CRÍTICA
por Tònia
Pallejà
Vidocq: El
fantastique digital, la experiencia visual
1830. Un
París atrapado en el interior de una burbuja de
ámbar hierve febril en los albores de la segunda
revolución. Una ciudad cubierta por un cielo
plomizo de nubes oxidadas que, como si se tratara
de un castigo divino, fustiga con sus rayos a
insignes personajes cuyos sombreros de copa se
alzan amenazantes desafiando a la tormenta. Un
París de callejones húmedos y oscuros, de
noches tenebrosas en las que ondean capas negras,
corruptos burgueses que buscan alimento para su
vanidad circulan en fantasmales carruajes, y un
villano hace su aparición como una sombra,
cubierto su rostro por una enigmática máscara
hecha de espejo. Claustrofóbicos muros de piedra
o de rostros grotescos, personajes turbios,
sótanos sórdidos, interiores de preciosista
decoración abigarrados de objetos. Un París de
época pero que, como un triángulo mítico y
atemporal, hunde sus vértices en el gótico, el
barroco y el exotismo oriental. Un París
mágico, aunque muy diferente de la ciudad
vitalista y luminosa que nos mostraba aquella Amélie de Jeunet
(emparentado profesionalmente, al igual que Caro, con Pitof). Ese
París inhóspito, lúgubre, siniestro, con
brillos de oro viejo, es el escenario en el que
discurre Vidocq.
Una experiencia sensorial a través de la cual se
abre paso este thriller fantástico,
folletinesco, al igual que los protagonistas de
la historia, entre los bajos fondos de una ciudad
convulsionada por importantes cambios sociales y
políticos. Burdeles, fumaderos de opio y esa
fundición de vidrio llena de laberínticos
pasillos subterráneos en la que el detective que
da título al film desaparece inmolado por las
llamas de un horno tras enfrentarse al malvado
Alquimista en las primeras secuencias. A partir
de ahí, la película -la investigación de lo
sucedido- es conducida por Etienne Boisset, un
joven periodista, biográfo de Vidocq, que trata
de hallar respuesta al enigma siguiendo los pasos
de la popular figura.
Vidocq
es una muestra más de ese cine que recientemente
se está explotando en el país vecino y que se
exporta tan bien. Un cine que, en el extremo
opuesto a ese otro -también francés-,
intimista, dialogado, costumbrista, intenta
erigirse con identidad propia bebiendo de su
propia tradición y conjugando su experimental
apuesta con la comercialidad. En Vidocq
encontramos el cómic, el fantastique, la
ciencia ficción, el videoclip, la literatura de
Edgar Allan Poe y la influencia de la factoría
Hammer por partes iguales, consiguiendo una
mezcla sólida, sin grumos, de renovada
apariencia familiar. Al igual que Delicatessen y La
ciudad de los niños perdidos (cuyos
efectos especiales fueron responsabilidad de
Pitof), Vidocq destaca
por su tratamiento visual, un detallista diseño
de producción, que juega con luces, colores y
texturas gracias a la digitalización de las
imágenes. Pero a diferencia de El pacto
de los lobos - ese collage
desmesurado que no es capaz de esconder sus
costuras-, Vidocq no se queda en mera
estética, ya que detrás de este film -escrito
por Grangé- encontramos una historia
bien dibujada, de suspense latente, que no
desvirtúa su sorprendente y hermosa
facturación.
El debut en
la dirección de Pitof recupera un personaje real
que ha pasado a formar parte del folklore galo
con el devenir de los años. Vidocq fue un famoso
ladrón del siglo XIX que acabó convertido en
policía y entre cuyas aportaciones al cuerpo de
seguridad se encuentran la creación de la Sureté
-la jefatura de seguridad- y la introducción de
la balística en la investigación criminal.
Vidocq, que al igual que el detective de
Sleepy
Hollow tiene conocimientos
científicos y usa extraños artilugios, se
supone un héroe público y su desaparición
conmociona a la población y a las autoridades de
la ciudad. Pero su paso de delincuente a
investigador y sus posteriores hazañas son
resumidas durante los títulos de crédito
iniciales a través de los titulares de algunos
periódicos, por lo que en todo caso, más que
tratarse de una película sobre Vidocq, el film
es una reconstrucción de uno de sus casos, el
que le conduce a la perdición. También habría
que señalar que Vidocq, como personaje,
no puede evitar verse eclipsado por la
carismática figura del Alquimista, un criminal
con poderes sobrenaturales que se esconde tras
una máscara hecha de espejo. Sus
víctimas se ven reflejadas en ella en el momento
de su muerte, y es entonces cuando ésta absorbe
sus almas y se ve fortalecida. Una vez más nos
encontramos ante una reinvención de la leyenda
del vampiro, un eslabón más en esa tradición
cinematográfica en la que la mirada del asesino
-o el objetivo de su cámara- roba la vida a sus
presas.
Costaría
encontrar baches o excesos en el desarrollo de
este espléndido film que no pudieran
considerarse licencias argumentales o del
género, porque uno ya sabe que se encuentra ante
un delirio imposible no concebido para la razón.
Sin embargo, su principal problema se halla en el
momento en que la película llega a su fin. Es
entonces, con la resolución del misterio, cuando
a Vidocq le cuesta justificar, dentro de
su propia trama, la existencia de sus casi dos
horas de metraje. Una pena, teniendo en cuenta
que hasta ese instante cualquier trampa o engaño
habían sido calculadamente previstos y operaban
en favor de su intriga.
En cuanto a
los actores, es de agradecer que Gérard
Depardieu haya recuperado su dignidad tras su
lamentable intervención en 102 dálmatas; no
es que sienta un especial cariño y admiración
por su persona, pero su ejecución en esta
película es notable y se atreve con algunas
escenas de acción que resuelve de manera
correcta. También resulta satisfactorio el
trabajo de otros rostros reconocibles del cine
francés, como el del joven Guillaume
Canet y el veterano André
Dussollier. Por último, la intervención de Inés
Sastre, como bailarina-prostituta, amante
y fiel amiga de Vidocq, aporta el toque sensual a
esta historia, y encarna a un personaje habitual
en este tipo de novelesca (Monica
Bellucci lo era en la reciente El pacto
de los lobos), y consigue, al igual que
Depardieu, que este título no se vea contagiado
por la mala suerte que acompaña a otras cintas
en las que aparecen sus nombres entre el reparto.
No en vano, Vidocq
arrasó en la pasada edición del Festival de
Sitges consiguiendo cinco premios, tres de ellos
como mejor película, director revelación y
mejores efectos especiales.

Imágenes
de Vidocq - Copyright © 2001 CNC, Le Studio
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