CRÍTICA
Josep
Alemany
EL JAQUE MATE LUZHIN
«Las tres
cosas que más activan al cerebro son la
filosofía, el ajedrez y el café», decía un
pensador alemán del siglo XIX, otorgando al
ajedrez el primer puesto entre los juegos de
inteligencia. Edgar Allan Poe, en Los
crímenes de la calle Morgue, intenta
desbancarlo en beneficio de las damas. Pero no
logra convencernos. El caso es que el ajedrez,
con razón o sin ella, sigue siendo el juego del
intelecto por antonomasia. Sin embargo, se le han
dedicado pocas obras. A pesar de la excelente
reputación y de contar entre sus adeptos a
varios de los artistas más singulares del siglo
XX: Marcel Duchamp, Raymond
Roussel, Vladimir Nabokov, Stanley
Kubrick. Precisamente Nabokov escribió una
novela cuyo protagonista principal era un jugador
de ajedrez: La defensa (Editorial
Anagrama). Marleen Gorris la ha
llevado a la pantalla.
Años
veinte, un hotel a orillas del lago Como. A la
fauna y flora habitual de tan hermoso paraje, se
le añaden los participantes en un torneo de
ajedrez. Con esos ingredientes, Marleen Gorris
llega rápidamente a la retina y al corazón del
espectador. Por si fuera poco, entre los clientes
del hotel encontramos ni más ni menos que a Emily
Watson (Natalia) y a John
Turturro (Luzhin).
Alexander
Luzhin, un gran maestro de ajedrez, se prepara
para enfrentarse a Turati. Pertenece a la
categoría del jugador chiflado: un prodigio en
el tablero y un despistado fuera de él. Un
excéntrico más que añadir a la colección de
John Turturro.
Natalia es
una chica pizpireta y un tanto inconformista
(está harta de los pretendientes «normales»).
Luzhin tropieza con ella y no tarda en
declarársele. Su idilio choca con la oposición
de la madre de Natalia. Si los flash-backs nos
van contando la infancia de Luzhin y su pasión
por el ajedrez, a Natalia la conocemos, sobre
todo, a través de las discusiones con su madre.
Y así va
pasando agradablemente la película. En las
eliminatorias, la mala influencia que sobre
Luzhin ejerce Valentinov (Stuart
Wilson), la neutraliza Natalia recurriendo
a sus argumentos más convincentes (hace el amor
con Luzhin). No tendrá, sin embargo, tanta
suerte con una jugada posterior de Valentinov.
A
propósito de las adaptaciones, el deporte
favorito de los críticos consiste en comparar la
obra literaria con la película a fin de alabar a
una y hacer añicos a la otra. Por regla general
ensalzan a la primera en detrimento de la
segunda. Antonio Gnoli, por ejemplo, en el
periódico italiano La Repubblica (15 de
abril de 2001), esgrime las cualidades de La
defensa de Nabokov para arremeter contra La
defensa Luzhin de Gorris. Acabo de releer la
novela y, francamente, no estoy de acuerdo. Tanto
la novela como la película son obras logradas en
sus ámbitos respectivos. Con sus más y sus
menos, por supuesto.
NOVELA
Y PELÍCULA EN UN GRAN TORNEO
Nabokov
mueve con habilidad sus piezas las
palabras para narrar cómo a Luzhin, tras
un período al margen del juego, la vida se le
convierte de repente en una partida de ajedrez,
las jugadas repiten el esquema de su pasado. Así
como en la partida contra Turati la defensa
ideada por Luzhin no le sirvió de nada (p. 137),
frente a Valentinov «su defensa había sido
equivocada» (p. 245). Y, al verse indefenso,
Luzhin se hace jaque mate a sí mismo.
En la
novela, Luzhin encuentra por casualidad un
ajedrez plegable en el forro de su chaqueta y
vuelve a pensar en imágenes de ajedrez. Así se
fragua la inevitable catástrofe. En la
película, al haber abandonado por completo el
juego, la intervención de Valentinov desencadena
la tragedia. ¿Es mejor? ¿Es peor? Es diferente.
Asimismo, la repetición de su pasado se expresa
mediante el desfile de flash-backs antes de
lanzarse por la ventana. Ello, junto a otros
elementos la manera de presentar su pasión
adolescente por el ajedrez da pie a una
interpretación «psicológica». Algo que, por
supuesto, evita Nabokov, gran fustigador de la
escuela vienesa. En la novela, el hundimiento
mental de Luzhin sigue la lógica de los
movimientos de ajedrez.
A favor de
la película hay que decir que logra recrear,
mucho mejor que la novela, el ambiente cargado de
magnetismo de los grandes torneos. Incluso
entramos en la mente de Luzhin para ver las
futuras combinaciones.
La puesta
en escena de Gorris a veces está a punto de
dormirse en el academicismo. También lo está la
prosa de Nabokov. Ahora bien, si no nos dormimos
nunca, es gracias a los actores principales. La
actuación de Turturro, pese a algunas
exageraciones, en conjunto resulta convincente.
Emily Watson no desfallece en ningún momento.
Encarna a un personaje lleno de compasión. En la
novela, refiriéndose a España, dice que es un
país «donde les hacen cosas terribles a los
toros» (p. 187). Un comentario recurrente en la
obra de Nabokov.
La
innovación teórica más importante de La
defensa Luzhin es el final de la partida
aplazada. Se reanuda y la propia Natalia juega
siguiendo las anotaciones de Luzhin. Algo
inverosímil, desde luego. Pura ficción. Los
torneos no funcionan así. Gorris y el guionista Peter Berry no se han
atrevido a terminar la película con el trágico
suicidio de Luzhin y le han añadido un
sucedáneo de happy end.
La
película me ha gustado. La novela también. La
una no invalida a la otra, sino que se enriquecen
mutuamente. Al menos es lo que me ha ocurrido a
mí. Espero no ser el único.
Imágenes
de La defensa Luzhin - Copyright © 2000
Renaissance Films, Clear Blue Sky Productions,
Sherlock Media y Manga Films. Fuente: Manga
Films. Todos los derechos reservados.
|