CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
Una declaración previa: Michel Gondry
ama el cine. Pero lo ama no desde una postura más o menos
intelectual, sino con el amor de un espectador criado entre
imágenes, que ha bebido imágenes, que las ha metabolizado y
convertido en parte de su propia experiencia. Y el fruto de este
amor es una cinta como “Rebobine, por favor”, excesiva,
irregular, con un pie en la excentricidad y otro en la comedia,
pero a la vez llena con algunos de los instantes más divertidos
y reconocibles por todos los que han hecho del séptimo arte una
extensión más de su propia percepción de la vida.
El film, desde este
punto de vista, se convierte en la reivindicación de algo que
debería ser muy simple y comúnmente aceptado: que una vez que un
título tiene éxito y se convierte en señal de identificación
generacional (en este caso, la quinta que se asomó a la gran
pantalla en los curiosos y divertidos años ochenta, única década
en la que títulos tan disparatados sobre el papel como “Los
Cazafantasmas” podían ver la luz, y para colmo ser un éxito),
habita en el recuerdo de quienes lo vieron hasta que éstos lo
interiorizan y lo hacen propio. ¿O es que no hemos vivido todos
la experiencia de volver a ver décadas después una película que
nos marcó en el pasado, sólo para descubrir que ya no se parece
a lo que nosotros creíamos que era?
No es un mensaje cómodo
en esta época en la que tienden a crecer como champiñones los
profetas que pretenden decir lo que está bien y lo que está mal,
en la que las teorías que buscan alejar al cine de su origen
como puro entretenimiento para revestirlo con una fina capa
intelectual, en realidad ocultan un intento de crear un espacio
elitista que lo aleje de quienes, desde el principio, han sido
sus principales destinatarios. Y así, los gozosos y cutres
remakes, puestos en pie por el disparatado trío
protagonista, no son más que la celebración última de un gozo:
el de disfrutar del cine. Y no parece casual que la mayoría de
esos títulos hagan referencia a unos años en los que el director
era adolescente o veinteañero, no por casualidad una etapa en la
que el acceso a la imagen es más desprejuiciado, en la que el
cinéfilo en ciernes absorbe como una esponja todo lo que cae
ante él, y en la que aún no han aparecido las escalas de
valores, impuestas bien por uno mismo o por presiones
exteriores, que le obligan a descartar o a rechazar todo lo que
no parece identificarse con una presunta y necesaria formación.
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De hecho, lo único que cabe
lamentar de “Rebobine, por favor” es que tarde tanto en
comenzar, en levantar el telón del espectáculo de las versiones
"asuecadas" de tantos y tantos títulos, hasta desembocar en ese
final que se atreve a ir más allá, hacia el más puro cine
clásico que podría firmar todo un Frank Capra. Y así, la que en
ningún caso es una cinta perfecta, con los suficientes flancos
para que los guardianes de una supuesta “pureza” cinematográfica
la ataquen con fruición, termina convertida en una pura fiesta,
sin tesis (ni siquiera, como se ha dicho, como reivindicación
del prácticamente extinto VHS, justo cuando su sucesor DVD acaba
de encarar, por su parte, el camino de la extinción) ni lección
alguna: puro gozo, pura diversión, puro amor. Sólo tengan un
poco de paciencia y denle tiempo para alcanzar su corazón de
cinéfilo: si efectivamente lo tienen y oscilan entre la
treintena y la cuarentena, se sentirán reconfortados.
Calificación:
    
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Focus Features y Partizan Films. Distribuida en España por
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