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EXPEDIENTE ANWAR
(Rendition)


Dirección: Gavin Hood.
País:
USA.
Año: 2007.
Duración: 122 min.
Género: Drama, thriller.
Interpretación: Jake Gyllenhaal (Douglas Freeman), Reese Witherspoon (Isabella Fields El-Ibrahimi), Alan Arkin (senador Hawkins), Peter Sarsgaard (Alan Smith), Meryl Streep (Corrinne Whitman), Omar Metwally (Anwar El-Ibrahimi), Igal Naor (Abasi Fawal), Zineb Oukach (Fatima Fawal), Moa Khouas (Khalid El-Emin).
Guión: Kelley Sane.
Producción: Steve Golin y Marcus Viscidi.
Música: Paul Hepker y Mark Kilian.
Fotografía:
Dion Beebe.
Montaje: Megan Gill.
Diseño de producción: Barry Robison.
Vestuario: Michael Wilkinson.
Estreno en USA: 19 Octubre 2007.
Estreno en España: 18 Abril 2008.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  De un tiempo a esta parte, parece que el cine estadounidense de corte comprometido se hace eco de las denuncias sobre sus delitos y faltas antes de que otras cinematografías vengan a meter el dedo en la llaga. Y para darle más credibilidad al asunto, se llama a un director extranjero, pero curtido en universidades patrias —en este caso Gavin Hood, sudafricano autor de la oscarizada "Tsotsi" (2005)—, que concilie una supuesta mirada externa y objetiva con las condiciones de la industria para la que ha sido contratado. Frente al morbo disfrazado de justicia en "Camino a Guantánamo" (2006) y el folletín revestido de periodismo en "Un corazón invencible" (2007), “Expediente Anwar” se queda a medias, compartiendo las pocas virtudes y ocultando como puede las manías de una corriente post 11-S manierista y cobarde.

 

  Para la trama que nos ocupa, la seriedad del conjunto viene motivada por un hecho real: un ingeniero canadiense de nombre árabe que fue detenido en el JFK de Nueva York. Dicha ciudadanía se sustituye en el guión por la norteamericana a fin de facilitar la lectura ideológica de la película: Anwar El-Ibrahimi (Omar Metwally) sufre una "extraordinary rendition", especie de cláusula no escrita que permite a la CIA secuestrar a viajeros sospechosos de terrorismo sin que nadie se percate de ello. En ese limbo de ciudadanos invisibles, que han despegado de un país para no aterrizar nunca en el lugar de destino, el aparato estadounidense se sirve de la tortura y el interrogatorio para extraer las confesiones que desean oír. De este hecho puntual se desgajan varias subtramas secundarias que, al contrario de lo acostumbrado en esta clase de producciones, no sobrecargan el peso informativo ni se entrecruzan en caóticos montajes y secuencias paralelas que con el despiste del espectador esperan justificar una metáfora de lo intrincado del sistema. Nada de eso, por fortuna: todos los personajes sirven de catalizadores para una misma idea, que consiste en ese ciclo repetitivo de violencia donde la prevención llega demasiado tarde o es insuficiente para impedir nuevos estallidos terroristas.

  A pesar de tenerlo tan claro, el problema de la cinta es eso, el mensaje. La óptica realista y la estética árida, con toques azulones que reafirman los momentos de mayor tristeza, son herramientas hipócritas empleadas para lanzar conclusiones infantiles y curativas. Hasta que se vayan insinuando, el desarrollo se apoya en un suspense y un doblete temporal bastante eficaces, y ese juego de tiempos ofrece el mejor hallazgo en un clímax que plantea visualmente, sin necesidad de recurrir a los anodinos diálogos, el pesimismo por las irreconciliables maneras de entender la esperanza. La carrera de un padre, por un lado, y de su hija, por otro, desemboca en una misma escena, el atentado que detona el film y que se supone pieza simbólica de todo el conflicto planteado. Sin embargo, la imaginería utilizada por el director abusa de referencias reales y asociaciones baratas —vistas generales de aviones sobrevolando a baja altura una ciudad, incluso uno que atraviesa la silueta de un obelisco, a modo de rascacielos oriental—, además de una secuencia que compara la tortura norteamericana con los rezos suicidas de los terroristas, un intento por erradicar diferencias cuando en el fondo se están dejando en evidencia.

  La mala conciencia de los Estados Unidos en los métodos empleados en su lucha contra el terrorismo —la confianza en ellos la encarna el personaje de Meryl Streep, quien pronuncia la frase clave de la cinta: «Nosotros no torturamos, salvamos a 7.000 inocentes a cambio de uno»—, se traduce en una dialéctica entre esa mentalidad relativista, pendiente de tenerlo todo bajo control como si fuese garantía de resultados positivos, y quienes saben reconocer al instante el bien del mal. Esa categorización simplista la encarnan los personajes más estereotipados —el ayudante del senador, Peter Sarsgaard, y el agente oficial, Jake Gyllenhaal— y el consabido rol de la esposa de Anwar, Isabella (Reese Witherspoon), quien defiende la inocencia de su marido, embarazada y desatendida por el gobierno —imagen similar a la de Angelina Jolie en el citado título de Winterbottom—. En vez de centrarse en la cara fría de los acontecimientos, el guión incorpora matices de la vida privada de los personajes, haciéndolos más cercanos y reconocibles, aunque esa misma estrategia se acerque peligrosamente al telefilm. La acumulación de voces, espacios y tiempos también termina precipitando la película en lugar de hacerla más rica, de tal modo que se pasan por alto asuntos interesantes —el motivo de la apatía del personaje de Gyllenhaal finalmente parece síntoma de un esbozo apresurado—, mientras otros se esquematizan hasta el extremo —la relación amorosa entre la hija del interrogador y el terrorista suicida—.

  Un desperdicio que se podía haber subsanado con facilidad en dos horas de metraje y con un plantel de actores tan brillante y homogéneo —a los anteriores se suma Alan Arkin—, aunque ver a Witherspoon gritándole a la endiosada Streep bien valga un voto de confianza. Ninguno de ellos revela todo lo que parecen llevar consigo, y lo que en principio calificaría de contención deriva en un típico ejercicio de intenciones impostadas con la ya proverbial música étnica de fondo. Con tal de preservar un tanto de dignidad ante la denuncia, el contenido violento se reduce al mínimo, se muestra con repartos de cámara televisivos, vídeos domésticos que son el acceso de moda a los sucesos, o recreaciones que tienen más de cinematográfico que de verídico —el entrenamiento de los terroristas y las escenas de tortura—. A esto se suma que la ambigüedad moral del preso queda eliminada desde que se nos obliga a identificarnos con Isabella, que sólo duda durante un mínimo intervalo de la honestidad de su esposo, una estratagema que pide a gritos el final más blando imaginable.

  Una muestra más —y ya llevamos unas cuantas— de la monomanía alimentada desde 2001, reconvertida en relatos de consumo rápido que, más que denunciar la realidad como proclaman sus responsables, contribuyen a alejarla del espectador, a convertirla en materia de ficción con guiones superficiales incapaces de decidirse por el tono documental o la narración convencional. De esos dos extremos mal entendidos, “Expediente Anwar” cabalga a caballo entre el falso culpable hitchcockiano y el reporterismo de investigación, sin percatarse de que su envoltura y procedencia favorecían más lo primero, la inspiración en la realidad y no la imposible pretensión de morder la mano que alimenta. Eso, y no quedar a bien con todos, sí habría sido realista.

Calificación:


Imágenes de "Expediente Anwar" - Copyright © 2007 New Line Cinema, Level 1 Entertainment y Anonymous Content. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos reservados.

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