CRÍTICA
Javier
M. Tarín
Una de las
banderas ideológicas de los conservadores en la
décadas de los noventa ha sido la privatización
de los servicios públicos. Dicha política se
sustentaba sobre la idea de la mayor eficacia por
definición de las empresas privadas mientras que
lo público se asociaba con el despilfarro . El
beneficio económico reflejado en cifras por
encima de cualquier otro parámetro ha sido la
manera de justificar esos procesos de venta de
las empresas públicas a gestores privados que
las hicieran funcionar en competencia dentro del
mercado. En último término se trata de acabar
con el estado del bienestar surgido después del
crash del 29 y la Segunda Guerra Mundial en el
cual todo ciudadano por el mero hecho de serlo
tenía derecho a prestaciones como la educación,
la sanidad, las pensiones, la cobertura del
desempleo, el transporte colectivo, etc.
Ken Loach, desde su
posición de cineasta, ha participado en el
debate en torno a este proceso aportando una
visión combativa frente a un poder político
impulsor de unas reformas que han desembocado en
el aumento de la desigualdad social. Sus filmes
han servido, en último término, para dar voz a
aquellos que no la tienen y defender con dignidad
su punto de vista, contrario a la política
económica dominante.
Es lógico
pues que este director dedicara un filme a tratar
un proceso de privatización del Reino Unido tan
emblemático y trascendente como el del servicio
del ferrocarril. Las consecuencias directas han
sido una degradación evidente que ha
cristalizado, trágicamente, en graves
accidentes. Tanto es así que el gobierno
laborista estudia la posibilidad de volver a
convertirlo en un servicio publico gestionado por
el estado.
El
filme es fiel a su estilo de aproximación
transparente a la realidad basado en dos
elementos que se ponen al servicio de la
recreación de la vida en imágenes:
contenidos dramáticos tomados de hechos reales y
actores poco conocidos con amplios márgenes para
la interpretación y la incorporación de
elementos de su personalidad al personaje.
El punto de
partida es el momento preciso de la
privatización. Unos obreros trabajan en la vía,
son la cuadrilla que mantiene la red ferroviaria
en condiciones, ajenos al cambio que se les viene
encima. La secuencia siguiente presenta una sala
atestada de trabajadores mientras son informados
por un superior de la privatización. El
tratamiento es cómico y evidencia la falta de
compresión del portavoz de la empresa de lo que
está leyendo. Los juegos de palabras
neoliberales, esos esloganes publicitarios,
suenan ridículos en boca de un trabajador como
él e invitan a la risa de sus compañeros y del
espectador. Un ejemplo evidente sería la
referencia a la seguridad y a los mínimos
aceptables por la empresa y el mercado. ¿Cuál
es ese mínimo aceptable? _ pregunta alguien.
Dos muertos al año _ contesta el capataz
tras buscar la cifra en sus papeles. Pero si
llevamos 18 meses sin tener un accidente _
dice otro trabajador al tiempo que pide
voluntarios para cumplir el mínimo aceptable. El
humor de esta secuencia contagia determinados
momentos del filme indicando el camino de la risa
como vía de escape a la presión de la
desigualdad social.
La nueva
política viene definida por la escena en que los
trabajadores ven un vídeo promocional del nuevo
estilo de la compañía, que se sostiene
precisamente en una imagen ideal y publicitaria
de un servicio eficiente, pero que, en realidad,
busca exclusivamente el beneficio económico a
costa de reducir precisamente los gastos en
seguridad. Cuando los protagonistas van a valorar
los daños de un accidente, los diferentes
responsables de las compañías privadas que
gestionan las áreas del servicio del
ferrocarril, intentan evitar asumir la
responsabilidad y pasársela a las otras
compañías. Ésa es la mano invisible del
mercado, la que desaparece cuando las cosas van
mal.
El
empeoramiento de las condiciones salariales
desemboca en el progresivo abandono de la nueva
compañía. La sala abarrotada de la primera
secuencia pasa estar ocupada exclusivamente por
la cuadrilla protagonista y finalmente por un
solo trabajador. La alternativa son las agencias
de colocación temporal que suponen la renuncia
previa del trabajador de cualquier beneficio
social: no hay bajas laborales, ni vacaciones, ni
seguro de desempleo, y por último, las
condiciones de seguridad son relegadas en aras de
la eficacia y el beneficio de la empresa.
Paralelo a ese proceso de degradación económica
corre el desmoronamiento del núcleo familiar y
la soledad de los individuos en una sociedad
presidida por un darwnismo social cada vez más
fuerte.
La tragedia
planea en el último tramo del filme. Es en ese
sentido muy efectiva, en que unos operarios de la
empresa de trabajo temporal cruzan una vía sin
tomar las precauciones mínimas de seguridad. Uno
de ellos se niega -por lo que será incluido en
una lista negra- y exige que se tomen medidas de
seguridad. La escena tiene una tensión que
sugiere la posibilidad de accidente. Por eso el
final estaba anunciado, pero la dureza
del filme se condensa en la actitud de los
protagonistas en la escena final, dispuestos a
poner en peligro la vida de su compañero
accidentado por no perder el empleo. Su
decisión es comprensible aunque éticamente
inaceptable. A fin de cuentas su decisión
implica la plena aceptación del nuevo sistema
por parte de una clase trabajadora que ha dejado
de serlo para convertirse en supervivientes en un
sistema de postcapitalismo salvaje.
Imágenes
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