CRÍTICA
Miguel
Á. Refoyo
Preguntas
de un destino subrepticio
Peter Chelsom obtiene un digno
fresco romántico y urbano enalteciendo un
género ya de por sí menospreciado
Las
comedias románticas contemporáneas, saturadas
de presunciones, despropósitos y estulticia han
ido cayendo progresivamente en una empalagosa
edulcoración tan artera como cargante. Un hecho
que revela que, pese a efectivas muestras de la
inconfundible pareja de este tipo de cine
autocomplaciente constituida por Tom Hanks y Meg Ryan, no
encuentra productos a la altura de la integridad
de un género que es, infatigablemente,
pulverizado por la crítica más adusta y los
insoportables eruditos conceptualistas. Muchas
veces, debido a la propia inconsistencia de sus
redundados planteamientos. Pero siempre existen
raras anomalías que delimitan el frágil camino
que separa el despropósito de la coherencia
cuando se trata de preguntarse en torno al gran
misterio de la humanidad que simboliza el amor.
Hay pequeñas obras modernas que abren vías de
originalidad para abandonar la fatua y usual
pretenciosidad emocional y plantear solventes
argumentos sobre relaciones o enamoramientos.
Ejemplos claros de sólidas comedias románticas
bien diferenciadas en el tiempo fueron la exitosa
Algo para recordar, de Nora Ephron, la
postergada opera prima de Cameron
Crowe Singles o la
encantadora Un día inolvidable, de Michael
Hoffmann, que impusieron, entre otras
muchas, su solidez frente a posteriores productos
como Una pareja casi perfecta, Algo que
contar, Novia a la
fuga, Nunca me han
besado, incluso la oscarizada Shakespeare in Love.
Pero la
comedia romántica es un género que suele errar
en su específica simetría argumental con la
reiteración de cánones, patrañas amorosas y un
tono melindroso que termina por agotar sus
escasas posibilidades de innovación. Pero no
todas las comedias genéricas acometen estos
modelos estándar de la misma forma. Una
excepción es la última película de Peter
Chelsom que, acostumbrado a comedias de enredo
como Enredos de
sociedad, ejerce su dominio
narrativo para describir, de un modo práctico y
con eficiencia, una hermosa y austera
fábula sobre las determinaciones que devienen
del destino, de todo aquello que depara
el azar. Esta sugestiva obra se sitúa
intencionadamente a principios de los 90, una
época que engloba un declive de valores,
emociones, de una cultura y un espíritu perdidos
y que en el film encuentran su alegato en la
renuncia a conceptos como la establecida
globalización tecnológica, cuyo mensaje
subversivo muestra una evolutiva pérdida del
romanticismo actual. La historia de
Serendipity, siguiendo una
equilibrada línea de cohesión bastante
simplista, relata el breve encuentro de un hombre
y una mujer que comparten espacio y tiempo
durante unas horas que marcarán para siempre sus
respectivas vidas. Ambos deciden dejar su
reencuentro en manos del azar, buscando que el
destino les una de nuevo.
Lo
que realmente funciona en esta comedia es la
disociación de la pareja apenas arranca el
filme, para dedicarse, desde ese instante, a
jugar con elementos que perfilan un interesante
clustering emocional y de situaciones
(el billete con el teléfono de él, el libro de
García Márquez con el de ella, el juego de
guantes compartido...) que van entrecruzando la
acción y las vidas de estos dos idealistas,
ciegos devotos del sino romántico. La gracia de
la película de Chelsom reside, por tanto, en una
paradójica previsibilidad de todo aquello que
está contando y mostrar en todo momento las
intenciones de una historia que si bien reúne
los condimentos habituales del género, se
distancia de sus contrariedades por varios
elementos que la hacen especial. Como los
estudiados y prácticos giros de la acción,
llevados por el hado sentimental de la desunida
pareja o por la importancia que adquieren unos
secundarios (estupendos Jeremy
Piven y Molly Shannon) que
aportan a la a trama las claves para el esperado
happy end. Serendipity es
una película tan eterna como efímera y
tan perdurable como costumbrista, que obedece a
lo que signifique para cada espectador y
que reclama la atención de éste con honestidad,
transitando derroteros desligados de toda
artificiosidad, subsanando el humor absurdo o el
gag mal insertado (de ahí que se
acentúe la breve intervención el impagable Eugene Levy). Si a
todo ello añadimos la credibilidad de John Cusack (uno de
los mejores intérpretes del cine moderno) y la
dulzura de una bella británica como Kate
Beckinsale, pareja absuelta de la terrible
etiqueta de estrellas como reclamo en
taquilla, tenemos una decentísima comedia
romántica como es ésta.
Diserta
este cuento, como no podía ser de otra manera,
sobre la copiosa noción del amor, de la
búsqueda de un simbología probablemente
inexistente y de la predestinación mostrada como
lo que es, algo inconsistente, pero a la vez
quimérico y maravilloso. Un fatum que prevalece
durante los 90 minutos de la cinta, hasta un
final feliz que ha mantenido unidos, en la
distancia, a dos personajes que sólo comparten
plano menos de diez minutos en pantalla. Lo
ingenioso de la comedia de Chelsom es el
posterior efecto final que deja vislumbrar una
impredecible cuestión sobre todo la acción,
debido a la vida antagónica de sus personajes.
Serendipity es una muestra de
comedia más o menos doblegada a los preceptos
genéricos, pero que se inclina por no mostrar la
vena más sensible del amor, sino en la
obsesión quimérica por creer en él. Una
fábula urbana sobre los deseos, sobre el
arquetipo del amor idealizado, que deja a un lado
cualquier temática melindrosa de la pareja
perfecta. Por último, se enfatiza Nueva York
como personaje fundamental de la historia,
manifestado en las bellas secuencias de la pista
de patinaje de Central Park con las difuntas
Torres Gemelas de fondo que abre y cierra la
película. Una curiosa reflexión la que se puede
hacer acerca del destino del 11 de septiembre, un
hado que en Serendipity da vida a su
sentido de ser y proporciona un pequeño hueco en
el corazón de cada uno de los que disfruten esta
correcta película.
Imágenes
de Serendipity - Copyright © 2001 Miramax Films
y Tapestry Films. Fotos por David Lee. Todos los
derechos reservados.
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