CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
La paradoja del camino
recorrido hasta ahora por Tim Burton
se halla en su apertura comercial y la ampliación de su espectro
de público contra la tendencia inversa de sus propias películas,
pobladas de acumulativos tics personales y psicoanálisis
artístico, y que dan forma a un "cine de autor" con
revestimiento popular, definición que también puede ser leída a
la inversa –dialéctica fraguada desde sus orígenes de alumno
raro en la prestigiosa Cal Arts, cantera de eficaces, y por ende
asépticos, dibujantes de la Disney–. No era de extrañar, pues,
que una obra como “Sweeney Todd, el barbero diabólico de la
calle Fleet” cayera en sus manos de lector siempre dispuesto a
sacar el dibujo "feo" de lo ajeno, promesa de amistad para fans
y taquilla, fiel apaciguador de los miedos más primitivos
mediante heridas y risas infligidas al pasado.
Benjamin Barker (Johnny Depp)
desembarca de un navío de juguete para pisotear con rabia las
calles digitalmente sucias y arcaicas de la Londres que lo
expulsó años atrás. Vuelto al origen, ya no puede ser el de
antes y cambia su nombre por Sweeney Todd, marioneta de un
fingimiento que, como Burton, debe recuperar la historia
íntima –el gótico estilizado– como sacrificio ofrecido al
espectáculo –la conservación de la estructura musical–. El
director comprende la idiosincrasia del protagonista, cambia
el duelo por el asesinato instintivo y lo aísla de un entorno
de freaks al más puro estilo circense, como se
arroparía él de las presiones industriales al rodar fuera de
Hollywood. Sin embargo, la rabia del barbero no contagia al
espíritu del cineasta, y sólo en porciones aisladas el montaje
visual y el ritmo métrico comparten ese sentimiento desmedido
que, aplicado a todo el filme, lo habría hecho insoportable
para un público sensible.
El
respeto por la naturaleza del musical de Broadway del cual
parte, aunque con anterioridad ya surgieron versiones del mito a
través del tamiz del terror clásico –de baja calidad en la
década de los veinte y otro intento algo más elaborado de George
King en 1936–, impide la impronta libertaria típica en los
universos caóticos de Burton, aunque la tradicional longitud de
esta clase de obras se compacta con notable soltura en dos horas
de metraje. A pesar de ello, la lógica del género domina a las
necesidades narrativas, y frente a algunos paralelismos logrados
–la reconstrucción de escenas futuribles en la imaginación de la
sra. Lovett (Helena Bonham Carter)–,
rozan la exasperación otras intervenciones poco explicativas de
un personaje –la primera aparición del mismo personaje en su
tienda de pasteles–, o, sin mayores rodeos, secundarios de nulo
interés y atractivo –un afeminado Anthony (Jamie
Campbell Bower)
persiguiendo a la angelical Johanna (Jayne
Wisener)–. Según el
pacto habitual en la filmografía del realizador, la simpatía
bascula hacia el perdedor, el oscuro, o al menos el bondadoso
que, en breves actos y gestos, deja entrever un reverso
enigmático –así se salvaban los cándidos protagonistas de
"Sleepy Hollow"
(1999) o "Big
fish"
(2003)–. La complicidad insana con el dueto Sweeney-Lovett se
corresponde con una evolución de folletín decimonónico que
encarrila los descensos de una tragedia shakespeariana, aunque
haya algo de burlesco en el solapamiento de catarsis griega y
ópera-pop.
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Precisamente Burton parece
dudar entre el amor y el análisis hacia sus personajes –nunca la
crítica– y, por tanto, indetermina el género de la película,
mezcolanza de sí mismo y de una vertiente cinematográfica muy
poco satisfactoria –léase
"El
fantasma de la ópera"
(2004) y todo lo que lleve la inspiración de Andrew Lloyd
Weber–. Su acierto reside en alejarse de la dramaturgia –la
mayoría de sus películas se ambienta en parajes de
cartón-piedra, herederos de una vida sepulta cuyo pálpito él
escuchó bajo la tierra de la modernez– y fustigar el movimiento
contenido sobre un escenario, en la evidencia de esa fábula
política apenas insinuada –los de arriba, en la barbería,
servirán a los de abajo, los clientes de Lovett, o lo que es lo
mismo: la clase parasitaria a la trabajadora, el teatro al
cine–. Es posible que en medio de toda esa perfecta
reconstrucción visual Burton encontrase la coincidencia de su
reflejo o bien lo haya introducido para escribir poesía sin
pérdida de identidad: el barbero loco por vengarse del exterior
que vive en un desván de enorme ventanal y que contempla al
trasluz las navajas engarzadas entre sus dedos, estampa corrupta
de aquel “Eduardo Manostijeras” (1990) donde la acomodación a la
sociedad era igual de imposible, pero benévola con el inocente.
Ese desengaño acerca del
oficio y el mundo ha ido apagando los colores de sus imágenes
hasta estancarse en un lado de la paleta –recordemos las
contraposiciones cromáticas del mismo Manostijeras, sus cintas
de stop-motion o el primer atisbo del retrato decadente
en "Charlie y la fábrica de chocolate"
(2005)–. El rojo sangre –de un realismo brutal en oposición a la
dulzura de las canciones y el tono grisáceo y ojeroso
predominante– ya no tiene nada que ver con la escuela de la
Hammer, explota entre los engranajes de la típica maquinaria
Burton en una especie de rabieta muchos años contenida. No es
nueva esta ferocidad y el gusto macabro no por desmontar las
cosas, sino por mostrarlas tal cual son –como el personaje de
Adolfo Pirelli (Sacha Baron Cohen),
variando del fuerte acento latino al puro inglés–, y la revancha
por el silencio, por el "gótico tierno" al que algunos se
adscriben por causas inversas a las del director, se asume con
deliciosa ironía y tristeza, parte del propio Burton muriendo
con los pedazos de sus personajes –notable es que deje en el
aire la cuestión de Johanna, ignorante testigo de la matanza de
su verdadera identidad, de un modo que impide cualquier
conocimiento paterno, esa eterna cuestión que tanto inquieta al
autor–.
Retomando el principio,
la contradicción de “Sweeney Todd, el barbero diabólico de la
calle Fleet” es que se asemeje tanto al universo Burton sin
serlo del todo. Sus
rasgos formales, cuestiones vitales e intérpretes fetiche están
presentes, pero actuando en falso, a costa de un rigor musical a
veces repetitivo, que no tendrá en todos fieles admiradores. Tal
vez, ahora que el mundo se desmorona, el director quiera
contribuir con su particular atentado contra la estabilidad de
su estilo, pero se le escapa el cuidado manierista de un cuento
que no siempre rebosa el olor a alcantarilla que debería.
Divertidos recortables sobre un fondo plano, atmósfera de Madame
Tussaud, y monstruos con gargantas de jilgueros que arrancan la
virtud del pozo mismo del odio. Al revés que su creador,
criatura romántica con alma de diablo.
Calificación:
    
Imágenes de "Sweeney Todd, el barbero
diabólico de la
calle Fleet" - Copyright © 2007 Warner Bros. Pictures, DreamWorks Pictures, Parkes/MacDonald Productions y Zanuck Company.
Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International
España. Todos los derechos
reservados.
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