilla de la tradición de serie B y Z,
incluso de recientes cintas como "The
host" (2006). Si la
propia película se abstiene de responder a sus enigmas –¿de
dónde procede la criatura? Muy improbable que del mar, más aún
del espacio exterior–, entonces la explicitud de sus recursos la
rebajan a un simple artefacto que satisfaga un interés
superficial, aquél que persigue el diseño definitivo del
monstruo entre las nubes de polvo y alambre. En realidad,
elucubrar acerca del misterio no conduce a ninguna parte: podría
ser un visitante procedente de una brecha en el espacio-tiempo,
un arma de destrucción masiva de algún país enemigo, Gregorio
Samsa, que se levantó en forma de bicho gigantesco y resentido
contra el mundo, una farsa televisiva generando otra farsa
mayor, el espectáculo vengándose de la sociedad espectacular.
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Más interesante es el título
original, “Cloverfield”, término con el que se conoce en jerga
policíaca a los sucesos del film, y que parece referirse a la
versión oficial: una criatura evolucionada que viene a trastocar
la marcha de la Tierra, como le sucediese al ecosistema
cretácico –recordemos que uno de los títulos de rodaje era “El
parásito”–. Este bebé monstruo –sí, según los responsables ¡es
un bebé!– supone el nacimiento de una nueva especie y
dominancia, el regreso a la prehistoria donde reinaban el
gigantismo y el caos. Rasgos que servirían para definir nuestra
propia actualidad, gobernada por amenazas y conflictos que
escapan al control del hombre corriente –la película no muestra
reacciones políticas–, convertido en pasto de alimento –el campo
de tréboles del título– para un nuevo ganado. Es ese terror más
primigenio, el de la mortalidad y pequeñez del ser humano, el
que funciona mejor, a nivel latente de sus llamativas imágenes.
Estampas a veces poco creíbles –la cabeza de la Estatua de la
Libertad impactando en una calle sin tantos daños materiales
como habrían de suponerse–, la mayoría representativas de esa
contradicción entre cinta de género y documento reflexivo.
La novedad de “Monstruoso” es
que no todo el material que presenta es útil –se insertan trozos
de una grabación previa y que sirven para una moraleja final un
tanto maniquea–, pero plantea la duda de
siempre: ¿es el cine, medio convencional, lo más adecuado para
mostrar este lenguaje rupturista? La contaminación de códigos
narrativos viola, además, algunos presupuestos: si la imagen no
es perfecta, el sonido tampoco debería serlo –y éste es uno de
los apartados más notables del filme–,
y se fuerza hasta el extremo la grabación continua de los
hechos. En el caso de
"[Rec]",
este problema se solventaba con la presencia periodística y la
crítica hacia ese afán de sobreinformación, pero ¿aguantaría
alguien corriente la presión y el espanto? Es más, ¿sobreviviría
la cámara doméstica a las multitudes, golpes, caídas, pedradas,
accidentes de helicóptero y explosiones? A pesar de las
reservas, la recurrencia a esta clase de imágenes se vuelve
fundamental para revestir de credibilidad a Godzilla, para que
el público sienta el miedo perdido por el coco y asocie imágenes
en directo y primera persona con una visión veraz de los hechos.
La misma estrategia que cualquier informativo, por lo que aún no
está claro si experimentos como estos sirven para corroborar la
tendencia o ayudar a destruirla.
A medida que avanza el
metraje, el escenario se oscurece y se sumerge en la tierra, una
huida inútil en círculos y que concluye en el corazón mismo de
la catástrofe –Central Park–, esa Nueva York que es al mismo
tiempo icono del inestable mundo moderno y espacio de catarsis
para el sentimiento de culpabilidad y victimismo estadounidense.
Obviamente, los ciudadanos de a pie no pueden ni quieren
comprender al monstruo, lo cual demuestra el penúltimo silencio,
de un estatismo incómodo que revela la consecutiva marcha del
mundo, estemos nosotros en él o no. “Monstruoso”
tiene piel de discurso lúcido y esqueleto de blockbuster
con sangre verde dólar,
de modo que su insipidez argumental y a ratos formal sólo halla
explicación en la última metáfora: la película acaba cuando la
cámara termina de grabar, la información y el interés concluyen
cuando ya no hay imágenes que mostrar. Si no somos visibles, no
existimos, y esa escalofriante máxima la corroboran los
protagonistas declarándose hacia la cámara, cercanos sus últimos
momentos, y que con su simple gesto dan preeminencia al
documento imperecedero sobre sus emociones humanas. La vida
sacrificada por una hiperrealidad donde el hombre ya sólo ocupa
un papel de extra secundario.
Calificación:
    
Imágenes
de "Monstruoso" - Copyright © 2008
Paramount Pictures y Bad Robot. Fotos por Sam Emerson. Distribuida en España por
Universal Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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