CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
De un tiempo a esta parte, parece que el cine estadounidense de
corte comprometido se hace eco de las denuncias sobre sus
delitos y faltas antes de que otras cinematografías vengan a
meter el dedo en la llaga. Y para darle más credibilidad al
asunto, se llama a un director extranjero, pero curtido en
universidades patrias —en este caso Gavin Hood,
sudafricano autor de la oscarizada "Tsotsi"
(2005)—, que concilie una supuesta mirada externa y objetiva con
las condiciones de la industria para la que ha sido contratado.
Frente al morbo disfrazado de justicia en "Camino a Guantánamo"
(2006) y el folletín revestido de periodismo en "Un corazón invencible"
(2007), “Expediente Anwar” se queda a medias, compartiendo las
pocas virtudes y ocultando como puede las manías de una
corriente post 11-S manierista y cobarde.
Para la trama que nos
ocupa, la seriedad del conjunto viene motivada por un hecho
real: un ingeniero canadiense de nombre árabe que fue detenido
en el JFK de Nueva York. Dicha ciudadanía se sustituye en el
guión por la norteamericana a fin de facilitar la lectura
ideológica de la película: Anwar El-Ibrahimi (Omar
Metwally) sufre una
"extraordinary rendition", especie de cláusula no escrita que
permite a la CIA secuestrar a viajeros sospechosos de terrorismo
sin que nadie se percate de ello. En ese limbo de ciudadanos
invisibles, que han despegado de un país para no aterrizar nunca
en el lugar de destino, el aparato estadounidense se sirve de la
tortura y el interrogatorio para extraer las confesiones que
desean oír. De este hecho puntual se desgajan varias subtramas
secundarias que, al contrario de lo acostumbrado en esta clase
de producciones, no sobrecargan el peso informativo ni se
entrecruzan en caóticos montajes y secuencias paralelas que con
el despiste del espectador esperan justificar una metáfora de lo
intrincado del sistema. Nada de eso, por fortuna: todos los
personajes sirven de catalizadores para una misma idea, que
consiste en ese ciclo repetitivo de violencia donde la
prevención llega demasiado tarde o es insuficiente para impedir
nuevos estallidos terroristas.
A pesar de tenerlo tan
claro, el problema de la cinta es eso, el mensaje.
La óptica realista y la estética árida, con toques
azulones que reafirman los momentos de mayor tristeza, son
herramientas hipócritas empleadas para lanzar conclusiones
infantiles y curativas.
Hasta que se vayan insinuando,
el desarrollo se apoya en un suspense y un doblete temporal
bastante eficaces, y ese juego de tiempos ofrece el mejor
hallazgo en un clímax que plantea visualmente, sin necesidad de
recurrir a los anodinos diálogos, el pesimismo por las
irreconciliables maneras de entender la esperanza. La carrera de
un padre, por un lado, y de su hija, por otro, desemboca en una
misma escena, el atentado que detona el film y que se supone
pieza simbólica de todo el conflicto planteado. Sin embargo, la
imaginería utilizada por el director abusa de referencias reales
y asociaciones baratas —vistas generales de aviones sobrevolando
a baja altura una ciudad, incluso uno que atraviesa la silueta
de un obelisco, a modo de rascacielos oriental—, además de una
secuencia que compara la tortura norteamericana con los rezos
suicidas de los terroristas, un intento por erradicar
diferencias cuando en el fondo se están dejando en evidencia.
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La mala conciencia de los Estados Unidos en los métodos
empleados en su lucha contra el terrorismo —la confianza en
ellos la encarna el personaje de Meryl Streep,
quien pronuncia la frase clave de la cinta: «Nosotros no
torturamos, salvamos a 7.000 inocentes a cambio de uno»—, se
traduce en una dialéctica entre esa mentalidad relativista,
pendiente de tenerlo todo bajo control como si fuese garantía de
resultados positivos, y quienes saben reconocer al instante el
bien del mal. Esa categorización simplista la encarnan los
personajes más estereotipados —el ayudante del senador,
Peter Sarsgaard, y el
agente oficial, Jake Gyllenhaal—
y el consabido rol de la esposa de Anwar, Isabella (Reese
Witherspoon), quien
defiende la inocencia de su marido, embarazada y desatendida por
el gobierno —imagen similar a la de Angelina Jolie en
el citado título de Winterbottom—.
En vez de centrarse en la cara fría de los acontecimientos, el
guión incorpora matices de la vida privada de los personajes,
haciéndolos más cercanos y reconocibles, aunque esa misma
estrategia se acerque peligrosamente al telefilm. La acumulación
de voces, espacios y tiempos también termina precipitando la
película en lugar de hacerla más rica, de tal modo que se pasan
por alto asuntos interesantes —el motivo de la apatía del
personaje de Gyllenhaal finalmente parece síntoma de un esbozo
apresurado—, mientras otros se esquematizan hasta el extremo —la
relación amorosa entre la hija del interrogador y el terrorista
suicida—.
Un desperdicio que se podía haber subsanado con facilidad en dos
horas de metraje y con un plantel de actores tan brillante y
homogéneo —a los anteriores se suma Alan Arkin—,
aunque ver a Witherspoon gritándole a la endiosada Streep bien
valga un voto de confianza. Ninguno de ellos revela todo lo que
parecen llevar consigo, y lo que en principio calificaría de
contención deriva en un típico ejercicio de intenciones
impostadas con la ya proverbial música étnica de fondo. Con tal
de preservar un tanto de dignidad ante la denuncia, el contenido
violento se reduce al mínimo, se muestra con repartos de cámara
televisivos, vídeos domésticos que son el acceso de moda a los
sucesos, o recreaciones que tienen más de cinematográfico que de
verídico —el entrenamiento de los terroristas y las escenas de
tortura—. A esto se suma que la ambigüedad moral del preso queda
eliminada desde que se nos obliga a identificarnos con Isabella,
que sólo duda durante un mínimo intervalo de la honestidad de su
esposo, una estratagema que pide a gritos el final más blando
imaginable.
Una muestra más —y ya llevamos unas cuantas— de la monomanía
alimentada desde 2001, reconvertida en relatos de consumo rápido
que, más que denunciar la realidad como proclaman sus
responsables, contribuyen a alejarla del espectador, a
convertirla en materia de ficción con guiones superficiales
incapaces de decidirse por el tono documental o la narración
convencional. De esos
dos extremos mal entendidos, “Expediente Anwar” cabalga a
caballo entre el falso culpable hitchcockiano y el
reporterismo de investigación, sin percatarse de que su
envoltura y procedencia favorecían más lo primero, la
inspiración en la realidad y no la imposible pretensión de
morder la mano que alimenta. Eso, y no quedar a bien con todos,
sí habría sido realista.
Calificación:
    
Imágenes
de "Expediente Anwar" - Copyright © 2007
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Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos
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