CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Una
película necesaria pero insuficiente
El Festival de Málaga se inauguró
con esta película
que
Manuel Gutiérrez Aragón ha considerado como un deber de ciudadano que tenía. No
son muchas las cintas que se han atrevido a afrontar el
terrorismo de ETA y sus secuelas en el entorno social. Por eso,
estamos ante una película necesaria y comprometida, porque el
cine siempre ha sido —o debe serlo, en la mayoría de las
ocasiones— un reflejo de la sociedad y del tiempo en que se
vive. Pero, precisamente por ello y por la importancia del
problema, se merecía una aproximación más verosímil y de mayor
fuerza dramática.
Es buena la intención y de
alabar la valentía del director, pero al resultado le falta
realismo y le sobra artificiosidad en la puesta en escena.
Quiere y no logra trasmitir vida, angustia, miedo... y todo se
queda en una exposición, unas veces hecha de manera sentida y
muchas acartonada, de ideas —excelentes y loables ideas— que
obligan a sus personajes a deambular por una historia construida
a base de retazos de realidad, y al espectador a recordar hechos
tristemente sucedidos y frases mil veces oídas pero que
requerían más fuerza para gritar «¡basta ya!». Porque lo que
busca sobre todo Gutiérrez Aragón es recoger el clima de miedo y
silencio que el terror ha generado, el acoso y arrinconamiento
al que muchos se sienten sometidos, la falta de libertad para
opinar sin sentir unos ojos en el cogote. No le interesa tanto
hablar de ETA como de ese enrarecimiento del ambiente, en el que
ya no se puede organizar una reunión con los amigos para comer
lubina, dar un paseo por esos bosques tan preciosos como
tranquilos, o disfrutar de unas fiestas sin temor a que los
fuegos artificiales se confundan con los disparos.
Sin embargo, algo no funciona
en esta tremenda historia, buena en su planteamiento y que
ofrecía muchas posibilidades en su desarrollo. Por un lado, Josu
Jon es un etarra que ha sufrido amnesia por traumatismo cerebral
debido a un accidente de carretera en plena huida tras un
atentado; ahora está en fase de rehabilitación bajo los cuidados
de Francesca, pero también sometido al acoso de sus antiguos
compañeros de armas, que pretenden recuperarle para la causa.
Por otro, Xabier es un profesor universitario amenazado por ETA,
pero que no está dispuesto a callarse ante esa intolerancia ni a
abandonar su vida de siempre; además, Xabier se ha enamorado de
Francesca y desea vivir en paz, pero sin esconderse. El problema
de esta fallida película comienza con un guión construido a base
de cortar y pegar escenas que avanzan a trompicones, sin ritmo
ni sentimientos profundos, con situaciones forzadas al servicio
de una idea y con una puesta en escena poco verosímil en casi
todos los escenarios.
Sorprende en especial la falta de espontaneidad y frescura de un
buen actor como es José Coronado
—habrá que atribuírselo a la deficiente dirección de actores o a
un guión sin tensión, o quizá a un mal casting—, pero
causa desconcierto ver su entereza inicial en la entrevista
televisiva o en la sociedad gastronómica para después percibir
reacciones un tanto pusilánimes o un cinismo y serenidad en la
parte final poco coherentes; tampoco funciona su historia de
amor, y cierta escena en brazos de su novia resulta patética e
irrisoria (lamentablemente). Vanessa Incontrada
cumple en su papel, pero éste
no resulta decisivo ni esencial en el núcleo de la trama,
mientras que Óscar Jaenada
sí que aporta los mejores momentos, aunque sea gracias a ese
relativo enajenamiento del entorno en el que vive, que le
convierte en un habitante de una tierra de nadie; es una lástima
que el guión no haya aprovechado sus dotes dramáticas, ni las
posibilidades que ofrecía su personaje desmemoriado, en su nueva
relación con la banda o con el amor. Los secundarios no resultan
convincentes cuando se les da una escena para ellos solos (caso
de la madre o del sacerdote en el momento de la confesión), pero
están mejor en esas cenas gastronómicas en las que se juntan, y
todos responden a la voluntad del director de recoger las
actitudes de familiares y amigos, de víctimas y terroristas ante
la violencia terrorista.
En el mismo tono discursivo
encuentran su justificación algunas escenas oníricas, llenas de
argumentaciones oídas repetidamente a víctimas y verdugos
llamando al perdón o cargadas de odio, pero sin capacidad para
conmover. Por todo, la historia no acaba de enganchar y reflejar
con hondura el drama social que el terrorismo acarrea: falta
profundización emocional y sobran buenas intenciones. Poco
consiguen, en ese sentido, la buena banda sonora de
Ángel Illarramendi o
la conseguida fotografía de Gonzalo Berridi,
ambas cuidadas pero que no bastan para generar sensaciones que
impacten al espectador. Por eso, el cine español continúa sin
llevar a la pantalla con fuerza esta parcela de su historia
reciente —¡qué diferencia respecto al cine británico y el IRA,
por ejemplo con "Omagh"
(Pete Travis, 2004)—, y sólo algún documental como "Asesinato en febrero"
(Eterio Ortega Santillana, 2001) logra trasmitir el miedo aquí
buscado.
Sin duda, tenemos que agradecer
a Gutiérrez Aragón su responsabilidad, valentía y algunos
momentos en los que se recoge el sentir común de una sociedad
que quiere la paz y la tolerancia. Pero echamos en falta una
narrativa más enérgica y una mayor credibilidad en la
construcción de personajes y en su puesta en escena, que dejan
la película en un armazón de buenas ideas pero desvitalizado.
Quienes quieran acercarse a esta pesadilla político-social
encontrarán una película necesaria pero insuficiente, pues
"todos estamos invitados" aunque no a todos llegará a
satisfacer. Puestos a indagar en el tema, esperábamos otra cosa.
Calificación:
    
Imágenes
de "Todos estamos invitados" - Copyright ©
2008 C.I.P.I. Cinematográfica y Telecinco Cinema. Fotos por
Antonio Suárez. Distribuida en España por Alta
Classics. Todos los derechos
reservados.
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