CÓMO SE HIZO "EL LUCHADOR
(THE WRESTLER)"
Notas de producción © 2008
Wide Pictures
2. El reparto
En lo más esencial de EL
Luchador (The Wrestler) está una interpretación estimulante, muy
física, capaz de diseccionar las aceradas capas que integran a
un Randy “el Carnero” Robinson —quien resulta pura roca en la
lucha, levanta pesas en todo momento y no duda a inyectarse
esteroides— para evidenciar el corazón igualmente emotivo y
divertido que reside debajo del hombre. Cuando Mickey Rourke
decidió encarnar a Randy, los realizadores se mostraron
entusiasmados de que hubiera sido él quien finalmente asumiera
el papel. «Al minuto de que Mickey Rourke se hubiera incorporado
al proyecto, ya comenzamos a perfilar detalles del papel
específicamente pensados para él, y estábamos encantadísimos de
hacerlo.» —comenta Scott Franklin. Aronofsky añade: «Soy un
auténtico admirador de Mickey desde El corazón del ángel (Angel
Heart, 1987), y a menudo me preguntaba qué le había pasado, ¿por
qué ese gran talento no se mostraba al mundo? Al mismo tiempo,
también era consciente de cuán desafiante podía ser este papel,
tanto a nivel físico como emocional, y sabía que necesitaba a un
actor deseoso de hacer todos los sacrificios necesarios con que
construir este personaje, y tenía fe en que Mickey pudiera hacer
eso». Sin embargo, nadie hubiera podido predecir hasta qué punto
Rourke encarnaría a Randy, quitándose la piel, y en ocasiones
arrancándosela a tiras, con una interpretación tan desafiante y
sin red, tan centrada por igual tanto en la belleza, el ingenio
y el dolor como impregnada de hambre de afecto humano, que ha
llevado la historia a regiones que los realizadores ni siquiera
habían intuido. Rourke apareció en el ruedo en la década de los
ochenta como una de los más prometedores actores jóvenes de su
generación, con aplaudidos papeles en películas como Diner
(Diner, 1982), El corazón del ángel (Angel Heart, 1987), y El
borracho (Barfly, 1987). Sin embargo, tras hundirse en su propio
infierno, Rourke desapareció del mapa prácticamente.
Recientemente, había hecho un regreso a la pantalla en la
adaptación gráfica del cómic de Frank Miller, Sin City-Ciudad
del pecado (Sin City, 2005), de Robert Rodríguez, pero hacía
muchos años que a Rourke no se le veía en un papel de la
complejidad y sensibilidad de Randy “el Carnero” Robinson.
Fue Aronofsky quien
personalmente se acercó a Rourke en un encuentro del que ambos
hombres salieron convencidos de que mutuamente iban a lograr
llegar a regiones interesantes. Rourke comenta que fue el propio
Aronofsky, en lugar de la historia, lo que cerró el acuerdo.
«Realiza un tipo de películas que no hace concesiones, son
innovadoras» —comenta Rourke—, «y toda la cuestión de la lucha
libre me parecía que le significaba un nuevo rumbo a tomar, de
tal modo que la idea de ese intelectual neoyorquino
teniéndoselas con este mundo de sangre y sudor realmente me
interesó. Sabía que aportaría una perspectiva completamente
distinta a esta historia.»
Rourke recuerda que
Aronofsky optó desde el principio por un enfoque duro, sin
concesiones para con él, haciéndole dudar del director pero
finalmente consiguiendo Aronofsky su respeto, lo que no se logra
fácilmente. «Darren es muy directo, muy implacable, y dejó muy
claro que quería que me adentrara en lugares realmente oscuros,
para que vertiera en este papel toda mi cuerpo, mente y
espíritu» —recuerda.
Aronofsky era consciente
de que habría cierta reticencia en contratar a Rourke, quien se
había convertido en un factor incierto de Hollywood. Recuerda:
«La mayoría de la gente decía algo así como ‘¿cómo te las vas a
arreglar para hacer de Mickey Rourke alguien que caiga bien?’ Y
yo les decía: ‘Deberíais verle; cuando te mira a los ojos, te
parte el corazón.’ Y ésa fue la vertiente de Mickey que quería
que aflorara como Randy. Y me da la impresión de que lo que hace
que la mayoría de la gente reaccione en el film es lo
absolutamente natural y del todo auténtico que Mickey resulta,
con todos sus tics y amaneramientos. Creo que la gente va al
cine a ver interpretaciones honestas, y ésta es una
interpretación extraordinariamente honesta.»
Sólo las exigencias
físicas del papel ya eran del todo extremas, pues Rourke
entrenaba con auténticos luchadores, hacía todas las escenas de
lucha en que debía aparecer, y aumentó en casi 14 kgs su masa
muscular para su personaje. Aunque ha mantenido combates de
boxeo en el ring tanto en calidad de aficionado como de
profesional, y pese a mantenerse en buena forma, durante varios
meses Rourke trabajó estrechamente con un entrenador físico para
lograr crear el singular cuerpo de Randy, que debía ser a un
tiempo fuerte y atlético, aunque también debía parecer cansado y
desgastado. Asimismo, sobrellevó un intenso entrenamiento con un
integrante del Salón de la Fama de la lucha libre profesional
conocido como Afa the Wild Samoan en su célebre Wild Samoan
Training Center, con miras a aprender los movimientos y trucos
de este negocio.
Afa trabajó con la
contribución de los entrenadores auxiliaries Smooth Tommy Suede
(quien también aparece en la cinta) y Supreme Lee Great con
objeto de preparar a Rourke para los rigores de la lucha libre
profesional, que son enormes. Pese a que hasta cierto punto los
combates profesionales de lucha libre se coreografían, resultan
tan peligrosos que un cierto número de reputados luchadores han
muerto o sufrido parálisis. No cabía la menor duda de que Rourke
tenía que afrontar un considerable riesgo personal para que su
papel resultara verídico.
«El entrenamiento no fue
precisamente un paseo por el parque» —comenta Rourke—. «No sabía
nada acerca de la lucha libre; mi currículum deportivo
presentaba todo otro tipo de actividad deportiva.»
Efectivamente, las similitudes entre el boxeo y la lucha libre
se acaban con el parecido de la forma del ring. Rourke comenta
que es como comparar «el ping pong con el rugby.» Desde una
perspectiva técnica, se trata de prácticas completamente
opuestas, porque en el boxeo prima el sigilo y la rapidez en
tanto que la lucha libre profesional consiste en mostrar tanto
como sea posible y de hacer lo máximo con cada contacto. Por ese
motivo, Rourke tuvo que deshacerse completamente de su bien
afinada mente de boxeador para pensar como un luchador.
Admite que como admirador
de toda la vida de una «dulce ciencia» más elegante y directa,
comenzó teniendo muy poco aprecio por lo que los luchadores
hacen, aunque eso cambió pronto. «Al principio, no tenía mucho
respeto por eso y me limitaba a cumplir sin sentirlo» —admite—.
«Pero de repente hubo conexión: aquello no tenía que ser boxeo,
era espectáculo, coreografía, como en un ballet. Y cuanto más
iba desarrollando mi relación con los luchadores, más grande era
mi respeto hacia ello como auténtico deporte.»
Uno de los desafíos más
difíciles del entrenamiento consistía sencillamente en aprender
a hacer una caída, también conocido como un «bump» en el mundo
de la lucha libre. «Hay que golpear el entarimado del ring de
modo que suene a rayos y truenos, y hacer eso bien, duele. Al
principio, caía como un ladrillo, lo que hacía que me doliera
cada hueso de mi cuerpo» —subraya Rourke—. «Y luego me fui a
hacerme otra imagen por resonancia magnética. Tenía que aprender
a caer del modo adecuado y en ocasiones se hacía muy frustrante
tratar de asumir en pocos meses lo que los profesionales tardan
años en dominar. Pero entonces, súbitamente, todo comenzó a
cobrar sentido».
Increíbles como fueron los
desafíos físicos que Rourke tuvo que afrontar, todavía
empalidecen en comparación con el coste emocional de un
personaje que Rourke admite incómodamente pergeñado a su imagen
y semejanza. El actor comenta: «Hay algunas similitudes y
paralelismos con el personaje: está esa parte de mí que se ha
perdido y una compresión acerca de ese estado avergonzado cuando
no puedes conseguir un trabajo y ya no te quiere nadie. Este
tipo vive unos sueños que no tiene certeza alguna vayan a
devenir una realidad, y se está preguntando si no será ya
demasiado tarde. Esas son razones por las que no estaba del todo
seguro que quisiera hacer la película, pues me tocaba todo un
poco demasiado de cerca».
Pese a todo, Rourke se
sumergió implacablemente. «Mickey alcanzó algunas regiones
profundas y oscuras con el fin de extraer esa interpretación»
—comenta Franklin—. «En verdad, abrió su corazón a la cámara».
No obstante, Rourke
concluye: «El día en que el rodaje tocaba a su fin me sentí
enormemente feliz porque ésta había sido la película más dura
que jamás había afrontado. Todo el mundo se dejó el alma en la
realización de esta película, y me siento en verdad orgulloso de
ella, pero también inmensamente agradecido por el hecho de que
esté ya terminada».
3.
El diseño
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