CRÍTICA
Julio
Rodríguez Chico
Valoración: *****
La
imagen al servicio de la causa obrera
Con esta película de crítica
social, Ken Loach vuelve a
presentarse como un cineasta comprometido con el
mundo obrero, y dispuesto a servirse de la imagen
para reivindicar lo que considera un atropello de
las clases menos favorecidas.
Su cine es de denuncia, en este
caso, a las privatizaciones de los ferrocarriles
llevadas a cabo en Inglaterra, a mediados de la
década de los 90. De pronto, un grupo de
trabajadores encargados del mantenimiento de las
infraestructuras ve cómo su situación laboral
queda amenazada por criterios meramente
productivos. Son invitados a firmar
"despidos voluntarios", pierden su
derecho a vacaciones, oyen hablar de una
flexibilidad laboral que encubre en realidad una
precariedad en el trabajo, y ven cómo se reducen
los gastos -lo que significa menos puestos de
trabajo- con el consiguiente aumento de la
peligrosidad. Pero la crítica no hay que
reducirla al caso británico y al hecho
ferroviario, sino que se extiende a todo un
modelo de economía capitalista que sólo busca
la eficiencia y la máxima rentabilidad,
desentendiéndose de una política social que
proteja a los trabajadores. Todo eso es verdad, y
hay que mostrarlo para corregirlo, pero la
óptica desde la que nos lo muestra parece
demasiado sesgada y sectaria.
Toda la película está
realizada con un sabor documental que
busca mostrar la verdad, por dura y cruda que
sea. Loach es de los que piensan que hay que
luchar con todos los medios, hacer un uso
político del cine, para mostrar, para atacar a
los poderosos, para reivindicar los derechos de
los más débiles. No oculta su ideología
marxista, en declaraciones públicas o en la
manera de exponer los conflictos. Sólo entiende
las relaciones entre trabajadores y empresarios
en clave de enfrentamiento, de lucha. Su
concepción de los sindicatos es decimonónica, y
por eso les critica cuando se doblegan a las
negociaciones con la patronal: no entiende que
"los tiempos han cambiado", como dice
uno de sus personajes.
En La cuadrilla, por
debajo de esa crisis social se descubre otra
crisis personal, más importante y dolorosa aún.
Nos presenta a familias rotas, con hijos
pequeños que sufren esa falta de cariño que
pudiese proporcionar una familia estable, y a
personas sin otras ilusiones que "una lata
de sardinas" o tener una relación pasajera.
El perfil personal que nos presenta es
ciertamente triste, endurecido por sus inciertas
situaciones familiares y laborales. Pienso que no
hace un gran favor a la clase obrera al
presentárnosla tan limitada en sus horizontes
vitales, y con una convicciones tan poco firmes;
en este aspecto, llama la atención su pobre
visión de los trabajadores. Incluso la inicial
camaradería y alegría que hay en la cuadrilla
se vendrá abajo tras el accidente y muerte de
uno de ellos: la solidaridad y honradez exigible
se diluye ante el miedo a perder el trabajo si se
abre una investigación y se descubre que
trabajaban sin suficientes medidas de seguridad.
Como decía antes, los sindicatos no
salen mejor parados, y su actitud resulta
patética al negociar con la patronal. Según el
director británico, "tienen las manos
manchadas de sangre porque han aceptado la
complicidad de un sistema cuyos principios dejan
en un segundo plano la salud y la seguridad de
los obreros".
En la película, especialmente en la
primera mitad, inserta varios momentos con cierto
aire de comicidad, quizá queriendo mostrar cómo
sólo a través del buen humor es posible superar
esas circunstancias vitales tan dramáticas.
Incluso hay una bella escena que sorprende al
espectador por su lirismo y elegancia -en
contrate con el resto del film-, al presentarnos
a varios personajes patinando sobre el hielo; es
como si nos quisiese decir que el obrero también
tiene derecho a las cosas bellas, y que sabe
disfrutar de ellas.
En definitiva, se trata de un
cine muy pesimista no sólo respecto al marco
político y económico, sino también respecto a
las personas, incapaces de mantenerse
firmes en sus convicciones y de luchar por una
justicia social. Es el mismo pensamiento que
expresará una de las protagonistas cuando se le
explica lo que es un jaque mate en el ajedrez:
"pues eso es mi vida, siempre perder".
Como ya había hecho en Ladybird,
ladybird, la
maquinaria narrativa de la película ha sido
despojada de todo adorno y artificio, y
se nos ofrece con total crudeza y ascetismo. Si
antes mostrábamos algunas carencias importantes
en la interpretación social de la realidad
laboral, al hablar de las cuestiones
cinematográficas no tenemos sino que alabar la
buena dirección del británico, que ha hecho una
adecuada labor de casting al elegir a actores no
de primera línea pero que actúan con una
naturalidad que da espontaneidad y credibilidad a
la historia. El ambiente laboral es mostrado con
una sobriedad de imágenes, duras y apenas sin
concesiones al sentimentalismo. Se trata de un
discurso reivindicativo, donde lo que importa es
el mensaje, y donde la forma debe hacer llegar
esa realidad al espectador de la manera más
impactante y concisa posible, de manera que le
mueva a tomar postura.
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