CÓMO SE HIZO "EL LUCHADOR
(THE WRESTLER)"
Notas de producción © 2008
Wide Pictures
1. El proyecto
Pese a integrar una buena
parte de la cultura norteamericana desde hace décadas con su
insólita mezcla de comedia, patetismo, y crudo realismo, nadie
ha realizado nunca un film serio sobre la lucha profesional. Eso
es algo que Darren Aronofsky ha querido cambiar desde que
comenzó a hacer películas. Sus primeros tres largometrajes como
director, cada uno de ellos objeto de gran reconocimiento, le
llevó en direcciones enormemente divergentes. Su debut, Pi, fe
en el caos (Pi, 1998), un thriller sobre un matemático que busca
un número que podría cambiar el mundo, le significó el premio al
mejor director en el Festival de cine de Sundance además de un
premio Independent Spirit al inventivo guión también de
Aronofsky, en que por otro lado se habla de la búsqueda de
conocimiento, poder y de Dios. A continuación, dirigió el mordaz
drama Requiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000), basado
en la novela de Hubert Selby, que resultó nominado a los Oscars,
acerca de cuatro personas cuyas vidas se van al traste por
adicción a las drogas. Tras este título, realizó la muy
estilizada fantasía de ciencia-ficción La fuente de la vida (The
Fountain, 2006), una historia épica de amor y mortalidad que se
expande a lo largo de más de 1000 años. Ahora, con EL Luchador
(The Wrestler), emprende un nuevo rumbo con este drama
descarnado, áspero, directo, e intensamente emotivo. Aunque
Aronofsky no ha sido nunca un fanático de la lucha libre, sí
recuerda haber ido de niño a ver el enfrentamiento entre Hulk
Hogan y Tony Atla en el Madison Square Garden. Desde entonces,
siempre le ha intrigado la cuestión de cómo debía ser realmente
vivir en ese mundo. «La idea de realizar una película acerca de
un luchador llevaba dando vueltas en mi cabeza desde hacía seis
o siete años» —explica Aronofsky—. «Comencé a desarrollar
algunas ideas con el productor Scott Franklin [quien también
había producido Pi y Réquiem por un sueño], de quien descubrí
que de pequeño era mucho más aficionado a la lucha libre de lo
que yo era y sabía algo sobre el tema. Y cuanto más indagábamos
en aquel mundo, más interesante se iba mostrando. Más tarde
conocí al gran escritor Robert Siegel, que fue el editor de The
Onion, y le hablé de la idea, que pilló al instante. Los tres
empleamos los tres siguientes años desarrollando juntos la
historia que se ha convertido en la película resultante».
Así se creó el personaje
de Randy “el Carnero” Robinson, un hombre atrapado en una
cultura donde la disponibilidad de héroes populares es algo que
todo el mundo acepta como verdad absoluta. Uno obtiene sus
quince minutos de fama y entonces, antes de que te des cuenta,
la gente se gira para vitorear a alguien más joven, más fuerte,
más llamativo, e incluso más loco que tu. Sin embargo, el deseo
de ser amado, de ser adorado, de ser el vencedor mítico, aunque
sea por esos pocos excitantes minutos que has estado en el
escenario, jamás se va ya. En el caso de Randy, lo que le empuja
adelante con la mayor de las intensidades es recuperar esa
sensación heroica, con el único combustible de una absoluta
fuerza de voluntad, puesto que su cuerpo hace tiempo que dejó su
mejor momento.
El guión resultante de
Siegel era, superficialmente, la fábula arquetípica de un héroe
del deporte pisoteado en busca de un último triunfo, pero por
debajo, en lo más esencial de la historia, está una dura y
escabrosa parábola a lo Hemingway acerca de la lucha por el
honor, la dignidad y el amor entre hombres y mujeres en el lado
de la vida más despiadado.
EL Luchador (The Wrestler)
tiene elementos de film deportivo, pero siempre la he entendido
como un drama humano, mucho más en la línea del retrato íntimo
de una vida» —comenta Aronofsky—. «No hace falta ser un seguidor
de la lucha libre para disfrutar el film. Habla de una persona
cualquiera que un buen día se despierta y se da cuenta de que ya
no puede hacer lo que llevaba haciendo habitualmente, las cosas
que le importaban. Se trata de ese momento en la vida que mucha
gente afronta.»
Desde el principio,
Aronofsky también entendió la historia con algo de humor. Desde
la extravagancia de unos personajes excesivos y unas técnicas
creativamente chocantes, en el ámbito de la lucha libre, hasta
la actitud irreverente del mismísimo Randy, particularmente
cuando asume un puesto de trabajo tras el mostrador de una
tienda de delicatessen para poder llegar a fin de mes, todo ello
era una ocasión que aprovechar por parte del director para
apuntar a otra dirección distinta, donde explorar no sólo los
placeres cómicos de la lucha libre sino las extrañas y oscuras
absurdidades de la vida corriente.
A medida que la historia
evolucionaba y el equipo penetraba en el mundo secreto de la
lucha libre profesional, al mismo tiempo también se iba hacienda
claro que la lucha libre en sí misma, con su centro de atención
en la vulnerabilidad y resistencia de los cuerpos, en el
sufrimiento in extremis, en la representación del bien contra el
mal, era un agitado escenario metafórico para la historia de un
hombre tremendamente desesperado a nivel personal.
Aronofsky, Siegel y
Franklin no estaban interesados en abordar una aproximación
académica sino humanística, centrándose en un luchador y
reduciéndolo al sentimiento universal de anhelo y supervivencia
que reside dentro de todos nosotros. Pero para realizar eso,
eran conscientes de que primero debían sumergirse ellos mismos
en el mundo actual de la lucha libre para observar cómo un
hombre absorbido plenamente por el mismo lo experimentaría,
particularmente un profesional en las postrimerías de una
carrera moderadamente ilustre que ya no le es posible mantener.
Así las cosas, se inició para el equipo un intenso periodo de
investigación.
«Nos encontramos con
muchos antiguos profesionales de la lucha libre y asistimos a
muchos eventos de lucha libre independiente» —recuerda
Franklin—. «Y observamos que todos esos tipos mantienen una
auténtica camaradería, una hermandad y un código por los que
regirse. Incluso antiguas estrellas de grandes federaciones nos
explicarían historias de cómo, en la carretera, recogían a
cuatro gigantes en un coche, compartían el dinero de la gasolina
y las habitaciones de hotel, donde esos gigantes pernoctaban en
el suelo. Es un mundo distinto a aquel glamosoro que vemos en la
televisión, y muy unido».
El trío experimentó
verdadera curiosidad por el lenguaje secreto y el código de
honor de los luchadores. «Usan un lenguaje parecido al de los
feriantes; por ejemplo, hablan del público como ‘marks,’
(admiradores incondicionales que granjearse) destaca Aronofsky.
Muchos términos de lucha libre, como ‘técnico’ [face o clean] o
‘rudo,’ [heel] que respectivamente se refieren al tipo bueno y
al villano en un combate, se introdujeron en la confección del
guión.
Franklin añade: «Su modo
de comunicarse sólo es una parte de su camaradería y del modo
que tienen de protegerse mutuamente. En el ring, de modo
distinto a cualquier otro deporte, procuran siempre cuidar a sus
oponentes y de inflingirse la mayor parte del daño en ellos
mismos, lo que quisimos mostrar en la pantalla.»
Acaso el mayor desafío
consistía sencillamente en ganarse la confianza de un mundo tan
celosamente guardado. «El mundo de la lucha libre se protege
mucho ante los que pretendan entrar» —subraya Franklin—. «En un
primer momento, muchos luchadores se mostraban muy fríos y
distantes, con la mirada clavada en nosotros, atentos a cuanto
estábamos tratando de hacer. Tuvimos que convencerles de que en
modo alguno queríamos aprovecharnos de ellos, sino que todo
cuanto queríamos era crear un honesto trozo de vida enmarcado en
el escenario del mundo de la lucha libre.»
Finalmente, eso es
exactamente lo que el equipo de filmación fue capaz de hacer.
Sin embargo, cuando comenzaron a formar el reparto, las cosas
giraron hacia una emocionante dirección de mayor envergadura que
cambió de arriba abajo todo cuanto el equipo había pensado
acerca de Randy “el Carnero” Robinson.
«Cuando Mickey Rourke
subió a bordo del proyecto, cambió el personaje completamente
para llevarlo a su propio terreno» —explica Aronofsky—. «Abordó
al personaje y le insufló en el interior su propia vida».
2.
El reparto
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