CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Soledad y
amargura en el alma
El director de
“Magnolia” baja a los pozos petrolíferos de la California de
comienzos del siglo pasado para sacar a la superficie una
película densa, oscura y sucia, como el “oro negro” que su
protagonista busca y que acaba por sepultarle en la mayor de las
soledades y amarguras. Cine con sello de autor, construido a
partir de la novela “Petróleo” de Upton
Sinclair, para
contarnos una historia de odio y codicia, de venganza y
humillación, de obsesiones y falsedades de dos hombres sin
principios ni escrúpulos que construyen una torre o un pozo en
torno a sí mismos y a sus intereses.
Durante más de dos horas y media, asistimos a los comienzos de
la industria del crudo, con las primeras perforaciones,
explotaciones y conducción por oleoductos en unas tierras de
supervivencia, y también a la mentira, mezquindad y corrupción
que acompañan a un capitalismo feroz y una ambición desmedida.
Es la historia de Daniel Plainview, un minero duro y terco
reconvertido en empresario del petróleo gracias a una
información confidencial, pero que se irá hundiendo es la
oscuridad de un odio y soledad que busca paliar con el dinero
y el alcohol. Y es también la historia de Paul/Eli, un
visionario-impostor que se aprovecha de la buena fe de su
feligresía de la iglesia de la Tercera Revelación para obtener
sus propias ganancias. Vidas paralelas en su amargura y
falsedad, cuyo primer encuentro es un pulso de inteligencia
para ganar la partida “empresarial” al otro, y los siguientes
supondrán una escalada de humillación, venganza y violencia,
entre la fatua representación de una “empresa familiar” o de
unas creencias..., porque en el fondo los dos únicamente
tienen fe en el dinero y en sí mismos.
El
panorama que Paul Thomas Anderson
nos presenta es ciertamente desolador, pesimista e infernal,
como la fotografía que le permite recrear ambientes turbios y de
desconfianza, de intenciones torcidas y engañosas, con fuertes
contrastes y espacios angustiosos en la mina o en la oscuridad
de la cabaña. Luces duras para dos individuos pétreos y sin
raíces familiares, que no generan ninguna simpatía y que parecen
destinados a un duelo de autodestrucción. El personaje de Daniel
está dibujado con enorme fuerza y dramatismo, su interior
alcanza una profundidad casi abisal en su negrura, que aumenta
conforme se va conociendo su historia y sus anhelos, para
terminar siendo un retrato sobre la desmitificación del sueño
americano y del hombre que se hizo a sí mismo desde la nada
—está de moda—, y sobre un capitalismo que engendra y destruye
hombres de dudosa moral. En la misma línea demoledora de los
cimientos de dicha sociedad, se ofrece la figura del falso
profeta que vende esperanzas al pueblo crédulo, con auténticos
espectáculos de exorcismos, curaciones o bautizos —ridículas
escenas con un punto de exageración—que esconden intenciones
rastreras en beneficio propio.
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Diálogos parcos y directos para unas aparentes verdades que
salen de la boca de Daniel, y largos discursos envolventes y
escenificaciones patéticas de Eli: dos tácticas que dejan ver
sus cartas cuando se encuentran y chocan, cuando se humillan y
se retan en combate, cuando Daniel Day-Lewis
extrae toda la fuerza de su personaje con una mirada profunda y
lúgubre con la que despreciar al resto de los hombres, con unos
andares torpes y siniestros. Más cuestionable es la
interpretación de Paul Dano,
que bordea el estereotipo caricaturesco y cae en lo histriónico
al ridiculizar al complejo —¿y esquizofrénico?— personaje de
Paul/Eli. Y más que solvente resulta el niño
Dillon Freasier como
H.W., personaje con el que se apuntala una historia que
necesitaba una estocada final. Hablando de desenlaces, aquí no
hay una lluvia de ranas como en “Magnolia”, pero la firma del
director está presente en su carácter ineludiblemente
apocalíptico, llevando la maldad de sus personajes a un punto
final sin retorno, cuando la perforación en el pozo de la maldad
ha llegado a término y todo el fluido negro del odio ha saltado
por los aires.
Anderson nos ofrece una especie de anti-western de gran
fuerza visual y cuidada planificación, y una música de cámara
con acordes de cello tan presente en su deseo de marcar la
gravedad de la historia que por momentos aparece excesivamente
subrayada y externa a la acción, procurando incidir
artificiosamente en el ánimo del espectador. Narrativamente, la
primera parte avanza con ritmo medido y resulta precisa y
equilibrada, con unos primeros minutos impecables en el uso de
la imagen y el sonido para generar la angustia y dureza de las
primeras perforaciones; en cambio, la parte final sufre algunos
saltos y descompensaciones, seguramente debido a los cortes de
montaje tras su primer y desmedido metraje.
Una buena película con una espléndida y
metafórica fotografía y una gran interpretación de Daniel
Day-Lewis. Pero también con algún exceso y pérdida de mesura
—en la caricatura del predicador, en su enfática música, en su
duración—, y con aires un poco pretenciosos y solemnes en su
afán crítico y desmitificador. Una visión triste y negra de un
par de antihéroes trágicos que se devoraron a sí mismos y a
quienes se cruzaban en su camino —aunque fueran hijos, padres o
hermanos, en el fondo todos “competidores”—, que profundizaron
un poco más en su soledad y amargura a medida que el petróleo
brotaba y manchaba sus tierras, que vendían su alma al
capitalismo.
Calificación:
    
Imágenes
de "There will be blood (Pozos de ambición)" - Copyright © 2007
Paramount Vantage, Miramax Films y Joanne Sellar/Ghoulardi Film
Company. Fotos por Melinda Sue Gordon. Distribuida en España por
Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
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