CRÍTICA
Julio
Rodríguez Chico
Valoración:
*****
Una
fresca comedia de enredo con sabor a cuento
Detrás de esta comedia
romántica, enseguida se adivina la mano de Bernardo
Bertolucci, y también la de una
mujer, Clare Peploe. El preciosismo de
la fotografía y la belleza de sus planos son una
clara huella del cineasta italiano, aquí
ejerciendo de productor; la sensibilidad
artística con que recoge el sentimiento del amor
y el arte de la seducción hablan del talento de
su esposa y aquí directora de la película.
Estamos ante una bella adaptación
de la obra del dramaturgo francés Pierre de
Marivaux,
representada por primera vez en Francia en 1732.
En ese ambiente cortesano y palaciego se
desarrolla la historia de una princesa, Leonide,
que quiere devolver el trono al legítimo
descendiente del rey, a quien su padre se lo
usurpó injustamente, y de quien ahora se ha
enamorado; el príncipe se haya recluido, con la
sola compañía de un filósofo racionalista y de
la hermana de éste; ambos le han educado en el
odio al sexo femenino y en la aversión a los
sentimientos amorosos. Para vencer tal
resistencia, Leonide tejerá un plan
maquiavélico, con el que enamorará a cada uno
de los tres personajes, ayudado por su dama de
compañía y por los criados del filósofo
Hermócrates.
Para que el plan tenga éxito, la
princesa enamorada tiene que recurrir a
disfrazarse de hombre, y encubrirse bajo el
nombre de Phocion. Desde este momento, el enredo
argumental está servido: es un auténtico baile
de máscaras. Con los personajes entrando y
saliendo de escena de manera ordenada, Leonide se
servirá de su labia inteligente y aduladora para
despertar el amor en el frío filósofo, que
pronto descubre su engaño, y que en el fondo no
es más que un "bufón vanidoso";
también atraerá y encenderá la pasión en
Leontina, una solterona que había olvidado que
podía amar, y a la que el reciente amor le ciega
hasta el punto de no descubrir el disfraz que se
le ofrece en matrimonio; y, como es lógico, el
príncipe corresponderá también a la mirada
enamorada de la princesa, aunque permanecerá
ciego en lo que a la identidad de su amada se
refiere. A cada uno le seducirá con el arte del
ingenio y de la palabra, con un refinamiento
propio del siglo XVIII.
El peso de la película
recae sobre Mira Sorvino, actriz estadounidense de
origen italiano que declaró haberse ilusionado
mucho con este trabajo, por volver a Italia para
rodar y por el reto de interpretar un papel
masculino. Efectivamente Sorvino es a la vez
Leonide (o Aspasia, para el príncipe) y Phocion.
Aunque hay que agradecer el esfuerzo que hace en
la interpretación del caballero, sus modales
resultan demasiado forzados; mucho mejor está en
la faceta femenina, que interpreta con frescura.
Los secundarios brillan a buena altura,
especialmente el consagrado Ben
Kingsley como
filósofo frío y cerebral.
La
puesta en escena no se despega de manera
intencionada del carácter teatral de la obra de
Marivaux -a la que permanece muy fiel en sus
diálogos-, y se desarrolla fundamentalmente al
aire libre, en los jardines del palacio.
Por si hubiera alguna duda de ello, Clare Peploe
muestra incluso a un público atento a la
representación de los enredos -curiosamente
visto por los ojos de Leontina, ciega de amor- y
una despedida final del público por parte de los
actores, ya ataviados con ropa actual. La
fotografía refleja con acierto la luz que
traspasa las ramas de los árboles, y plasma con
vistosidad la belleza de los jardines. La música
triunfal de Mozart, del francés Rameau, o las
adaptaciones con algunos acordes de guitarra
moderna, dan el tono romántico a las escenas,
acompañando un guión muy medido y cuidado. El
vestuario merece también una mención especial,
que ayuda a caracterizar la película como de
época.
Aunque la cámara muchas
veces se detiene a contemplar la belleza del
paisaje y de los comportamientos entre los
amantes, resulta más llamativa su movilidad, al
estilo Dogma, con la que capta unos
primerísimos planos desde ángulos diversos
intercalados por panorámicas, o los planos
entrecortados de una misma escena y montados sin
necesidad. En ocasiones nos ofrece auténticos
cuadros pictóricos, como en la escena del
columbio, o al mostrarnos a los diminutos
personajes frente a una gran pared blanca
recorrida por bellas enredaderas.
Como en realidad se trata de un
cuento de hadas -eso es lo que declaró Sorvino-,
tenemos un primer desenlace desconcertante y otro
retardado. Al final, príncipe y princesa son
llevados por blancos caballos en una hermosa
carroza de oro. El amor ha triunfado y superado
la frialdad de la razón y la violencia.
Aunque la comedia no encierra mucha
profundidad en sus ideas, éstas se mueven en el
orden del amor, como fuerza superadora de todas
las dificultades y también como camino de
conocimiento, muchas veces más fructífero y
verdadero que el de la razón. Nos dice que no
hay tal oposición y conflicto entre la razón y
el corazón, no hay que reprimir los
sentimientos. Su protagonista incluso llegó a
decir que nos llevaba a plantearnos si
"debemos ser indulgentes con quienes
ultrajan a los demás" o "hasta dónde
es lícito llegar en el amor o en la
guerra".
En definitiva, una bella y
entretenida película que gustará a los amantes
de las comedias de enredo y de finales en que los
príncipes comen perdices.
Imágenes
de El triunfo del amor - Copyright © 2001
Fiction Productions, Han Way Films, Medusa
Produzione, Navert Film, Odeon Film y Recorded
Pictures Company. Todos los derechos reservados.
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