CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Que las relaciones entre cine y televisión se han intensificado
en los últimos años es un rasgo tan evidente como inexacto. De
toda la vida se han traspasado argumentos e intérpretes entre
ambos medios, el problema que observo en esta tendencia renovada
es que las fronteras empiezan a diluirse con consecuencias
imprevistas. Muchas series norteamericanas presentan una calidad
cinematográfica que le da mil vueltas a la producción
hollywoodiense más costosa, y, en sentido opuesto, algunas
películas parecen simples episodios piloto donde el actor de
turno busca copar portadas. "La boda de mi novia" se halla en
esta última categoría, cada vez más alejada en términos visuales
de la comedia romántica clásica, aunque la historia nunca
cambie.
Deberíamos dejar de considerar
a la previsibilidad del cine romántico como una lastra y tomarla
como un rasgo definitorio e ineludible. Sólo así podrían
disfrutarse productos que parecen fabricados en cadena sin
sonrojo ante la falta de originalidad en los planteamientos,
situaciones, gags y motivaciones de los personajes. El que aquí
nos incumbe es Tom Bailey, un Patrick Dempsey
que llevaba años pateándose cintas de segunda hasta que se cruzó
en su vida “Anatomía de Grey”, ese culebrón disfrazado de serie
prestigiosa. Los puntos en común entre la plataforma de éxito
del actor y la presente película son varios, aunque el talante
sereno —léase limitado— de Dempsey se transforme en la
desfachatez torpona de las heroínas antes encarnadas por Julia
Roberts o Meg Ryan. Una historia estirada hasta la saciedad para
marear la perdiz de los sentimientos que, a vista del
espectador, son tan cristalinos que no hace falta diploma de
terapeuta para estar seguro. Todo ello aderezado con una banda
sonora repleta de canciones tópicas a más no poder, que resulten
reconocibles y vendan una cifra aceptable de discos.
El inefable título lo insinúa a
medias —dentro de su ridiculez: decir “La boda de mi novia”
sería como afirmar “El divorcio de mi esposa”. Quizá para evitar
lo obvio de “La boda de mi mejor amiga”, aunque tampoco me
habría sorprendido el atrevimiento—. La cosa va —a ver si le
suena a alguien...— de un galán rompecorazones que tiene una
amiga del alma, Hannah, desde sus tiempos universitarios y en la
que no se le ocurre fijarse a pesar de que comparten aficiones,
gustos, peripecias y que la chica está de bastante buen ver —Michelle
Monaghan se come las
escenas junto a Dempsey con sólo chasquear los dedos—. Justo
poco antes de que ella decida casarse con otro —Kevin
McKidd, al que algunos
reconocerán como el querido Lucius Vorenus de otra serie,
“Roma”—, Tom se ha dado cuenta de que ama a Hannah, «siempre
lo he hecho y siempre lo haré» —de tanto oír la frasecita ya
no debería ablandar a nadie—. Sembrado el conflicto, previsto el
desarrollo: estrategias varias para reconquistar a la dama,
pasadas por el filtro de las meteduras de pata y el slapstick
más sobado, los consejos de amiguetes —partidos de baloncesto
incluidos— y las renuncias caballerosas.
Paul Weiland,
el director de esta inofensiva cinta del montón, ni siquiera
consigue distanciarse de los recursos típicos que ya cantan más
que un muerto. Desde los paseos iniciales por Manhattan que
dibujan a una pareja perfecta condenada a separarse por un
intruso —"Serendipity"
(2001), entre las recientes—, pasando por las escenas de
restaurante —en las que se emplean mareantes cámaras circulares
que ni saben lo que buscan expresar—, hasta carreras a caballo,
rescates bajo la lluvia y obligadas estancias en sitios
pintorescos... Vamos, que como demostraba la aburridísima
"Conociendo a Jane Austen"
(2007), todas estas tramas las inventó la escritora inglesa y
pocos guionistas y realizadores se atreven a darle la vuelta a
este romanticismo rancio, o, al menos, buscarle una
justificación entretenida y fresca. Como mucho, contratar a una
personalidad famosa para que haga su cameo —el fallecido esta misma semana
Sydney Pollack—,
colocar un par de personajes estrafalarios que hagan la (escasa)
gracia —el compañero de baloncesto que parece sacado de
"Napoleon Dynamite"
(2004) o la abuela con unas bolas chinas a modo de collar
luminoso—, y la contextualización de la boda en una sociedad
escocesa estereotipada a gusto del estadounidense medio que sólo
entiende de extranjeros al extremo.
Si la vida fuese como el cine,
los invitados no ganarían para regalos frustrados. Los
organizadores de bodas, en cambio, se frotarían las manos, como
deben hacer quienes sean muy entusiastas de Dempsey o de la
comedia romántica balsámica y, de puro repetitiva, hasta
familiar y acogedora. Y a pesar de que Cary Grant ya reventase
el más alocado de los enlaces —"Historias de Filadelfia" (1940)—
y de que una larga lista de hombres escogiesen en la gran y
pequeña pantalla la oportunidad de una boda para expresar sus
sentimientos. Por lo menos, el día en que alguien vea una escena
parecida en una ceremonia real, estará curado de sorpresa.
Calificación:
    
Imágenes
de "La boda de mi novia" - Copyright © 2008
Columbia Pictures, Relativity Media y Original Film. Fotos por
Peter Iovino y Giles Keyte. Distribuida
en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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