No es un terreno cómodo
el elegido por el director para jugársela en esta película. Una
jugada, desde luego, valiente, porque son muchos los peligros
que acechan a quien, cual funambulista, se atreva a tejer una
historia en la que la situación del País Vasco y la violencia
terrorista conforman el escenario y sus principales coordenadas.
Por eso hay que felicitar, en primer lugar, a sus responsables
por preferir tan incómodo terreno a otros de más fácil, y sobre
todo sencillo, lucimiento.
Pero lo cierto es que
las intenciones, por sí mismas, nunca son suficientes, sino que
lo que en definitiva cuenta son los resultados, y por eso hay
que lamentar que el innegable esfuerzo realizado (extensible
también a unos intérpretes en general más que inspirados, con
menciones especiales a un siempre estupendo
José Coronado, o a un
Iñaki Miramón
soberbio en su duro y
despiadado papel) no haya tenido traducción acorde en la
pantalla. Y eso que la cinta empieza muy bien, con una
contundencia, decisión y energía, incluso en lo que se refiere a
producción (la escena de la detención es totalmente ajena a las
estrecheces que en tantas ocasiones destruyen la eficacia de las
secuencias de acción en nuestro cine), que hacen que nos
preparemos para lo mejor.
Sin embargo, el problema
es que cuando el etarra amnésico interpretado por
Óscar Jaenada
regresa al País Vasco, hay algo en su dibujo, en su forma de
actuar, en el desarrollo de su personaje, que no acaba de
convencer. En cierta forma, es como si sólo lo referente al
amenazado profesor de universidad interpretado por Coronado
estuviese claro para los guionistas, quizá por la mayor
facilidad existente para intentar ponerse en su situación; en lo
que respecta a los otros dos personajes del triángulo
protagonista (el propio Jaenada y la novia de Coronado, la
italiana terapeuta encarnada por Vanessa
Incontrada), el
espectador tiene la sensación de carencia, como si le hubiesen
hurtado escenas o algo hiciese avanzar la historia a
trompicones, pasando por alto demasiadas cosas.
Y es una lástima, porque
no faltan en su metraje secuencias memorables, desde la primera
cena de la sociedad gastronómica o la llegada a la universidad
de Coronado; por eso, lo que parece más imperdonable es que
otras, que deberían ser cruciales en el dibujo de los
personajes, aparezcan resueltas de manera torpe o displicente
(el paseo del profesor e Incontrada por la playa mientras les
contempla Jaenada, o el casi ridículo diálogo entre estos dos
últimos mientras se refugian en un bar en plena explosión de
kale borroka). Y eso, por no hablar de la secuencia onírica
del etarra, que por su esquematismo se convierte en un recurso
excesivamente facilón para transmitir la tesis principal de la
historia, algo que debería respirar en cada fotograma y que, sin
embargo, sus creadores no parecen haber encontrado forma mejor
de reflejar, circunstancia difícilmente justificable en una
cinta que pretende hacer de la sutilidad uno de sus banderines
de enganche.
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Todos estos
inconvenientes reducen inevitablemente el entusiasmo por una
obra que debería haber rayado mucho más alto, y que hay que
lamentar como una ocasión perdida: raro es que se dé tal
conjunción de circunstancias en favor de una película acorde con
la magnitud del reto que supone este tema como en esta ocasión
(director solvente, medios suficientes, intérpretes en principio
preparados para encarar sus personajes...). Lo mejor es quedarse
con sus hallazgos aislados, que los tiene, e intentar obviar
todo lo que lastra el conjunto. Y esperar que, la próxima vez,
otra afortunada combinación traiga consigo resultados mucho más
memorables.