CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
En los tiempos del retoque digital, Michel
Gondry recupera la
textura del cartón y el trapo, y a esa primera afrenta al
supuesto buen gusto se suma una mirada cómplice, que no
nostálgica, al ya cromagnon VHS, demostrando la futilidad
del soporte —vídeo de cabezales, DVD, YouTube— frente a la
riqueza de las ideas y el papel vital que el cine puede ocupar
en la vida de uno.
Mike (Mos
Def) se queda a cargo
del videoclub del señor Fletcher (Danny Glover),
bajo la firme promesa de impedir la entrada a Jerry (Jack
Black), un tipo
estrafalario y tierno que vive en un desguace y está obsesionado
con las teorías conspiratorias. Cuando sus planes por derrotar a
los "poderes públicos" asaltando la central eléctrica le
produzcan una descarga voltaica casi mortal, Jerry habrá
adquirido su propio poder: la magnetización que borra todas las
cintas de las estanterías de Mike. A partir de ese momento,
Gondry aprovecha el vacío argumental de los vídeos para dar
rienda suelta a su vena creativa, a una reescritura que se aleja
de la profundidad sentimental de "¡Olvídate de mí!"
(2004) o "La ciencia del sueño"
(2006), y apuesta por una fórmula más pandillera y familiar. Lo
cual no significa un aparcamiento indefinido de lo reflexivo:
pocas películas recientes han ofrecido una definición más
precisa de lo que es el cine sin perder el humor o abandonarse a
teorías canónicas despersonalizadas.
La traducción española
pierde de nuevo los juegos de palabras que otorgan sentido a la
película: rewind —rebobinar— con un giro de letra se
transforma en remind —recordar—, de tal modo que el acto
físico de rebobinar una cinta remite a la necesidad de recordar,
tanto viejos filmes como el pasado de los personajes, el cual
reescriben en el rodaje final sobre el ficticio músico de
jazz Fats Waler. El derecho que los protagonistas alegan
frente a una estricta abogada defensora del copyright de
los estudios, es el mismo que el que disfruta el propio
espectador: el derecho a ver, interpretar y vivir las películas
de la manera en que se antoje. Una suerte de apología de la
cultura des-comercializada, táctil y maleable, libre de las
imposiciones elitistas. Pero, ante todo, el cine como medio de
expresión individual que aúna colectivos, que devuelve
esperanzas en momentos de crisis y aísla del mundo por unos
preciosos instantes. Por eso, en el estreno casero de la cinta
sobre el jazzman "local", ficción sobre ficción, la
realidad ya no importa, el conflicto se olvida frente a las
emociones, y la cámara se centra en los rostros de los
asistentes —sin rozar la gazmoñería de un “Cinema Paradiso”
(1988)— en un cierre-homenaje certero y, vale, un poco
capriano, pero eficaz al fin y al cabo.
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Que no se confunda el clímax
con el tono: Jack Black y Mos Def hacen de las suyas y lideran
un ritmo algo flojo en un principio, hasta que la comedia de
perdedores da paso al exploitation que devuelve el guante
a los potajes genre-movie —"Scary movie",
"Date movie"…
—. Sus versiones alternativas de los películas, bautizadas como
sweding —traducible por "asuecadas"—, se diferencian del
fenómeno imperecedero de la parodia en que no existe tal
actitud, sino un cariño infinito y un respeto reverencial por el
enorme esfuerzo que supone ingeniar una producción
cinematográfica. Algunos trucos que emplean para la
configuración de los planos y los efectos especiales, aunque
chistosos en sí mismos, poseen una inspiración visual
refrescante, en la línea estética del director; un apoyo al
self-made aniquilado por los manuales de soluciones típicas
en las producciones comerciales más anodinas y en el cine
independiente intelectualoide, etiqueta que a veces se ha
asociado sin sentido a Gondry —no faltan las bromas dirigidas al
sector, como la comparativa entre "El rey león" y Shakespeare—.
Mike y Jerry, a quienes después
se acopla una joven que trabaja en la tintorería, Alma (Melonie
Diaz) —con un par de
apuntes amorosos que no interesan para la trama—, filman con la
seriedad y pasión del aficionado que, al mismo tiempo, sabe que
su producto se dirige a un cliente que no aceptará gato por
liebre. Esta declaración de intenciones se agradece en un
panorama tendente a obviar la inteligencia y los gustos del
espectador, aunque quizá para disfrutar plenamente de “Rebobine,
por favor” sea imprescindible conocer las películas que se
aluden en pantalla. El primer rodaje, sobre "Los Cazafantasmas"
(1984), se muestra al completo sin escatimar en hilaridad, para
así ahorrar tiempo con los restantes sweding, abreviados
—"Hora punta 2"
(2001)— o recogidos en una misma secuencia, donde molesta un
tanto la lista de títulos que van enumerándose en un lateral
—"Cuando éramos reyes" (1996), "2001: Una odisea del espacio"
(1968) o "King Kong" (1933), aunque no se aproveche para ningún
gag la circunstancia de que Jack Black participase en su
remake de 2005–. El cumplido va más lejos en cuanto al
reparto de actores secundarios, viejas glorias con las que
Gondry juega, sentando a Mia Farrow
y a Danny Glover como los protagonistas de “Paseando a Miss
Daisy” (1989) o a Sigourney Weaver
como la abogada que corta el rollo —nunca mejor dicho, además de
por aparecer en la saga de "Los Cazafantasmas", la primera cinta
del delito—.
El equilibrio logrado entre el
tono y el propósito fundamenta una película que está hablando de
sí misma y de todas las demás sin enredar los pies en la
complejidad alegórica. Con la mayor sencillez estilística —a
pesar de la apertura abismal de ventanas de representación,
desde la sábana blanca a modo de pantalla gigante hasta la
minúscula cuadratura de Internet—, Gondry ha construido su
propuesta más cinematográfica, un coherente cambio de registro
que no ha perdido el interés por lo pintoresco y el detalle.
Pues, aunque las bufonadas que aglutina pasen de moda, no se
desvanecerá la ilusión, por fuerza de notas infantiles, de
participar en una historia, desde dentro o fuera, con
herramientas artesanas o desde un pequeño ordenador.
Calificación:
    
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