CRÍTICA
Tònia
Pallejà
El
hombre feroz
Claustrofóbica
y enfermiza como la peor de las pesadillas. Fría
y aséptica como esa cárcel simulada que, a modo
de sala de operaciones, sirve para diseccionar la
naturaleza humana a corazón abierto y sin
anestesia. Cruda y despiadadamente
desnuda como el aspecto que presenta una res
muerta colgada en el interior de un matadero bajo
la macilenta luz de los fluorescentes. Así son
las imágenes que arroja El experimento,
debut cinematográfico del realizador alemán Oliver
Hirschbiegel, cuyo trabajo más conocido en
nuestro país hasta el momento eran algunos
episodios de la serie televisiva Rex que se
había encargado de dirigir. El film se basa en
la novela The experiment-black box, de Mario
Giordano, que a su vez está inspirada en un
experimento real que tuvo lugar en la universidad
norteamericana de Stanford. A pesar de que en
aquella ocasión los estudiantes convertidos en
carceleros y prisioneros no llegaron a los
fatídicos extremos de esta historia de ficción,
la prueba ofreció resultados no menos
inquietantes que obligaron a abortar el proyecto
al quinto día de funcionamiento. Lo que se
pretendía era comprobar qué consecuencias
podía originar una situación en la que un grupo
de sujetos tuvieran un poder casi absoluto por
encima de otros. ¿Y qué mejor ejemplo de ello
que reproducir un régimen penitenciario en el
laboratorio?
La
película arranca con la presentación de Tarek
Fahd, un joven taxista que decide participar en
el experimento para conseguir algo de dinero.
Además de recibir su "recompensa" por
actuar como conejillo de indias, decide vender la
historia a una publicación en la que trabajaba
antes, para lo cual llevará unas gafas con una
microcámara instalada que registrará todo
cuanto sucede dentro de la prisión artificial.
Después de pasar varias baterías de tests, los
sujetos voluntarios coinciden en una sala de
espera, antes de comenzar con el experimento. Su
procedencia social y cultural es distinta (un
miembro del personal de tierra de una compañía
aérea, un quiosquero, un imitador de Elvis
Prestley, un ejecutivo, ....), pero la mayoría
acuden motivados por la compensación económica
y por la posibilidad de vivir una experiencia
totalmente nueva. Al principio todo son bromas y
camaradería, incluso después de que aquellos
elegidos para ser carceleros vistan sus uniformes
con porras, y los que han sido divididos en
prisioneros se pongan sus ridículos camisones y
vayan ocupando sus celdas. Las normas que el
profesor Klaus Thon, director del proyecto, pone
son mínimas y aparentemente inocentes: cada uno
se comportará de forma acorde con el rol que se
le ha asignado; nada de nombres, los prisioneros
serán llamados por su número; deberán acabarse
toda la comida que se les sirva; nada de
violencia: el que agreda a un compañero será
expulsado inmediatamente de la prueba; los
carceleros deben mantener el orden, y sus
sanciones deben ser proporcionales a las
infracciones. El recinto estará vigilado en todo
momento por cámaras que grabarán sus
movimientos, y la doctora Jutta Grimm y su
ayudante Lars supervisarán que todo discurra sin
salirse de los límites establecidos.
En
principio, todo parece tratarse de una especie de
juego, y todos están dispuestos a que aquello
concluya de forma agradable y puedan volver a
casa con un fajo de billetes en el bolsillo. Pero
Tarek Fahd, como reportero infiltrado, decide
poner a prueba a los carceleros para que su
historia cobre algo más de interés, confiando
en que nadie sufrirá daño alguno y que todos
son conscientes de que aquello no es una
situación real... Sin embargo, los
acontecimientos se precipitan antes de lo
esperado, ante la atónita mirada de los
experimentadores. En poco tiempo, los carceleros
instauran un régimen de terror y humillaciones,
y los prisioneros asumen de forma increíblemente
rápida su indefensión. Venganzas, rencores y
vejaciones son la tónica dominante en una
situación que ha dejado de estar bajo control,
en la que todos han olvidado quienes son -los
límites entre juego y ficción se han fundido- y
se han adaptado a su nuevo papel con una completa
pérdida del sentido de la realidad. La tragedia
está servida.
El
experimento no es, técnicamente hablando,
una película perfecta. Pero la fuerza y la
coherencia de cuanto explica, y la forma tan
natural y veraz en que se desarrollan los
escalofriantes sucesos que muestra -con el
peligro que se corría de forzar los hilos y
transformarla en una catástrofe esperpéntica y
sensacionalista- eclipsan por completo sus
pequeños desaciertos, y lo convierten en un
trabajo único, irrepetible y, por descontado,
memorable. Hay, además, un sólido e
impresionante trabajo de actores; todos
sin excepción están soberbios, pero es Moritz
Bleibtreu, por su mayor protagonismo, quien
se lleva la palma.
En cuanto
al ritmo de este atípico thriller psicológico,
poco hay que objetar, se mueve entre el
desasosiego y la furia, y es, más que correcto,
impecable. Pero las secuencias que se intercalan
sobre la chica que conoce Tarek al principio de
la cinta, ya sean en forma de recuerdos o como
una visión paralela de lo que tiene lugar en el
exterior, si bien ayudan a relajar la tensión de
lo que acontece durante el experimento, a veces
le restan continuidad formal y ejercen un cierto
desequilibrio. Sin embargo son imágenes de una
belleza serena, que a uno se le ocurren
pertenecientes a otra película bien distinta, y
por ello contrastan con la dureza de las otras
escenas. También existe otro reparo, y es la
elección de los diferentes formatos a través de
los cuales se nos ofrecen las imágenes: a
través de la cámara del realizador, en color, a
través de las cámaras de vigilancia de las
salas, y a través de la cámara aposentada en
las gafas de Tarek, ambas en blanco y negro y de
menor calidad. Aunque independientemente
funcionan a la perfección, en un par de
ocasiones han sido montadas de manera alterna,
corriendo el riesgo de sobrecargar un relato que
no necesita aditivos, puesto que en esencia ya
dispone de la suficiente densidad dramática. A
pesar de estas nimiedades, y en general, el tono
directo y austero de la cinta, desprovisto de
filigranas innecesarias, demuestra que
Hirschbiegel domina los resortes del suspense con
gran efectividad.
Por
último, debería hablar de El
experimento en su función
de tesis psicosocial. Y en este sentido es
sencillamente una maravilla. No sólo
recoge fenómenos como el de la autoridad, sino
que además da un repaso extraordinario por otros
productos individuales y grupales como el
liderazgo, la difusión de la responsabilidad, el
estatus, la despersonalización, la alienación,
y muchas otras disfunciones que surgen en una
situación semejante, en un microcosmos aparte,
con reglas y pautas de comportamiento propias en
las que se pervierte la percepción de la
realidad.
El
experimento no es sólo una película para
reflexionar, para darse cuenta de que hay un
carcelero y un prisionero oculto en cada uno de
nosotros, esperando la oportunidad propicia para
ver la luz. El experimento también nos
puede ayudar a comprender hechos funestos que se
producen en determinadas circunstancias:
crímenes de guerra, violaciones, mutilaciones,
ensañamientos injustificados, o las novatadas
que le llegan a costar la vida a algunos reclusos
durante el servicio militar. Además, El
experimento sirve para plantearnos con alarma
lo apropiado o no de que determinadas personas
ejerzan su autoridad, ya sea desde detrás de un
escritorio o arma en mano, y cómo precisamente,
los mejores perros guardianes, los que consiguen
someter y mantener el control, son individuos sin
reparos de ninguna clase, mientras que los peores
carceleros, los más blandos (Bosch en la
película), son sujetos capaces de compasión y
empatía con los desfavorecidos.
En
resumidas cuentas, nos hallamos ante una
cinta extraordinaria, por la rotunda credibilidad
con la que se nos transmite esa gran verdad,
incómoda y sobrecogedora. Miedo auténtico sobre
ese hombre, que como afirmaba Hobbes, es el lobo
para el propio hombre. Sin necesidad de
efectos especiales ni monstruos de
ciencia-ficción. Para generar pánico sólo hay
que enfrentar al ser humano consigo mismo, ya sea
en una prisión experimental o haciendo que acuda
a las salas a ver esta película.
Imágenes
de El experimento - Copyright © 2001 Senator
Films, Typhon Film y Fanes Film. Todos los
derechos reservados.
|