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Banda sonora de "Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet" (Stephen Sondheim)

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SWEENEY TODD, EL BARBERO DIABÓLICO DE LA CALLE FLEET
(Sweeney Todd, the demon barber of Fleet street)


Dirección: Tim Burton.
País:
USA.
Año: 2007.
Duración: 116 min.
Género: Drama, thriller, musical.
Interpretación: Johnny Depp (Benjamin Barker/Sweeney Todd), Helena Bonham Carter (Sra. Lovett), Alan Rickman (juez Turpin), Timothy Spall (Beadle), Sacha Baron Cohen (Pirelli), Jamie Campbell Bower (Anthony), Laura Michele Kelly (Lucy), Jayne Wisener (Johanna), Edward Sanders (Toby).
Guión: John Logan; basado en el musical de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler.
Producción: Richard D. Zanuck, Walter F. Parkes, Laurie MacDonald y John Logan.
Música: Stephen Sondheim.
Fotografía:
Dariusz Wolski.
Montaje: Chris Lebenzon.
Diseño de producción: Dante Ferretti.
Vestuario: Colleen Atwood.
Estreno en USA: 21 Diciembre 2007.
Estreno en España: 15 Febrero 2008.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  La paradoja del camino recorrido hasta ahora por Tim Burton se halla en su apertura comercial y la ampliación de su espectro de público contra la tendencia inversa de sus propias películas, pobladas de acumulativos tics personales y psicoanálisis artístico, y que dan forma a un "cine de autor" con revestimiento popular, definición que también puede ser leída a la inversa –dialéctica fraguada desde sus orígenes de alumno raro en la prestigiosa Cal Arts, cantera de eficaces, y por ende asépticos, dibujantes de la Disney–. No era de extrañar, pues, que una obra como “Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet” cayera en sus manos de lector siempre dispuesto a sacar el dibujo "feo" de lo ajeno, promesa de amistad para fans y taquilla, fiel apaciguador de los miedos más primitivos mediante heridas y risas infligidas al pasado.

 

  Benjamin Barker (Johnny Depp) desembarca de un navío de juguete para pisotear con rabia las calles digitalmente sucias y arcaicas de la Londres que lo expulsó años atrás. Vuelto al origen, ya no puede ser el de antes y cambia su nombre por Sweeney Todd, marioneta de un fingimiento que, como Burton, debe recuperar la historia íntima –el gótico estilizado– como sacrificio ofrecido al espectáculo –la conservación de la estructura musical–. El director comprende la idiosincrasia del protagonista, cambia el duelo por el asesinato instintivo y lo aísla de un entorno de freaks al más puro estilo circense, como se arroparía él de las presiones industriales al rodar fuera de Hollywood. Sin embargo, la rabia del barbero no contagia al espíritu del cineasta, y sólo en porciones aisladas el montaje visual y el ritmo métrico comparten ese sentimiento desmedido que, aplicado a todo el filme, lo habría hecho insoportable para un público sensible.

  El respeto por la naturaleza del musical de Broadway del cual parte, aunque con anterioridad ya surgieron versiones del mito a través del tamiz del terror clásico –de baja calidad en la década de los veinte y otro intento algo más elaborado de George King en 1936–, impide la impronta libertaria típica en los universos caóticos de Burton, aunque la tradicional longitud de esta clase de obras se compacta con notable soltura en dos horas de metraje. A pesar de ello, la lógica del género domina a las necesidades narrativas, y frente a algunos paralelismos logrados –la reconstrucción de escenas futuribles en la imaginación de la sra. Lovett (Helena Bonham Carter)–, rozan la exasperación otras intervenciones poco explicativas de un personaje –la primera aparición del mismo personaje en su tienda de pasteles–, o, sin mayores rodeos, secundarios de nulo interés y atractivo –un afeminado Anthony (Jamie Campbell Bower) persiguiendo a la angelical Johanna (Jayne Wisener)–. Según el pacto habitual en la filmografía del realizador, la simpatía bascula hacia el perdedor, el oscuro, o al menos el bondadoso que, en breves actos y gestos, deja entrever un reverso enigmático –así se salvaban los cándidos protagonistas de "Sleepy Hollow" (1999) o "Big fish" (2003)–. La complicidad insana con el dueto Sweeney-Lovett se corresponde con una evolución de folletín decimonónico que encarrila los descensos de una tragedia shakespeariana, aunque haya algo de burlesco en el solapamiento de catarsis griega y ópera-pop.

  Precisamente Burton parece dudar entre el amor y el análisis hacia sus personajes –nunca la crítica– y, por tanto, indetermina el género de la película, mezcolanza de sí mismo y de una vertiente cinematográfica muy poco satisfactoria –léase "El fantasma de la ópera" (2004) y todo lo que lleve la inspiración de Andrew Lloyd Weber–. Su acierto reside en alejarse de la dramaturgia –la mayoría de sus películas se ambienta en parajes de cartón-piedra, herederos de una vida sepulta cuyo pálpito él escuchó bajo la tierra de la modernez– y fustigar el movimiento contenido sobre un escenario, en la evidencia de esa fábula política apenas insinuada –los de arriba, en la barbería, servirán a los de abajo, los clientes de Lovett, o lo que es lo mismo: la clase parasitaria a la trabajadora, el teatro al cine–. Es posible que en medio de toda esa perfecta reconstrucción visual Burton encontrase la coincidencia de su reflejo o bien lo haya introducido para escribir poesía sin pérdida de identidad: el barbero loco por vengarse del exterior que vive en un desván de enorme ventanal y que contempla al trasluz las navajas engarzadas entre sus dedos, estampa corrupta de aquel “Eduardo Manostijeras” (1990) donde la acomodación a la sociedad era igual de imposible, pero benévola con el inocente.

  Ese desengaño acerca del oficio y el mundo ha ido apagando los colores de sus imágenes hasta estancarse en un lado de la paleta –recordemos las contraposiciones cromáticas del mismo Manostijeras, sus cintas de stop-motion o el primer atisbo del retrato decadente en "Charlie y la fábrica de chocolate" (2005)–. El rojo sangre –de un realismo brutal en oposición a la dulzura de las canciones y el tono grisáceo y ojeroso predominante– ya no tiene nada que ver con la escuela de la Hammer, explota entre los engranajes de la típica maquinaria Burton en una especie de rabieta muchos años contenida. No es nueva esta ferocidad y el gusto macabro no por desmontar las cosas, sino por mostrarlas tal cual son –como el personaje de Adolfo Pirelli (Sacha Baron Cohen), variando del fuerte acento latino al puro inglés–, y la revancha por el silencio, por el "gótico tierno" al que algunos se adscriben por causas inversas a las del director, se asume con deliciosa ironía y tristeza, parte del propio Burton muriendo con los pedazos de sus personajes –notable es que deje en el aire la cuestión de Johanna, ignorante testigo de la matanza de su verdadera identidad, de un modo que impide cualquier conocimiento paterno, esa eterna cuestión que tanto inquieta al autor–.

  Retomando el principio, la contradicción de “Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet” es que se asemeje tanto al universo Burton sin serlo del todo. Sus rasgos formales, cuestiones vitales e intérpretes fetiche están presentes, pero actuando en falso, a costa de un rigor musical a veces repetitivo, que no tendrá en todos fieles admiradores. Tal vez, ahora que el mundo se desmorona, el director quiera contribuir con su particular atentado contra la estabilidad de su estilo, pero se le escapa el cuidado manierista de un cuento que no siempre rebosa el olor a alcantarilla que debería. Divertidos recortables sobre un fondo plano, atmósfera de Madame Tussaud, y monstruos con gargantas de jilgueros que arrancan la virtud del pozo mismo del odio. Al revés que su creador, criatura romántica con alma de diablo.

Calificación:


Imágenes de "Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet" - Copyright © 2007 Warner Bros. Pictures, DreamWorks Pictures, Parkes/MacDonald Productions y Zanuck Company. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

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