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VIDOCQ


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Dirección: Pitof.
País:
Francia.
Año: 2001.
Duración: 100 min.
Interpretación: Gérard Depardieu (Vidocq), Guillaume Canet (Etienne Boisset), Inés sastre (Préah), André Dussollier (Lautrennes), Edith Scob (Sylvia), Moussa Maaskri (Nimier), Jean-Pierre Gos (Tauzet), Isabelle Renauld (Marine Lafitte), Jean-Pol Dubois (Belmont).
Guión: Jean-Christophe Grance y Pitof.
Producción: Dominique Farrugia.
Música: Bruno Coulais.
Fotografía:
Jean-Pierre Sauvaire.
Montaje: Thierry Hoss.
Dirección artística: Jean Rabasse.
Vestuario: Carine Sarfati.
Decorados: Françoise Benoît-Fresco.

 

CRÍTICA por
Tònia Pallejà

Vidocq: El fantastique digital, la experiencia visual

1830. Un París atrapado en el interior de una burbuja de ámbar hierve febril en los albores de la segunda revolución. Una ciudad cubierta por un cielo plomizo de nubes oxidadas que, como si se tratara de un castigo divino, fustiga con sus rayos a insignes personajes cuyos sombreros de copa se alzan amenazantes desafiando a la tormenta. Un París de callejones húmedos y oscuros, de noches tenebrosas en las que ondean capas negras, corruptos burgueses que buscan alimento para su vanidad circulan en fantasmales carruajes, y un villano hace su aparición como una sombra, cubierto su rostro por una enigmática máscara hecha de espejo. Claustrofóbicos muros de piedra o de rostros grotescos, personajes turbios, sótanos sórdidos, interiores de preciosista decoración abigarrados de objetos. Un París de época pero que, como un triángulo mítico y atemporal, hunde sus vértices en el gótico, el barroco y el exotismo oriental. Un París mágico, aunque muy diferente de la ciudad vitalista y luminosa que nos mostraba aquella Amélie de Jeunet (emparentado profesionalmente, al igual que Caro, con Pitof). Ese París inhóspito, lúgubre, siniestro, con brillos de oro viejo, es el escenario en el que discurre Vidocq. Una experiencia sensorial a través de la cual se abre paso este thriller fantástico, folletinesco, al igual que los protagonistas de la historia, entre los bajos fondos de una ciudad convulsionada por importantes cambios sociales y políticos. Burdeles, fumaderos de opio y esa fundición de vidrio llena de laberínticos pasillos subterráneos en la que el detective que da título al film desaparece inmolado por las llamas de un horno tras enfrentarse al malvado Alquimista en las primeras secuencias. A partir de ahí, la película -la investigación de lo sucedido- es conducida por Etienne Boisset, un joven periodista, biográfo de Vidocq, que trata de hallar respuesta al enigma siguiendo los pasos de la popular figura.

Vidocq es una muestra más de ese cine que recientemente se está explotando en el país vecino y que se exporta tan bien. Un cine que, en el extremo opuesto a ese otro -también francés-, intimista, dialogado, costumbrista, intenta erigirse con identidad propia bebiendo de su propia tradición y conjugando su experimental apuesta con la comercialidad. En Vidocq encontramos el cómic, el fantastique, la ciencia ficción, el videoclip, la literatura de Edgar Allan Poe y la influencia de la factoría Hammer por partes iguales, consiguiendo una mezcla sólida, sin grumos, de renovada apariencia familiar. Al igual que Delicatessen y La ciudad de los niños perdidos (cuyos efectos especiales fueron responsabilidad de Pitof), Vidocq destaca por su tratamiento visual, un detallista diseño de producción, que juega con luces, colores y texturas gracias a la digitalización de las imágenes. Pero a diferencia de El pacto de los lobos - ese collage desmesurado que no es capaz de esconder sus costuras-, Vidocq no se queda en mera estética, ya que detrás de este film -escrito por Grangé- encontramos una historia bien dibujada, de suspense latente, que no desvirtúa su sorprendente y hermosa facturación.

El debut en la dirección de Pitof recupera un personaje real que ha pasado a formar parte del folklore galo con el devenir de los años. Vidocq fue un famoso ladrón del siglo XIX que acabó convertido en policía y entre cuyas aportaciones al cuerpo de seguridad se encuentran la creación de la Sureté -la jefatura de seguridad- y la introducción de la balística en la investigación criminal. Vidocq, que al igual que el detective de Sleepy Hollow tiene conocimientos científicos y usa extraños artilugios, se supone un héroe público y su desaparición conmociona a la población y a las autoridades de la ciudad. Pero su paso de delincuente a investigador y sus posteriores hazañas son resumidas durante los títulos de crédito iniciales a través de los titulares de algunos periódicos, por lo que en todo caso, más que tratarse de una película sobre Vidocq, el film es una reconstrucción de uno de sus casos, el que le conduce a la perdición. También habría que señalar que Vidocq, como personaje, no puede evitar verse eclipsado por la carismática figura del Alquimista, un criminal con poderes sobrenaturales que se esconde tras una máscara hecha de espejo. Sus víctimas se ven reflejadas en ella en el momento de su muerte, y es entonces cuando ésta absorbe sus almas y se ve fortalecida. Una vez más nos encontramos ante una reinvención de la leyenda del vampiro, un eslabón más en esa tradición cinematográfica en la que la mirada del asesino -o el objetivo de su cámara- roba la vida a sus presas.

Costaría encontrar baches o excesos en el desarrollo de este espléndido film que no pudieran considerarse licencias argumentales o del género, porque uno ya sabe que se encuentra ante un delirio imposible no concebido para la razón. Sin embargo, su principal problema se halla en el momento en que la película llega a su fin. Es entonces, con la resolución del misterio, cuando a Vidocq le cuesta justificar, dentro de su propia trama, la existencia de sus casi dos horas de metraje. Una pena, teniendo en cuenta que hasta ese instante cualquier trampa o engaño habían sido calculadamente previstos y operaban en favor de su intriga.

En cuanto a los actores, es de agradecer que Gérard Depardieu haya recuperado su dignidad tras su lamentable intervención en 102 dálmatas; no es que sienta un especial cariño y admiración por su persona, pero su ejecución en esta película es notable y se atreve con algunas escenas de acción que resuelve de manera correcta. También resulta satisfactorio el trabajo de otros rostros reconocibles del cine francés, como el del joven Guillaume Canet y el veterano André Dussollier. Por último, la intervención de Inés Sastre, como bailarina-prostituta, amante y fiel amiga de Vidocq, aporta el toque sensual a esta historia, y encarna a un personaje habitual en este tipo de novelesca (Monica Bellucci lo era en la reciente El pacto de los lobos), y consigue, al igual que Depardieu, que este título no se vea contagiado por la mala suerte que acompaña a otras cintas en las que aparecen sus nombres entre el reparto. No en vano, Vidocq arrasó en la pasada edición del Festival de Sitges consiguiendo cinco premios, tres de ellos como mejor película, director revelación y mejores efectos especiales.


CANAL #CINE. Revista de cine colaboradora


Imágenes de Vidocq - Copyright © 2001 CNC, Le Studio Canal+, RF2K Productions, Rigolo Films 2000 y TF1 Films Productions. Todos los derechos reservados.

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