CRÍTICA
por
Miguel A. Delgado
La propia existencia de esta película raya en el milagro,
y esa misma condición se convierte en un problema a la hora de
valorarla desde un punto de vista crítico. De hecho, la única
posición honrada para abordarla es distinguir entre las
circunstancias en que fue realizada (dos años después del inicio
de la guerra de Iraq, con la única cámara de 35 mm. existente en
todo el país y en las peores condiciones imaginables, secuestro
de una parte del equipo incluido) y sus resultados artísticos.
Desde la primera perspectiva, no deja de ser admirable que sus
responsables no hayan cejado en ningún momento en su empeño de
llevarla a término a pesar de todas las dificultades. Así, su
visionado se convierte en un testimonio insustituible, pues
frente a una cinta como, por ejemplo, "Redacted",
de Brian de Palma, en este caso son los propios iraquíes quienes
narran sus sufrimientos antes y después de la invasión, y los
soldados norteamericanos tan sólo la presencia que sobrevuela el
caos y la destrucción que una noche se abalanzan sobre Bagdad,
la fuerza a la que temer, como las milicias o el omnipresente
Saddam Hussein de los años previos a la caída de su régimen. Una
perspectiva que enriquece el film, y que lo convierte en
imprescindible para quien quiera asomarse al laberinto en el que
se encuentra sumido en estos momentos el país asiático.
Sin embargo, hay otra perspectiva que tampoco podemos obviar, y
es la de si los resultados están a la altura de sus intenciones,
y es inevitable decir que no. Indudablemente, la situación de
extrema precariedad con la que ha sido realizada influye en que
la historia de los tres personajes a los que el bombardeo
estadounidense encuentra en el interior de un psiquiátrico (un
soldado desertor, una mujer que ha visto cómo la policía secreta
se lleva al hombre que ama durante la celebración de su boda, y
un joven médico altruista que intenta, en mitad del caos y la
falta de medios, cuidar de sus pacientes), no acabe de funcionar
como ficción. Los diálogos, la manera en como se van sucediendo
las escenas, tienen mucho de aficionado, y eso impide que, en
más ocasiones de las deseables, la dureza de las tres historias
llegue con la potencia debida al espectador.
Claro que de fondo está una Bagdad desolada que posee más fuerza
en su capacidad de transmitir el caos y la barbarie que los más
sofisticados efectos especiales, con esas calles sin ley en las
que cualquier cosa es posible. Quizá podría pensarse que la
comparación con las películas neorrealistas rodadas justo al
acabar la Segunda Guerra Mundial sea injusta, por cuanto la
situación en la Italia liberada, aunque extrema, era la de un
país que empezaba a salir de su pesadilla, mientras que aún
resulta imposible vislumbrar la luz al final del túnel iraquí.
Pero tampoco parece menos cierto que
Mohamed Al-Daradji
no es Roberto Rossellini, y que los logros de uno y otro se
antojan demasiado lejanos.
Finalmente,
cabe plantearse: ¿qué es lo que debe pesar más a la hora de
emitir una opinión sobre esta cinta? ¿Tener en cuenta su
condición de grito desesperado, de llamada de socorro que a
duras penas (la película fue hecha hace tres años) encuentra
minúsculos huecos en los que dejarse oír en medio de visiones
ajenas del infierno en el que se han convertido sus calles? ¿O
dejar todo ello a un lado y compararla con el resto de los
títulos que llegan a nuestra cartelera, realizados a buen seguro
en mejores condiciones, o sin que al menos la vida de los que
participan en ellos estuviese en riesgo? Una cuestión que, en
último término, es el espectador quien debe responderla.
Calificación:
    
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