CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
En una
Arcadia feliz
Entre el melodrama amable y el realismo mágico se sitúa esta
película de
Aitzol Aramaio,
que trata de encarar la vida con un poco de chocolate que
endulce los momentos amargos e incluso la muerte. Esa es la
historia de Lucas, un entrañable anciano que ha comenzado a
perder la cabeza y que recuerda al amor de su vida, Rosa, y a
sus amigos como si los tuviera presentes, para revivir con ellos
las aventuras de la guerra o en la carpintería, sus partidos de
fútbol en la playa, o los besos de su mujer y sus despedidas
subiendo al tranvía. Y si unos se van en una especie de
ascensión al Narayama, otros llegan y comienzan a construir esa
vida de música festiva y de chocolate: es el caso de Marcos, un
joven que se ha alejado de sus padres al contemplar su marchito
matrimonio, y que volverá a creer en el amor cuando conozca a
Roma, una enfermera que vive su particular soledad.
La historia no puede verse de forma realista ni buscando la
lógica en los comportamientos de sus personajes. Se trata de un
cuento mágico, de la mirada de un hombre que confunde la
realidad y mezcla los distintos recuerdos de su vida, que llama
Rosa a cualquier mujer con la que se cruza, y que vuelve a tener
una comida de campo con sus amigos muertos (nada que ver, sin
embargo, con el tono de "Los otros"
o "El orfanato").
Muchas escenas suceden sólo en la cabeza de Lucas, con momentos
que ocurren en escenarios unas veces irreales y otras
artificiosos, algo anunciado por esos copos de falsa nieve con
que se inicia la película: son ambientes mágicos para una puesta
en escena sencilla que muestre una vida que se escapa, una
Arcadia feliz y complaciente donde la nostalgia se mezcla con la
alegría de vivir. Sin embargo, a pesar de su carácter alegórico
e intencionadamente poético, la película no
acaba de trenzar bien las distintas historias personales y
navega entre la confusión de sus motivaciones individuales, y
tampoco logra enganchar al espectador ni emotiva ni
narrativamente con lo que cuenta.
Sobra artificiosidad y falta naturalidad en el encuentro inicial
de Lucas y su hermana María con el joven Marcos en su propia
casa, o del trío con la joven Roma en la calle después, o en el
modo en que Lucas coge un taxi o Marcos se saca la foto de
familia con unos desconocidos, o en la manera en que el joven
acordeonista se despierta y en ese mismo instante pregunta a
María por los cuentos que está escribiendo: son situaciones poco
verosímiles, por mucho que se trate de realismo mágico, igual
que toda la actuación "silente" de Roma en todo un primer tercio
del film (por momentos parece un fantasma mudo, o un astuto y
bello felino que acecha a su presa). Un guión, por tanto,
deshilachado y con escaso ritmo narrativo, construido casi para
un Héctor Alterio
que convierte sus diálogos en monólogos llenos de verborrea,
donde el resto de personajes actúan de comparsa de su mundo
fantástico.
Son cuatro individuos aislados en su soledad, por enfermedad,
pérdida del amor o carencias afectivas (un tanto misteriosas y
poco consistentes, todo sea dicho). El caso es que entre ellos,
por mucha sonrisa y amables palabras que se crucen, tampoco
salta la empatía ni conmueven al público. Aparte del trabajo de
Alterio —bien, como siempre—, también hace un papel digno y
meritorio Julieta Serrano,
el más humano y creíble de los personajes del film. Por otro
lado, un Daniel Brühl
envarado y poco expresivo y una
Bárbara Goenaga
de escasa convicción en sus
sentimientos no consiguen ningún momento de clímax emotivo (ni
siquiera en la escena de las velas que conducen hasta la casa de
Roma, o de la comida campestre de vivos y difuntos), y los
ambientes parecen más bien necesitar un poco de chocolate que
endulce y dé calidez a sus relaciones. Sin embargo, más que
hablar de interpretaciones deficientes, parece que el problema
está más bien en el guión y en la dirección.
Esa falta de soltura en la dirección de actores y en el garbo
narrativo propician, como consecuencia, situaciones sin fuerza
ya desde el mismo arranque, mientras que los recursos a figuras
metafóricas (el tranvía o la montaña como símiles de la vida y
la muerte, o el mismo chocolate o la música como cauce para los
sentimientos) pecan de pretenciosos y excesivamente
conceptualizados. Algunos movimientos de cámara resultan
forzados (un par de travellings circulares, por ejemplo,
chocan a la vista), y una música sencilla en sus acordes no
acaba de dar unidad a un estilo que está por hacer. Ciertamente
estamos ante una obra de pequeño presupuesto
que apuesta por las dotes interpretativas de Alterio, pero que
no acierta a trasmitir el mensaje pretendido y que se queda en
una película fallida y prescindible, sin fuerza ni emoción.
Es una bonita historia, sin embargo, que mira con sentido
positivo y dulzura al amor y a la muerte, aunque le haya sobrado
un poco de chocolate y faltado oficio cinematográfico —es el
debut de Aitzol— para que entrase mejor por los ojos y quedase
guardada en la memoria del espectador.
Calificación:
    
Imágenes
de "Un poco de chocolate" - Copyright ©
2008 Tusitala Producciones, Mundo Ficción y Egutera. Fotos por
David Herranz. Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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