CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Un plano estático del
yermo paisaje de California, atravesado por una vía de tren, se
transforma en un travelling horizontal a la vieja usanza
mientras capta el traqueteo de un coche primitivo. Los viejos
medios se abandonan por los nuevos, aunque las velocidades
parezcan empeorar y el hombre se aferre a dependencias opuestas
a la continua búsqueda de libertad y movimiento. Mediante esta
sencilla composición, Paul Thomas Anderson
resume el manifiesto
de su ambicioso proyecto: el de emplear el clasicismo como
adorno de una obra más compleja y preocupada por encontrar una
nueva expresividad que ya no halla sentido en el pasado, pero
tampoco en determinadas corrientes ampulosas que nos rodean y
ofrecen tradición revestida de enormes presupuestos. La
importancia de “There will be blood (Pozos de ambición)”, al
margen de los obvios
premios del momento,
la fijará el tiempo.
La
forma de interrumpir el relato convencional supone para el
director un continuo reto de desafío, perplejidad,
extrañamiento, burla y silencio: el incómodo mutis de un autor
que no va a poner las cosas fáciles al espectador o de unos
personajes desprovistos del arco evolutivo que los conduzca a
su comprensión como figuras ficticias. Las enormes
proporciones vitales que desprende la película en conjunto se
oponen a la actitud de farsa que introduce Anderson con
sutileza y bronca despedida. Del tono de aventuras al drama
familiar nada se completa y el ritmo inconcluso lo marca una
banda sonora inquietante, terrible para una escucha en
separado, perfecta para desdoblar imágenes hermosas en
vomitivos retratos de la desnudez emocional y narrativa
–incluso con aspectos kubrickianos: las amenazadoras
colinas del comienzo envueltas por unas notas dolorosas y
lineales–. La escasa implicación sentimental que se puede
haber obtenido durante las dos primeras partes la arrebata un
final torturado, que desea pisotear expectativas, formas de
ver, maneras de considerar a los personajes, y a éstos mismos.
No hay que pasar por alto el detalle de que esta última escena
se desarrolle en una sala de juegos.
Distrayendo la forma del objetivo, Anderson se ríe de la
superproducción que en la superficie encarna su cinta,
resquebrajada al mismo paso imparable y decidido de los
acontecimientos. En su mezcla de narración originaria, ensayo
sociocultural, cuestionamiento ideológico y galería artística
reside la virtud de una representación abstracta y ambigua,
cuyas líneas maestras se bifurcan en lecturas enriquecedoras,
fascinantes en su parcialidad. La desmitificación de los
orígenes estadounidenses late en una época de posguerra y
colonos, ciudadanos que aman la tierra porque bajo ella fluye la
sangre negra de un futuro con olor a dólar. La profecía del
título original podría referirse al interior de la historia o a
nuestro presente, vistas las consecuencias de contaminar aún más
campos muertos y construir pozos que saquen lo peor del hombre,
amplios lagos artificiales de petróleo que reflejan las nubes
como una falsa promesa de la llegada del paraíso a la tierra.
Daniel Plainview (totalizador Daniel Day-Lewis)
es el único que conoce la esencia petrolífera, el único que
pretende extraer oro negro porque engendrará más riqueza
personal, sin bonitas razones de prosperidad. Un James Dean sin
Elizabeth Taylor. Pragmático –llama a su hijo mediante
iniciales–, elusivo y a la par poderosamente franco, el
protagonista destroza los esquemas del héroe e incluso el
anti-héroe típicos, y las solas verdades de toda la película son
las que murmura para sí, ininteligibles a nuestros oídos. La
maldad de Anderson alcanza cotas asombrosas al impedir la
comunicación directa –el niño sordo y la última conversación
padre-hijo mediada por un extraño, infelicidad opuesta al mágico
final de
"Punch-drunk love (Embriagado de
amor)"
(2002)–, aunque sepamos que, tras las discusiones mantenidas con
todos los que intentan enseñarle cómo vivir, Daniel es un hombre
débil y frágil.
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Capitalistas e idealistas
mienten, y sus representantes parecen dibujados por Frank Norris
incluso en el alcance de los años veinte, despojados hasta del
sucio esplendor de un Scott Fitzgerald. Se ha invocado el cine
de Erich von Stroheim al analizar “There will be blood (Pozos de
ambición)”, y la evidente conexión de parajes calurosos, como si
el viento enajenante hubiese arrancado todo de cuajo, también la
razón de las personas, permite al director rememorar recursos
del cine mudo –el trabajo de Daniel en un pozo solitario, la
inexpresividad de los extras– para marcar el inicio de un repaso
historiográfico cargado de odio y admiración. La trampa clásica
ya no merece importancia y es inútil entender lo incomprensible
mediante el recurso que antes lo aclaraba todo: el flashback
–Daniel jugando con los niños– separa la seriedad del siguiente
tono teatral, satírico y patético. Se trata de un retazo de la
memoria del protagonista que no tiene nada que ver con su pasado
ni su futuro, tal vez una pesadilla de un loco encerrado en su
caserón, frío ante las añoranzas y los rencores. Final
impactante que se escapa un poco de las manos de Anderson –«no
te rías», debe decir el protagonista cuando hasta ahora no
ordenaba, sino que actuaba o conducía hábilmente en parcas
palabras–, exagerado Daniel –el personaje, no Day-Lewis, pues
conocidos son sus papeles más bien sobrios en otros
largometrajes y los justificados accesos de soberbia en papeles
al límite–, alegoría verbal y visual que escupe en todas las
expectativas creadas a la vez que la actitud teatral confirma la
farsa de farsas, quizá también la del director al tomarse en
serio el resto del metraje –no por casualidad los créditos de
cierre recuperan como un golpe helado el anacronismo de la
tipografía y una pieza musical alejada de la tensión de los
acordes de Jonny Greenwood–.
Imposible confiar en nadie,
la dimensión cinematográfica de la vida desaparece para
dinamitar todos los ríos ocultos de las superproducciones
bigger than life hollywoodienses. Como era de esperar, bajo
las falsas esperanzas y las hermosas historias que nos vendieron
no había nada; mujeres borrosas, hombres despiadados y saltos
temporales bruscos: de la pluma a la estilográfica, de la
soledad absoluta a la radio de fondo. Siempre aislada de
contexto, la puesta en escena parece un devenir ajeno a los
personajes, desnuda como sus almas, sus engañosas iglesias y sus
implicaciones con el desarrollo del país y la comunidad, lo
falso del viejo cartón-piedra presente en la impersonalidad de
las perfectas recreaciones actuales. No llega a cuajar la
metáfora de la sordera padre-hijo y la inevitable herencia del
destino común, representada en esas interrupciones del sonido
aleatorias y pronto abandonadas, pero la tragedia añade entidad
al empaque bíblico del relato, curiosamente en un plantel ateo
que da voz a un dios que odia y ansía tanto como ellos.
No cabría hablar de belleza
ni sublimación, acaso alcanzadas mediante el desapego, la
repugnancia y el obstáculo continuo para quien observa y para
una narrativa que no desea idealizar el oficio cinematográfico
ni la liturgia de las historias visuales, pero que termina
siendo bella, sublime y honrosa para el imaginario fílmico.
Logro que no tendría sentido sin las raíces de fangosa suciedad,
nihilismo y carácter amoral sobre las que el fuego de Anderson
ilumina la vasta oscuridad que no queríamos conocer. Los bajos
fondos del cine y del evolucionismo humano tienen una imperfecta
–como no había de ser de otro modo– reflexión en “There will be
blood (Pozos de ambición)”, tan aparatosa,
grandilocuente y turbia como las otras cuatro maravillas de Paul
Thomas Anderson. Un
joven cineasta que se ha atrevido a bautizarse con el sacramento
del petróleo, como el bebé del principio, falsa inocencia de un
discurso molesto, moderno, sucio, tocado por la loca verborrea
de los sabios.
Calificación:
    
Imágenes
de "There will be blood (Pozos de ambición)" - Copyright © 2007
Paramount Vantage, Miramax Films y Joanne Sellar/Ghoulardi Film
Company. Fotos por Melinda Sue Gordon. Distribuida en España por
Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
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