CRÍTICA
por Miguel
Á. Refoyo
Creando monstruos
y
magia
El cuarto largometraje de Pixar
evoluciona progresivamente hacia un cine infantil
de extrema calidad con un delicado argumento
lleno de emoción y aventura
 Monsters,
Inc., la nueva odisea digital de la
factoría Pixar de John Lasseter, se
convirtió, mucho antes de su finalización, en
el estreno de animación más esperado de la
temporada. Una de las causas de este inusual
ímpetu por ver lo último del género pixelado
ha sido verificar cómo respondería a la gran
acogida de crítica y público que tuvo a
mediados del año pasado la rival en los
próximos Oscar (estrenando categoría) Shrek, el
contrapunto que la Dreamworks ha
plantado a un sector auspiciado por la Disney.
Ambas obras se han convertido en un auténtico
fenómeno dentro del cine de animación digital
contemporáneo. Las expectativas puestas en el
producto de los creadores de la saga de Toy
Story y A bugs life se han
confirmado con esta prodigiosa cinta como los
monarcas de la esfera animada digital, que
afianza a la Pixar como los auténticos dómines
dentro de un mercado en plena revolución.
 Si el ogro creado por
Andrew Adamson y Vicky
Jenson llevaba consigo la etiqueta de
transgresora con su antifábula políticamente
incorrecta y díscola, la evolución de Pixar
rehabilita con Monsters, Inc. la continuación
de un cine desplegado con un objetivo específico
que radica en devolver al cine infantil su
nobleza, su tono épico y espectacular
y, sobre todo, la ponderación de la calidad en
un género que estaba cayendo, con los
prototípicos musicales animados de Disney, en la
más de las irritantes indolencias. Esta
película dignifica el cine para niños,
ampliando, de forma inteligente, su magnético
efecto hacia unos adultos que disfrutan y viven
el mismo espectáculo que enamora a los más
pequeños. El cine digitalizado que muestra
Monsters, Inc. juega así sus bazas,
que se mueven entre su propósito diáfano de
subir su insuperable listón en el cine de
animación y el descarado entretenimiento,
capturando a un público global que cae rendido,
como ha sucedido en sus tres anteriores obras
maestras, ante la delicadeza de sus
planteamientos y de un acabado formal que roza la
excelsitud.
Pete Docter, alumno
privilegiado del gran maestro Lasseter
(auténtico preceptor del género), recoge el
testigo del oscarizado cineasta para
prolongar el ascendente rumbo del prodigioso
universo de Pixar. Retomando la intención de
Shrek a la hora de destruir los
tópicos del cine de animación, no existen en
Monsters, Inc. los perennes números
musicales a los que sometía la Disney a sus
espectadores, pero sí ese albor e intención
púdica y moral de los términos fundacionales
del cine de animación clásico. La historia
escrita por Andrew Stanton y Daniel
Gerson se centra en la simplicidad
manifiesta de su traslúcida estructura
argumental para que llegue al público demandado,
es decir, al niño. Esta maravilla visual narra
la historia de Sulley y Mike, el mejor equipo de
asustadores de Monstruópolis, currantes de la
empresa Monsters, Inc., dedicada a
conseguir la energía necesaria para la ciudad
procedente de los gritos de los niños de todo el
mundo. Son los mejores, baten récords y Sulley
es una celebridad. Hasta que sus vidas se ven
alteradas por el peligro más temidos por los
habitantes de este cuento, la intrusión en su
mundo de una niña de dos años por culpa del
villano de la cinta, un monstruo malévolo y
ambicioso llamado Randall.
 Con un indisoluble
espíritu familiar de fondo, el filme superpone a
su condición de proeza visual una solvente y
briosa narración aferrada al sentido más
depurado de su condición cristalina, de su
incondicional infantilismo, llena de un agradable
propósito ético que en las películas creadas
por Lasseter obtiene situarse en el legado de
suntuosidad de los mejores trabajos del tío
Walt. Pero esos valores paradigmáticos y
ecuménicos no caen en el siempre fácil empacho,
debido, entre otras muchas cosas, a la buena
combinación que producen sus estudiadas dosis de
acción, humor, drama, aventura y un punto de
ternura en el que los miedos infantiles
y el terror cotidiano representado en el monstruo
que guarda cada armario de niñez, se escarnece y
metamorfosea en la asombrosa animación binaria
de esta factoría de sueños.
 Monsters,
Inc. se acerca más a la línea épica
seguida por las dos partes de Toy
Story que al divertimento fabulesco de
A bugs life, logrando captar el
subconsciente infantil que todos llevamos dentro.
La desmitificación del monstruo aterrador, no
sólo juega con esa intención de salvaguardar la
candidez del pequeño, sino que, entre líneas,
escruta el concepto de corporación moderna, de
las grandes empresas y sus sucios objetivos
basados en la codicia y el poder. Aun así, más
allá de cualquier divagación trascendente,
Monsters, Inc. propone un deleitable
cuento melancólico de la parábola dicotómica
del bien y el mal, de las virtudes de los
valerosos héroes (o antihéroes, como es el
caso) y las terribles inclemencias de los
villanos. Un espléndido apólogo animado con
personajes llenos de vida y emoción en el que
las constantes referencias al cine de los 80 (con
esa soberbia y frenética secuencia de las
puertas que recuerdan a la de Indiana
Jones y el templo maldito) hacen
asequible el sueño de un cine nostálgico, pero
innovado, permutado en un difícil
ennoblecimiento del cine infantil. En
consecuencia, una cinta que representa la
superación modélica y ejemplar de un género
que renace con cada trabajo de esta empresa
digital. Monster, Inc.
identifica su alma melancólica con una frase del
film: "los niños de ahora ya no se asustan
con nada". Un aforismo que hace reflexionar
sobre la precoz pérdida de la inocencia en una
sociedad cada vez más inicua y carente de
integridad. Todo ello bajo las notas de uno de
los compositores fundamentales del cine de
Hollywood, un Randy Newman en plena
forma que consigue con la obra de Docter uno de
sus mejores trabajos hasta la fecha.
Monsters, Inc. es, por tanto, una
de las cintas imprescindibles de la temporada.
Imágenes
de Monstruos, S.A. - Copyright © 2001 Disney /
Pixar. Todos los derechos reservados.
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