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LA BODA DE MI NOVIA
(Made of honor)


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Dirección: Paul Weiland.
País:
USA.
Año: 2008.
Duración: 101 min.
Género: Comedia romántica.
Interpretación: Patrick Dempsey (Tom Bailey), Michelle Monaghan (Hannah), Kevin McKidd (Colin), Kathleen Quinlan (Joan), Sydney Pollack (Sr. Thomas).
Guión: Adam Sztykiel, Deborah Kaplan y Harry Elfont; basado en un argumento de Adam Sztykiel.
Producción: Neal H. Moritz.
Música: Rupert Gregson-Williams.
Fotografía:
Tony Pierce-Roberts.
Montaje: Richard Marks.
Diseño de producción: Kalina Ivanov.
Vestuario: Penny Rose.
Estreno en USA: 2 Mayo 2008.
Estreno en España: 30 Mayo 2008.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Que las relaciones entre cine y televisión se han intensificado en los últimos años es un rasgo tan evidente como inexacto. De toda la vida se han traspasado argumentos e intérpretes entre ambos medios, el problema que observo en esta tendencia renovada es que las fronteras empiezan a diluirse con consecuencias imprevistas. Muchas series norteamericanas presentan una calidad cinematográfica que le da mil vueltas a la producción hollywoodiense más costosa, y, en sentido opuesto, algunas películas parecen simples episodios piloto donde el actor de turno busca copar portadas. "La boda de mi novia" se halla en esta última categoría, cada vez más alejada en términos visuales de la comedia romántica clásica, aunque la historia nunca cambie.

 

  Deberíamos dejar de considerar a la previsibilidad del cine romántico como una lastra y tomarla como un rasgo definitorio e ineludible. Sólo así podrían disfrutarse productos que parecen fabricados en cadena sin sonrojo ante la falta de originalidad en los planteamientos, situaciones, gags y motivaciones de los personajes. El que aquí nos incumbe es Tom Bailey, un Patrick Dempsey que llevaba años pateándose cintas de segunda hasta que se cruzó en su vida “Anatomía de Grey”, ese culebrón disfrazado de serie prestigiosa. Los puntos en común entre la plataforma de éxito del actor y la presente película son varios, aunque el talante sereno —léase limitado— de Dempsey se transforme en la desfachatez torpona de las heroínas antes encarnadas por Julia Roberts o Meg Ryan. Una historia estirada hasta la saciedad para marear la perdiz de los sentimientos que, a vista del espectador, son tan cristalinos que no hace falta diploma de terapeuta para estar seguro. Todo ello aderezado con una banda sonora repleta de canciones tópicas a más no poder, que resulten reconocibles y vendan una cifra aceptable de discos.

  El inefable título lo insinúa a medias —dentro de su ridiculez: decir “La boda de mi novia” sería como afirmar “El divorcio de mi esposa”. Quizá para evitar lo obvio de “La boda de mi mejor amiga”, aunque tampoco me habría sorprendido el atrevimiento—. La cosa va —a ver si le suena a alguien...— de un galán rompecorazones que tiene una amiga del alma, Hannah, desde sus tiempos universitarios y en la que no se le ocurre fijarse a pesar de que comparten aficiones, gustos, peripecias y que la chica está de bastante buen ver —Michelle Monaghan se come las escenas junto a Dempsey con sólo chasquear los dedos—. Justo poco antes de que ella decida casarse con otro —Kevin McKidd, al que algunos reconocerán como el querido Lucius Vorenus de otra serie, “Roma”—, Tom se ha dado cuenta de que ama a Hannah, «siempre lo he hecho y siempre lo haré» —de tanto oír la frasecita ya no debería ablandar a nadie—. Sembrado el conflicto, previsto el desarrollo: estrategias varias para reconquistar a la dama, pasadas por el filtro de las meteduras de pata y el slapstick más sobado, los consejos de amiguetes —partidos de baloncesto incluidos— y las renuncias caballerosas.

  Paul Weiland, el director de esta inofensiva cinta del montón, ni siquiera consigue distanciarse de los recursos típicos que ya cantan más que un muerto. Desde los paseos iniciales por Manhattan que dibujan a una pareja perfecta condenada a separarse por un intruso —"Serendipity" (2001), entre las recientes—, pasando por las escenas de restaurante —en las que se emplean mareantes cámaras circulares que ni saben lo que buscan expresar—, hasta carreras a caballo, rescates bajo la lluvia y obligadas estancias en sitios pintorescos... Vamos, que como demostraba la aburridísima "Conociendo a Jane Austen" (2007), todas estas tramas las inventó la escritora inglesa y pocos guionistas y realizadores se atreven a darle la vuelta a este romanticismo rancio, o, al menos, buscarle una justificación entretenida y fresca. Como mucho, contratar a una personalidad famosa para que haga su cameo —el fallecido esta misma semana Sydney Pollack—, colocar un par de personajes estrafalarios que hagan la (escasa) gracia —el compañero de baloncesto que parece sacado de "Napoleon Dynamite" (2004) o la abuela con unas bolas chinas a modo de collar luminoso—, y la contextualización de la boda en una sociedad escocesa estereotipada a gusto del estadounidense medio que sólo entiende de extranjeros al extremo.

  Si la vida fuese como el cine, los invitados no ganarían para regalos frustrados. Los organizadores de bodas, en cambio, se frotarían las manos, como deben hacer quienes sean muy entusiastas de Dempsey o de la comedia romántica balsámica y, de puro repetitiva, hasta familiar y acogedora. Y a pesar de que Cary Grant ya reventase el más alocado de los enlaces —"Historias de Filadelfia" (1940)— y de que una larga lista de hombres escogiesen en la gran y pequeña pantalla la oportunidad de una boda para expresar sus sentimientos. Por lo menos, el día en que alguien vea una escena parecida en una ceremonia real, estará curado de sorpresa.

Calificación:


Imágenes de "La boda de mi novia" - Copyright © 2008 Columbia Pictures, Relativity Media y Original Film. Fotos por Peter Iovino y Giles Keyte. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

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