CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Paul Thomas Anderson
está llevando un camino que, si
no sufre algún sorprendente y preocupante torcimiento, le tiene
reservado un lugar entre los grandes. Su filmografía es escasa,
pero ya abarca una apabullante osadía que le ha hecho salir
triunfante de retos que habrían llevado directamente al fango a
muchos (¿alguien ha mencionado la lluvia de ranas de
“Magnolia”?). Y quizá no sea menor el riesgo de encarar una
película como ésta, que comparte con sus títulos anteriores
únicamente el arrojo, el atreverse con un desafío en apariencia
imposible; porque, en todo lo demás, se nos despliega un Paul
Thomas Anderson aparentemente nuevo que, aunque parezca una
paradoja, no deja sin embargo de ser el que era.
Una cinta más a sumar a un
género bien nutrido en el cine, el de la biografía
antihagiográfica, la que nos cuenta que también los ricos
lloran, y que las historias ejemplares que aparentemente
encarnan el éxito pueden tener sus raíces hundidas en la
podredumbre que, inevitablemente, termina ascendiendo por el
tronco hasta acabar con todo el árbol. Se ha citado como
referencia de esta película “Ciudadano Kane”, pero lo cierto es
que, en los últimos años, hemos tenido un buen puñado de relatos
de este tipo, con la firma de directores como Martin Scorsese ("El aviador") o
George Clooney ("Confesiones de una mente peligrosa"); y, lo
que es más importante, con la impresión de que pesa más la
fascinación por el personaje que una supuesta reprobación moral
de sus acciones. Al fin y al cabo, lo que vienen a decirnos es
que vivimos tiempos difíciles, confusos, contradictorios, en los
que la vieja pregunta sobre perder el alma a cambio de ganar el
mundo ha pasado a tener una respuesta poco clara.
Y es que este Daniel Plainview,
tan prodigiosamente encarnado por ese monstruo de la
interpretación que es Daniel Day-Lewis
(un tipo hecho de la pasta de los grandes, ésa que no es ajena a
lo excelso ni a lo excesivo), aparece retratado como una
secreción lógica del mismo terreno en el que amasa su imponente
riqueza: una tierra dura, inhóspita, incapaz de producir nada
que sirva para alimentar a nadie, y que únicamente prospera
cuando el líquido maloliente y viscoso irrumpe como un maná que
atraerá a los ambiciosos, a los que, tras promesas de
prosperidad económica o espiritual para todos (Paul
Dano hace una
estupenda composición como el predicador álter ego, y a la vez
enemigo, del protagonista), sólo buscan su triunfo personal, al
precio que sea.
Con un aire de historia bíblica
que lo impregna todo, incluida la turbia relación entre padre e
hijo (¡qué puñado de buenas interpretaciones infantiles nos
regalan las
películas nominadas al Oscar®
de este año!),
Paul Thomas Anderson ha construido una película hipnótica,
detallista, sin concesiones a la comercialidad, que es un
descenso a los infiernos de un alma condenada con cada decisión
y que, además, ni se arrepiente ni busca otra cosa, en lo que es
uno de los finales más perturbadores que nos ha sido dado ver en
las últimas temporadas. El único pero que aleja a esta cinta de
la perfección quizá sea que, precisamente en ese tramo final, la
tendencia al histrionismo de que a veces hace gala Day-Lewis
aparezca más de lo necesario, cuando a lo largo del resto del
metraje el director había sabido llevar las riendas con firmeza.
Pero es un pero muy pequeño, que desde luego no empaña el
resultado final: el de encontrarnos ante una obra
extraordinaria, un nuevo triunfo de un director del que resulta
totalmente imposible imaginarse siquiera por dónde nos saldrá en
su próxima entrega.
Calificación:
    
Imágenes
de "There will be blood (Pozos de ambición)" - Copyright © 2007
Paramount Vantage, Miramax Films y Joanne Sellar/Ghoulardi Film
Company. Fotos por Melinda Sue Gordon. Distribuida en España por
Buena Vista International. Todos los derechos
reservados.
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