CRÍTICA
Miguel
Á. Refoyo
La calidad del cine comercial
con clase
Soderbergh consigue mediante su
habitual maestría basada en el ritmo y en la
visualidad una entretenida cinta en la que la
acción argumental es la auténtica protagonista
Steven
Soderbergh es uno de esos cineastas con una
atípica carrera dentro del sistema
hollywoodiense. Desde que obtuviera, hace ya más
de una década, la Palma de Oro en Cannes con su
ópera prima Sexo, mentiras y
cintas de vídeo, el
considerado como autor total ha
demostrado, a lo largo de una irregular pero
intachable trayectoria, que es uno de los
cineastas más interesantes del séptimo arte
contemporáneo. Estatus que se magnificó con el
merecido Oscar al mejor director que ganara con
su excelente Traffic.
Soderbergh entra con Oceans
eleven en el negocio más refulgente y
comercial de la industria de las estrellas y el
oropel imponiendo, eso sí, sus propias reglas.
Apartándose de cualquier directriz del apático
cine comercial contemporáneo y con multitud de
paralelismos con su obra de culto Out
of sight, esta solaz y sensorial
cinta retoma la constante estructura narrativa de
su director, llevando la libertad de su cine a un
estado puro, de simetría perfecta y pulso
frenético, de constante acción narrativa.
Partiendo de La cuadrilla de los
once, de Lewis Milestone, un film
pequeño realizado en los 60 con Dean Martin, Sammy Davis
Jr. y Frank Sinatra a la
cabeza, Oceans eleven
es utilizada por Soderbergh para exhibir, por
enésima vez, su gran sentido del ritmo visual y
argumental, para brindar un espectáculo de buen
cine comercial escudado en un formidable elenco
de estrellas (Clooney, Pitt, Damon, Roberts, García o Cheadle) alejando
la intención humorística de su predecesora para
transformarla totalmente y brindar un
consuetudinario thriller fundamentado
en la planificación de un atraco y su
ejecución. El cine negro, lleno de acción y
perfecto equilibrio, es la esencia cardinal de la
historia de este grupo de atracadores
profesionales que asaltan el motín de los tres
casinos más lujosos de Las Vegas: el Ballagio,
el MGM y el Mirage.
Ted Griffin logra un
guión bien resuelto donde, a modo de puzzle,
todas las piezas se unen con gran acierto en lo
que se conoce cinematográficamente como el
robo del siglo, el atraco
perfecto, buscando en todo instante el
golpe de efecto fundamentado en las apariencias,
en la prosopopeya del buen ladrón. La pericia de
Soderbergh desune el término reiterativo,
corroído, de remake (término que se
ha convertido en el sinónimo de falta de ideas)
para cristalizar su único y fundamental objetivo
que consiste en obtener una satisfactoria y digna
muestra de cine de entretenimiento. Y vaya si lo
consigue. Oceans Eleven no
busca justificaciones en su índole de cine
comercial, pero sí supera muchas de las absurdas
y caducas tendencias actuales como la apología
emocional de los personajes o la profundización
detallada del argumento, de la causa y el efecto.
Soderbergh se olvida de toda
inconsecuencia para centrarse en el desarrollo de
la confección y realización del atraco, de la
acción como protagonista que hace que
cualquier actor y estrella se haga preponderante
a la trama. Ni siquiera parece importar que
Clooney y Pitt se exhiban menos que Cheadle o
Damon o que la Roberts haga su primer papel de
chica florero en una gran producción
(chiste incluido en los créditos con el
iniciático ...and introducing). Sin
ninguna fisura aparente y con una meritoria
disposición narrativa realmente fabulosa, la
acción requiere de una protagonista principal
como es la ciudad de Las Vegas, extrayendo,
mediante el habitual análisis de la luz y la
fotografía (el propio Soderbergh bajo el
seudónimo de Peter Andrews), el espíritu de
ludopatía y falso espectáculo de la ciudad de
neón, diseccionando el alma de una metrópoli
distintiva tomando la licencia de incluir
múltiples guiños privados con la inclusión de
célebres boxeadores, inmensos casinos y
personajes del entorno VIP del paraíso del
juego.
Los
personajes de Oceans Eleven
entran y salen en la acción sin exceso de
preeminencia, dejando que sea la hazaña
infractora de los ladrones la que fundamente sus
apariciones, efecto que engrandece cualquier
intervención del excelente reparto (a destacar
un renovado Andy García).
Oceans eleven se goza,
subsiste, complace y acaba por enaltecerse
embellecida con un magnífico score
de David Holmes y una
fuerza visual procedente de un montaje riguroso y
ejemplar, dotado de un progreso evolutivo
envidiable. Todos estos elementos dan como
consecuencia un gran thriller de
acción que tiene como gran virtud la poca
trascendencia de sus aspiraciones. El engranaje
del rompecabezas asigna su propia dificultad en
la mera simplicidad de su silogismo, con el que
Soderbergh alecciona con una perfecta
elucidación acerca del tempo narrativo, la
inquietud formal y una solvente dinámica en
cuanto a texturas y formas visuales se refiere,
lo que le sitúa, dentro de la lucrativa
industria, como la antitesis del cine made
in USA al que estamos acostumbrados. Es
decir, la certificación de uno de los mejores
talentos del cine actual.
Imágenes
de Ocean's eleven - Copyright © 2001 Warner
Brothers, Village Roadshow Productions y Jerry
Weintraub Productions. Fotos por Bob Marshak.
Todos los derechos reservados.
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