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Dirección: Ken
Loach.
Países: Reino Unido, Alemania,
España.
Año: 2001.
Duración: 93 min.
Interpretación: Dean
Andrews (John), Tom Craig (Mick), Joe Duttine
(Paul), Steve Huison (Jim), Venn Tracey (Gerry),
Andy Swallow (Leo), Sean Glenn (Harpic), Charlie
Brown (Jack), John Aston (Bill Walters), Juliet
Bates (Fiona), Graham Heptinstall (Owen).
Guión: Rob
Dawber.
Producción: Rebecca
O'Brien.
Música: George
Fenton.
Fotografía: Barry Ackroyd y Mike
Eley.
Montaje: Jonathan
Morris.
Diseño de producción: Martin
Johnson.
Dirección artística: Fergus
Clegg.
Vestuario: Theresa
Hughes. |
CRÍTICA
Rubén
Corral
Increíble
realidad
Incluso
humillante resulta el último trabajo de Ken Loach, el
director con el lacito de la solidaridad obrera
atada al cuello, "La cuadrilla" (The
navigators, 2001), para un autor que ha
ofrecido tan sólo en la pasada década algunas
películas tan interesantes como "Riff
raff" (id., 1990) o "Tierra
y libertad" (Land and freedom,
1995). Y cuando digo humillante no pongo en tela
de juicio el grado de compromiso social del cine
de Loach, sino el hecho de que este director
inglés cuente con un guión tan flojo como el
que firma, basándose en su propia experiencia,
el lógicamente neófito Rob Dawber.
No
puede entenderse que los personajes de una
película de supuesta trascendencia por su
representatividad, por su verismo, por sus
aspiraciones de realismo, queden a medio trazar.
Absolutamente a todos les falla el fondo:
el grupo de trabajadores del ferrocarril que
pasan de pertenecer al Estado a una empresa
privada (y luego a otra que la desmantela) parece
perseguir esas nociones de credibilidad por una
vía tan innoble como es la ridiculización de un
grupo de personajes que terminan dando la imagen
de ser los culpables (o si no, colaboradores
inconscientes) de la privatización por unos
afanes sindicalistas que -no se me escapa que
ése no debía de ser el propósito de Loach- son
comprendidos como poco menos que caprichosos.
El
desbarajuste del libreto se salpimenta con
reacciones mecánicas, conductistas y
superficiales en las vidas de pareja de algunos
de estos trabajadores. Mientras a uno de ellos su
ex esposa no lo puede ni ver, a otro el hecho de
no tener trabajo le hace volverse caprichoso y
hasta cierto punto violento en su casa con su
familia. En su determinación por hacer maniqueas
las relaciones entre empresarios (o, lo que es
peor, siervos de empresarios) Loach demuestra,
con reacciones como éstas, prácticamente lo
contrario de lo que quiere -supongo- decir: que
los obreros, obreros son, que sus mentes son
simples y que su trabajo es lo único que debe
existir en sus vidas. Parece propugnar
una anulación del trabajador aparte de su propia
actividad porque todo lo que sea
distraer de su "función" al mismo
puede provocar una reacción de inadaptación
canalizada en la violencia.
También
tenemos lo que parece el nacimiento de una
historia de amor. Finalmente sólo acaba siendo
eso, el intento de un nacimiento de una historia
de amor, porque Loach la interrumpe a placer
cuando llega el punto hacia el que, hemos de
suponer, convergía el resto de la película.
Tras una elipsis brutal e inopinada, el desenlace
se vuelve súbitamente trágico, como si la
tragedia aparentara mejor la realidad. De las
reacciones de los personajes tampoco hay en ese
momento supuestamente álgido nada que decir a
favor de su consecuencia o de su credibilidad.
Por otro
lado, si a este cúmulo de despropósitos se
añade que el talento para la puesta en escena de
Ken Loach raramente ha superado lo televisivo,
nos encontramos con que con "La
cuadrilla", su director ha firmado la que es
la peor película que he tenido oportunidad de
verle. Y eso que tras "Ladybird,
ladybird" el listón estaba alto.
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