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VIDOCQ


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Dirección: Pitof.
País:
Francia.
Año: 2001.
Duración: 100 min.
Interpretación: Gérard Depardieu (Vidocq), Guillaume Canet (Etienne Boisset), Inés sastre (Préah), André Dussollier (Lautrennes), Edith Scob (Sylvia), Moussa Maaskri (Nimier), Jean-Pierre Gos (Tauzet), Isabelle Renauld (Marine Lafitte), Jean-Pol Dubois (Belmont).
Guión: Jean-Christophe Grance y Pitof.
Producción: Dominique Farrugia.
Música: Bruno Coulais.
Fotografía:
Jean-Pierre Sauvaire.
Montaje: Thierry Hoss.
Dirección artística: Jean Rabasse.
Vestuario: Carine Sarfati.
Decorados: Françoise Benoît-Fresco.

 

CRÍTICA por
Julio Rodríguez Chico
Valoración: *****

Siniestra trama detectivesca en envoltorio digital

Que esta "opera prima" del mago de los efectos especiales Pitof (ya demostrado en su trabajo en La ciudad de los niños perdidos) es innovadora no cabe la menor duda. Que logre dar fuerza a la trama y profundidad a los personajes, es otra cuestión muy discutible. Parece que, por momentos, la tecnología se le sube a la cabeza y sólo busca un campo para la experimentación formal, de manera que ésta sofoca y asfixia la historia.

La novedad y peculiaridad de esta película radica en haber sido rodada íntegramente en vídeo digital, con abundantes retoques por ordenador introducidos en la etapa de postproducción. Ello permite una mayor definición, imprimir cierto sentido pictórico a la imagen e introducir encuadres atrevidos, planos contrapicados y subjetivos; además de las aceleraciones que experimenta la imagen y los personajes recortados en atmósferas irreales e irrespirables. El resultado es original y sugestivo e, indudablemente, provocador.

Si a esto añadimos los abundantes primerísimos planos que se suceden a ritmo vertiginoso, el uso exagerado del gran angular o las peleas al "estilo Matrix", tendremos una estética llena de modernidad y con carácter experimental que no será del agrado de todos los espectadores. Las aportaciones a la historia del cine son patentes y abre las puertas a futuras producciones, que se verán además favorecidas por el abaratamiento del rodaje. Quizá por todo esto ha obtenido los más importantes galardones en el pasado festival de Sitges.

Ambientada en la Francia de 1830, nos cuenta las indagaciones de un joven periodista para desentrañar la muerte de Vidocq y así poder escribir su biografía. El asesinado es un detective -en otro tiempo ladrón y presidiario que llegó a ser jefe de la policía parisina- al servicio de la Prefectura de Seguridad, que en las últimas semanas investigaba un supuesto complot revolucionario contra la monarquía de Carlos X. La historia, narrada por medio de varios flash back engarza las pistas que varios personajes aportan al biógrafo y que complican progresivamente la trama en la búsqueda del misterioso asesino.

El clima de intriga y misterio están presentes desde el inicio, con un asesino que cubre su rostro con una máscara de vidrio. El ambiente, presentado con crudo realismo, es el de las calles sucias y estrechas de París, plagadas de burdeles y de promiscuidad. Los decorados imposibles se hacen posibles gracias a la técnica digital y contribuyen a crear un clima agobiante, siniestro, turbador y degradante, al servicio de un guión que podía haber dado mucho más de sí.

Aunque se trate de un thriller fantástico sin pretensiones de historicidad, su origen está en un personaje real de la caótica Francia prerrevolucionaria, mito llevado a la novela por Balzac, Victor Hugo o Dumas. Resulta fundamental la labor de casting para encomendar su interpretación a Gérard Depardieu, cuyo talento y portentosa humanidad sostienen toda la película. Los secundarios cumplen discretamente su papel, con la española Inés Sastre dando vida a un personaje enigmático y ambiguo que interpreta con solvencia.

En el trasfondo, Pitof nos ofrece un mundo degradado hasta límites insospechados, donde laten referencias a espíritus demoníacos y celestiales que vienen a condenar a quienes -en su narcisismo- buscan el elixir de la eterna juventud. Ese ambiente es retratado con un tono sensual y obsceno en varias secuencias, con desagradables imágenes de sacrificios de doncellas vírgenes, perversas orgías o submundos donde el opio y la explotación anulan a la persona. Esta estética del gusto por lo malsano y lo turbador -de un realismo extremadamente plástico- y el carácter experimental de la cinta hacen que la historia se convierta en angustiosa y opresiva, y que la película no deje buen sabor de boca en el espectador.

Estamos ante un deslumbrante espectáculo barroco lleno de florituras, que busca explorar las posibilidades estéticas del vídeo, pero que en realidad se limita a dar un superficial maquillaje a la historia. No permite al espectador conectar con los protagonistas, como si él fuera quien llevase la máscara de vidrio del Alquimista, y ésta le separase de la realidad.


Imágenes de Vidocq - Copyright © 2001 CNC, Le Studio Canal+, RF2K Productions, Rigolo Films 2000 y TF1 Films Productions. Todos los derechos reservados.

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La Butaca © 1999 Ángel Castillo Moreno. Valencia (España)
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