CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Habla el
silencio
Mario Camus, Imanol Uribe, Emilio Martínez Lázaro o Helena
Taberna, varios han sido los cineastas españoles que de forma
frontal o referencial han abordado el terrorismo de ETA, aunque
cada vez que llega una nueva película sobre el tema, parece que
sea apenas la primera. Para las cuatro décadas en las que se
alarga este asunto no son demasiadas —cierto que ha habido
períodos en los que podía ser más complicado que en otros—, y
algunas no han tenido suficiente repercusión. Da la sensación
que sobre el cine español planea cierta incomodidad, un miedo
que se adhiere también a otros terrenos circundantes al crimen
terrorista. Un director tan sólido como Manuel
Gutiérrez Aragón, poco
sospechoso de sumarse a coyunturas o modas, pone ahora sobre la
mesa toda una invitación a hablar —escribir— sobre la situación
de aquellos que día a día están condenados a vivir bajo las
amenazas y la exclusión.
El realizador cántabro,
junto a una guionista Ángeles González-Sinde,
arma una ficción a partir de dos premisas argumentales
destinadas a encontrarse, una tristemente cotidiana —la de un
profesor universitario amenazado de muerte— y otra medianamente
inspirada en un suceso real —la de un joven terrorista que hace
unos años quedó amnésico tras un enfrentamiento con la Guardia
Civil—. Hay largometrajes que nacen de forma tan vinculada a la
realidad, que es difícil separar el hecho creativo como tal de
todo aquello que conllevan. La reflexión, el análisis o el
compromiso son sólo algunas de las funciones del celuloide, en
muchos momentos un espejo donde la sociedad puede mirarse. El
sano debate que genera esta cinta una vez que termina la
proyección —es muy probable, empuja a ello—, apenas puede
desligarse de su análisis dentro sus estrictos límites como obra
cinematográfica.
En este sentido, el
principal riesgo de Gutiérrez Aragón es manejar una serie de
arquetipos en los que se ve hundido de vez en cuando, pero que
consigue remontar en un conjunto que no resulta homogéneo, pero
sí de un profundo calado moral. Enlaza el devenir de ambos
personajes, desde que uno se sabe amenazado y el otro parte de
su desmemoria, en un implacable proceso que palpa el miedo y la
soledad crecientes del profesor, paralelo al del reconocimiento
de la sinrazón por parte del terrorista. Uno de
sus mayores logros es plasmar ese clima de acoso, de miedo
permanente, que por momentos adquiere la apariencia tortuosa de
una pesadilla. Incluso
de forma literal, con unas estupendas secuencias oníricas que
contribuyen a cimentar esa sensación de anomalía que envuelve el
relato.
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El
efecto que produce la crónica de esta palpable realidad se ve
frenado, de manera intermitente, por la inclusión de algunos
elementos que no revisten la suficiente credibilidad.
Por un lado, lo desdibujados y repetitivos que resultan los
compañeros del joven terrorista en cada una de sus periódicas
apariciones; de otro, la escasa naturalidad en los diálogos
cotidianos del profesor y su compañera sentimental. El ritmo
pausado, reflexivo, impuesto por el autor, unido a su penetrante
mirada de la realidad, se ve en parte obstaculizado por estas
concesiones al tópico. Se percibe que el director de "La vida que te espera"
se maneja mejor en otras constantes narrativas de su obra, la
magia que despiertan los bosques vascos o sus escapadas hacia el
subconsciente. Pero al mismo tiempo, es cierta su determinación
por pegarse a la actualidad, su esfuerzo por resultar verosímil,
por resolver con mediana fluidez las secuencias colectivas y sus
incursiones en la intriga. Opta por una puesta en escena sobria,
precisa, vinculada también a los rasgos intimistas que le son
propios, bajo el frío de una luz triste, deslucida, que subraya
el dramatismo de la historia.
Uno de los aspectos más
sugerentes es la inclusión de la figura del etarra que ha
perdido la memoria, un supuesto novedoso que le permite entrar
en un terreno de cierta ambigüedad. Además de mirar de forma
tangencial a la banda terrorista —ante todo es un film sobre las
víctimas—, puede dejar en el aire preguntas sobre el olvido o la
posible redención. Para caminar por esta cuerda de difícil
equilibrio cuenta con un actor de inmenso talento,
Óscar Jaenada,
que vuelve sumergirse sin límites en la piel de un personaje
—demoledora su confesión ante el sacerdote, conmovedoras las
escenas junto a su madre—, junto al correcto trabajo de
José Coronado,
un actor muy limitado que al menos con los años gana en aplomo.
El film sale adelante con notable esfuerzo, un camino complicado
en su intento de integrar los distintos elementos discordantes,
pero que logra reconducir hacia un emocionante tramo final. Las
intenciones del director pueden ser superiores a lo visto en la
pantalla, pero pese a las objeciones, su valor no puede medirse
al margen de su significado, de aquello que lleva implícito. Es
profundamente significativa la total ausencia de referencias
políticas o sociales, lo que señala directamente a la soledad de
los amenazados. También que articule lo narrado en torno a dos
momentos clave, las rituales cenas con el grupo de amigos, donde
todos están invitados, donde incide en el mirar hacia otro lado,
en el rechazo del entorno cercano hacia aquellos que están
señalados. Sin duda, a todos nos es fácil teorizar sobre el
terrorismo de ETA desde la distancia y el anonimato, donde los
largos tentáculos del miedo no nos paralizan.
Gutiérrez Aragón da un paso al frente y nos pide que aceptemos
esta invitación, en un trabajo que le llena de valentía y
dignidad como autor, como persona.
Calificación:
    
Imágenes
de "Todos estamos invitados" - Copyright ©
2008 C.I.P.I. Cinematográfica y Telecinco Cinema. Fotos por
Antonio Suárez. Distribuida en España por Alta
Classics. Todos los derechos
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