CRÍTICA
por
José Arce
«Ame el cine, ¡rebobine!». Quien haya vivido la era de esplendor
—por otra parte, no tan extensa como puede parecer echando la
vista atrás— del formato videocassette, recordará con
cariño esta máxima, impresa en infinidad de cintas para instar a
los usuarios a devolver las películas en el mismo estado
impoluto en el que se las llevaban a casa, a fin de que los
temibles cabezales, diferentes en cada reproductor, no
estropearan la preciosa cinta, material condenado al deterioro y
la destrucción con el paso del tiempo. Aquella frase, hoy
olvidada, puede ser el mejor equivalente al título original de
lo nuevo de Michel Gondry,
“Be kind, rewind”, traducido en nuestro país como “Rebobine, por
favor”, todo un canto a un pasado analógico y pretérito que se
convierte en salutación casi surrealista a un futuro ineludible.
El señor Fletcher (Danny Glover)
es el orgulloso dueño de uno de los pocos videoclubes de VHS que
quedan en una ciudad asediada por el acoso de las grandes
superficies rendidas a las virtudes de un nuevo mundo digital
presidido por el DVD. Cuando se ausenta unos días por motivos
personales, deja el negocio en manos de Mike (Mos
Def), joven del que se
ha hecho cargo desde que era un niño, casi un hijo para él. Todo
va bien hasta que el mejor amigo del muchacho, Jerry (Jack
Black) queda
magnetizado al intentar sabotear una central eléctrica que,
según él, le está derritiendo el cerebro; sin quererlo, borra
todas las cintas del local. La solución de la pareja es tan
peculiar como descacharrante: elaborar remakes caseros
—«asuecados», afirman, un término que entroncaría de manera
natural con aquello que se dio en llamar landismo— con la
esperanza de que los clientes no se percaten del cambio. Lo que
no se puede reprochar a Gondry, necesaria figura en el panorama
cinematográfico actual, es que le falte imaginación.
Evidentemente, estamos ante un film que se disfrutará mucho más
por parte de aquellos que hayan crecido con los títulos que se
homenajean mediante los inocentes plagios de la pareja
protagonista, pero el planteamiento del
realizador, a caballo entre el absurdo y la pantomima
irreverente, regala un aluvión visual tan poderoso como
irresistible, que hace
las delicias de una platea entregada a descubrir cuál será la
siguiente ocurrencia de estos imposibles Ed Wood forzosos del
siglo XXI. La recreación de las escenas más emblemáticas de
clásicos pasados y modernos es tan hilarante como
pretendidamente modesta, máxime cuando entra en juego la
participación de un vecindario fascinado con las revisitaciones
que los dependientes realizan en las calles de un suburbio
amenazado —¿condenado?— a una "evolución" forzosa que
simbolizaría, si no fuese tan evidente, los cambios imparables
del mundo en que todos vivimos. La principal traba que encuentra
“Rebobine, por favor” es la incontrolable tendencia al exceso
por parte del director, una vorágine colorista que no da un
respiro al espectador, en más de una ocasión incapaz de asimilar
todo lo que propone la pantalla, inagotable catálogo de imágenes
reconocibles que viven en el subconsciente colectivo filtradas
por el sincero ojo de alguien que, después de un buen puñado de
largometrajes tras las cámaras, adolece aún en determinadas
ocasiones de no diferenciar del todo el ritmo, obligadamente más
pausado, que ha de imprimir a un metraje de casi dos horas
frente a un spot o un videoclip musical —donde es maestro
absoluto—.
Aun así, y pasando por encima que resulta un tanto complicado
implicarse en la narración inicial, un tanto atropellada
nuevamente por las ansias de contarnos demasiado en poco tiempo,
Gondry cuenta con la sabiduría suficiente como para dar rienda
suelta interpretativamente a un Jack Black
soberbio, capaz de echarse encima esta historia con un trabajo
histriónico y esquizofrénico, que encuentra un freno equilibrado
en un Mos Def que sigue evolucionando como actor,
demostrando encontrarse cómodo en papeles que le descubren
encantador y comedido, si no un tanto retardado —ya lo
comprobamos en las "16 calles"
de Richard Donner, no dejándose comer por Bruce Willis—, y en un
Danny Glover que sigue goteando destellos en una madurez
profesional tranquila y coherentemente activa. Se agradece
también la participación de Mia Farrow,
entrañable y aniñada, que contribuye en buena medida a que la
romántica inocencia subyacente de esta historia de mansa
rebeldía —no cambiarán las cosas, eso es evidente desde un
principio— funcione de principio a fin como lo que es: una
invitación a soñar y una llamada a la convivencia. Y la esencia
de este proyecto se plasma, de manera sencillamente genial, en
esa mágica proyección final que encumbra a Gondry como un
auténtico autor que domina a la perfección el medio, exhibiendo
una envidiable capacidad para aunar la vanguardia más radical
con el lirismo más conmovedor.
Calificación:
    
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