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EL EXPERIMENTO
(Das experiment)


cartel Dirección: Oliver Hirschbielgel.
País:
Alemania.
Año: 2001.
Duración: 120 min.
Interpretación: Moritz Bleibtreu (Tarek Fahd. Prisionero nº.77), Maren Eggert (Dora), Christian Berkel (Steinhoff. Prisionero nº.38º), Justus von Dohnanyi (Guardián Berus), Oliver Stokowski (Schütte. Prisionero nº.82), Timo Dierkes (Guardián Eckert), Nicki von Tempelhoff (Guardián Kamps), Antoine Monot Jr. (Guardián Bosch), Wotan Wilke Möhring (Joe. Prisionero nº.69), Andrea Sawatzki (Dra. Jutta Grimm), Edgar Selge (Profesor Dr. Klaus Thon), Polat Dal (Prisionero nº.40), Stephan Szasz (Prisionero nº.53), Danny Richter (Prisionero nº.21), Ralf Müller (Prisionero nº.15), Markus Rudolf (Prisionero nº.74), Peter Fieseler (Prisionero nº.11), Thorsten Dersch (Prisionero nº.86), Sven Grefer (Prisionero nº.94), Lars Gärtner (Guardián Renzel), Markus Klauk (Guardián Stock), Ralph Püttmann (Guardián Amandy), Philipp Hochmair (Lars), André Jung (Ziegler), Uwe Rohde (Hans).
Guión: Mario Giordano, Christoph Darnstädt y Don Bohlinger; basado en la novela 'The experiment - Blac box'.
Producción: Norbert Preuss, Marc Conrad y Fritz Wildfeuer.
Música: Alexander van Bubenheim.
Fotografía:
Rainer Klausnabb.
Montaje: Hans Funck.
Dirección artística: Andrea Kessler.
Vestuario: Claudia Bobsin.
Decorados: Uli Hanisch.

 

CRÍTICA

Tònia Pallejà

El hombre feroz

Claustrofóbica y enfermiza como la peor de las pesadillas. Fría y aséptica como esa cárcel simulada que, a modo de sala de operaciones, sirve para diseccionar la naturaleza humana a corazón abierto y sin anestesia. Cruda y despiadadamente desnuda como el aspecto que presenta una res muerta colgada en el interior de un matadero bajo la macilenta luz de los fluorescentes. Así son las imágenes que arroja El experimento, debut cinematográfico del realizador alemán Oliver Hirschbiegel, cuyo trabajo más conocido en nuestro país hasta el momento eran algunos episodios de la serie televisiva Rex que se había encargado de dirigir. El film se basa en la novela The experiment-black box, de Mario Giordano, que a su vez está inspirada en un experimento real que tuvo lugar en la universidad norteamericana de Stanford. A pesar de que en aquella ocasión los estudiantes convertidos en carceleros y prisioneros no llegaron a los fatídicos extremos de esta historia de ficción, la prueba ofreció resultados no menos inquietantes que obligaron a abortar el proyecto al quinto día de funcionamiento. Lo que se pretendía era comprobar qué consecuencias podía originar una situación en la que un grupo de sujetos tuvieran un poder casi absoluto por encima de otros. ¿Y qué mejor ejemplo de ello que reproducir un régimen penitenciario en el laboratorio?

La película arranca con la presentación de Tarek Fahd, un joven taxista que decide participar en el experimento para conseguir algo de dinero. Además de recibir su "recompensa" por actuar como conejillo de indias, decide vender la historia a una publicación en la que trabajaba antes, para lo cual llevará unas gafas con una microcámara instalada que registrará todo cuanto sucede dentro de la prisión artificial. Después de pasar varias baterías de tests, los sujetos voluntarios coinciden en una sala de espera, antes de comenzar con el experimento. Su procedencia social y cultural es distinta (un miembro del personal de tierra de una compañía aérea, un quiosquero, un imitador de Elvis Prestley, un ejecutivo, ....), pero la mayoría acuden motivados por la compensación económica y por la posibilidad de vivir una experiencia totalmente nueva. Al principio todo son bromas y camaradería, incluso después de que aquellos elegidos para ser carceleros vistan sus uniformes con porras, y los que han sido divididos en prisioneros se pongan sus ridículos camisones y vayan ocupando sus celdas. Las normas que el profesor Klaus Thon, director del proyecto, pone son mínimas y aparentemente inocentes: cada uno se comportará de forma acorde con el rol que se le ha asignado; nada de nombres, los prisioneros serán llamados por su número; deberán acabarse toda la comida que se les sirva; nada de violencia: el que agreda a un compañero será expulsado inmediatamente de la prueba; los carceleros deben mantener el orden, y sus sanciones deben ser proporcionales a las infracciones. El recinto estará vigilado en todo momento por cámaras que grabarán sus movimientos, y la doctora Jutta Grimm y su ayudante Lars supervisarán que todo discurra sin salirse de los límites establecidos.

En principio, todo parece tratarse de una especie de juego, y todos están dispuestos a que aquello concluya de forma agradable y puedan volver a casa con un fajo de billetes en el bolsillo. Pero Tarek Fahd, como reportero infiltrado, decide poner a prueba a los carceleros para que su historia cobre algo más de interés, confiando en que nadie sufrirá daño alguno y que todos son conscientes de que aquello no es una situación real... Sin embargo, los acontecimientos se precipitan antes de lo esperado, ante la atónita mirada de los experimentadores. En poco tiempo, los carceleros instauran un régimen de terror y humillaciones, y los prisioneros asumen de forma increíblemente rápida su indefensión. Venganzas, rencores y vejaciones son la tónica dominante en una situación que ha dejado de estar bajo control, en la que todos han olvidado quienes son -los límites entre juego y ficción se han fundido- y se han adaptado a su nuevo papel con una completa pérdida del sentido de la realidad. La tragedia está servida.

El experimento no es, técnicamente hablando, una película perfecta. Pero la fuerza y la coherencia de cuanto explica, y la forma tan natural y veraz en que se desarrollan los escalofriantes sucesos que muestra -con el peligro que se corría de forzar los hilos y transformarla en una catástrofe esperpéntica y sensacionalista- eclipsan por completo sus pequeños desaciertos, y lo convierten en un trabajo único, irrepetible y, por descontado, memorable. Hay, además, un sólido e impresionante trabajo de actores; todos sin excepción están soberbios, pero es Moritz Bleibtreu, por su mayor protagonismo, quien se lleva la palma.

En cuanto al ritmo de este atípico thriller psicológico, poco hay que objetar, se mueve entre el desasosiego y la furia, y es, más que correcto, impecable. Pero las secuencias que se intercalan sobre la chica que conoce Tarek al principio de la cinta, ya sean en forma de recuerdos o como una visión paralela de lo que tiene lugar en el exterior, si bien ayudan a relajar la tensión de lo que acontece durante el experimento, a veces le restan continuidad formal y ejercen un cierto desequilibrio. Sin embargo son imágenes de una belleza serena, que a uno se le ocurren pertenecientes a otra película bien distinta, y por ello contrastan con la dureza de las otras escenas. También existe otro reparo, y es la elección de los diferentes formatos a través de los cuales se nos ofrecen las imágenes: a través de la cámara del realizador, en color, a través de las cámaras de vigilancia de las salas, y a través de la cámara aposentada en las gafas de Tarek, ambas en blanco y negro y de menor calidad. Aunque independientemente funcionan a la perfección, en un par de ocasiones han sido montadas de manera alterna, corriendo el riesgo de sobrecargar un relato que no necesita aditivos, puesto que en esencia ya dispone de la suficiente densidad dramática. A pesar de estas nimiedades, y en general, el tono directo y austero de la cinta, desprovisto de filigranas innecesarias, demuestra que Hirschbiegel domina los resortes del suspense con gran efectividad.

Por último, debería hablar de El experimento en su función de tesis psicosocial. Y en este sentido es sencillamente una maravilla. No sólo recoge fenómenos como el de la autoridad, sino que además da un repaso extraordinario por otros productos individuales y grupales como el liderazgo, la difusión de la responsabilidad, el estatus, la despersonalización, la alienación, y muchas otras disfunciones que surgen en una situación semejante, en un microcosmos aparte, con reglas y pautas de comportamiento propias en las que se pervierte la percepción de la realidad.

El experimento no es sólo una película para reflexionar, para darse cuenta de que hay un carcelero y un prisionero oculto en cada uno de nosotros, esperando la oportunidad propicia para ver la luz. El experimento también nos puede ayudar a comprender hechos funestos que se producen en determinadas circunstancias: crímenes de guerra, violaciones, mutilaciones, ensañamientos injustificados, o las novatadas que le llegan a costar la vida a algunos reclusos durante el servicio militar. Además, El experimento sirve para plantearnos con alarma lo apropiado o no de que determinadas personas ejerzan su autoridad, ya sea desde detrás de un escritorio o arma en mano, y cómo precisamente, los mejores perros guardianes, los que consiguen someter y mantener el control, son individuos sin reparos de ninguna clase, mientras que los peores carceleros, los más blandos (Bosch en la película), son sujetos capaces de compasión y empatía con los desfavorecidos.

En resumidas cuentas, nos hallamos ante una cinta extraordinaria, por la rotunda credibilidad con la que se nos transmite esa gran verdad, incómoda y sobrecogedora. Miedo auténtico sobre ese hombre, que como afirmaba Hobbes, es el lobo para el propio hombre. Sin necesidad de efectos especiales ni monstruos de ciencia-ficción. Para generar pánico sólo hay que enfrentar al ser humano consigo mismo, ya sea en una prisión experimental o haciendo que acuda a las salas a ver esta película.


Imágenes de El experimento - Copyright © 2001 Senator Films, Typhon Film y Fanes Film. Todos los derechos reservados.

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La Butaca © 1999 Ángel Castillo Moreno. Valencia (España)
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