CÓMO SE HIZO "SÉRAPHINE"
Notas de producción © 2008
Golem
Entrevista con el realizador
Martin Provost
¿Cómo encontró a Séraphine
Louis?
Un día, una amiga productora de France Culture me
dijo, con cierto tono enigmático: “Martin, deberías interesarte
por Séraphine Louis...” No sabía quién era y no entendí adónde
quería ir a parar, pero ella insistió: “Busca, entenderás por
qué te lo digo”. Encontré muy poca información en Internet, unos
detalles biográficos y unos cuadros realmente sorprendentes. Lo
suficiente para despertar mi curiosidad. Así empecé a entrar en
el particular universo de Séraphine. No tardé en darme cuenta de
que la conmovedora vida de esta mujer podía ser llevada al cine.
Esta primera impresión se hizo cada vez más fuerte hasta
convertirse en una convicción al leer la tesis sobre Séraphine
de Françoise Cloarec, una psicoanalista que conoció a
Anne-Marie, la hermana de Wilhelm Uhde, el descubridor de
Séraphine.
Muy al principio del trabajo
hubo otro encuentro decisivo con Yolande Moreau.
Sí, conocer a Yolande fue decisivo. Nunca habría
hecho la película sin ella. Al escribir el guión, antes de
empezar a buscar un productor, me apoyé en su presencia. Es una
casualidad, pero ambos vivimos en el campo, nuestras casas
distan unos tres kilómetros. Nos conocimos al poco de mudarnos.
Le conté la historia de Séraphine y aceptó inmediatamente.
Luego, cuando encontré en la biblioteca Kandinsky el único
retrato conocido de Séraphine, hecho a lápiz por un vecino suyo,
me quedé atónito ante el parecido. Era Yolande Moreau. Le enseñé
el retrato y se quedó muda. Luego dijo, como si nada: “No es muy
halagador, pero soy yo”. Hablamos mucho de Séraphine, de las
cosas a las que se enfrentó, de su infancia. Durante el rodaje
ocurrió una especie de milagro, una auténtica fusión entre un
personaje y una actriz. No puede decirse que Yolande interprete
a Séraphine, la encarna. Según avanza la película, consigue
transmitir a la imagen una carga poética y emocional sumamente
intensa a pesar de estar siempre contenida. De hecho, nos
esforzamos en quedarnos en el límite, en no entrar en la
facilidad, en la sensiblería, en la historia que suele asociarse
a la locura en el cine. Intentamos ser fieles a la imagen que
teníamos del personaje, a su difícil recorrido, sus debilidades,
su valor, a todo lo que nos había impresionado y emocionado de
Séraphine.
Mientras
escribía el guión, conoció a otra persona...
El peligro de un guión basado en un personaje
real es quedarse en la anécdota, la ilustración, y dejar de lado
el misterio, la humanidad, las contradicciones, la vida
interior. Es un ejercicio delicado. El guión debe ser fácil de
leer para atraer a los productores y encontrar financiación.
Después de haber reunido la mayor información posible sobre la
vida de Séraphine y de haber conocido a Yolande, tenía muchas
ganas de ponerme a trabajar, a pesar de ciertos temores...
Aunque muy pronto me di cuenta de que Séraphine era una aliada,
que me franqueaba la puerta a su mundo, un mundo áspero,
desconcertante, enfrentado a lo invisible. Marc Abdelnour
colaboró en el guión, y desde el principio nos impusimos una
regla. No contaríamos la vida de Séraphine como una continuidad
de momentos fuertes. Me interesaban sobre todo las naderías, las
ausencias, lo que ocurre fuera de cuadro, los pequeños
misterios. También decidí concentrarme en la relación totalmente
inesperada, ambigua y púdica que unió a Séraphine y a Wilhelm
Uhde durante más de 20 años. Es un encuentro poco probable entre
dos marginados. Y decisivo para ambos. Séraphine es una
marginada, y Uhde, el extranjero homosexual, es el primero en
ver lo que es ella realmente. Lo hace sin prejuicios. Es su
mentor, su amigo, su marchante, y me parece que casi su novio...
Es interesante cómo aparece y reaparece en la vida de la mujer.
Volvamos a su
interés por Séraphine, ¿qué le conmovió, su personalidad, una
sensibilidad personal por la pintura ingenua?
A pesar de no haber estudiado bellas artes, hubo
una época en la que pinté mucho. Un día, después de horas de
concentración y de duro trabajo, me invadió el miedo, un miedo
irracional, una intensa sensación de soledad. No he vuelto a
tocar un pincel. A Séraphine me unió una sensación de
proximidad, la admiración, la curiosidad que siempre he sentido
por lo que es la creación en estado puro, la chispa creativa.
Algunos lo llaman arte “ingenuo”, otros, arte “en bruto”, pero
no es cuestión de etiquetas. A menudo, personas no eruditas, que
no han nacido en medios cercanos a la cultura, llevan dentro una
capacidad creativa inaudita, imparable y turbadora. Estos
artistas son pescadores de alta mar, ajenos a las evoluciones y
a los cambios artísticos, carentes de maestros y de discípulos,
y casi nunca consiguen el reconocimiento artístico que se
merecen. Séraphine era una visionaria en el mejor sentido de la
palabra. Se dejó llevar por algo más fuerte que ella misma, que
no controlaba, y que acabó destruyéndola. Me conmueve
profundamente.
Queda patente la dimensión casi mítica del trabajo de
Séraphine en la película. Pinta como si su vida dependiera de
ello, como si cumpliera un ritual religioso. Pintar no es un
acto gratuito...
Puede serlo para algunos, y no pasa nada. Pero en
el universo de Séraphine pintar es tan vital como comer y beber,
quizá más. Después de la marcha de Wilhelm Uhde, renunció a la
pequeñísima comodidad material que obtenía limpiando casas para
entregarse en cuerpo y alma a la pintura. Picasso decía: “Si no
pinto, enfermo, muero”. Lo mismo le pasaba a Séraphine. Pintar
le permitía preservar algo vital. Era una condición de
supervivencia. No podía parar, no podía hacer otra cosa sino
crear. En un contexto semejante, el ritual es muy importante y
quise dejarlo claro siempre que fuera posible. Los numerosos
rituales religiosos y de otro tipo, que estructuraban la vida de
Séraphine y que podían tacharse de excentricidades, eran en
realidad una disciplina. Quise enseñarlo. Wilhelm Uhde, que no
tenía nada de meapilas, decía de Séraphine que era una santa.
Estoy de acuerdo con él. Gracias a un trabajo sin tregua y
mediante una rebeldía pasiva, Séraphine alcanzó una forma de
santidad que se expresaba a través de la pintura.
A finales de los años veinte, Séraphine se hizo algo
famosa. Luego, con la crisis económica y la crisis personal,
Uhde más o menos la abandonó. Después de dárselo todo, parece
perder interés por ella.
Es la parte oscura del personaje y no he
intentado evitarla. Pero me pareció más interesante para la
película no intentar explicar ese extraño comportamiento. El
espectador debe sacar sus propias conclusiones. La muerte de
Séraphine en el hospital psiquiátrico de Clermont-de-l’Oise
durante la II Guerra Mundial fue bastante sórdida. Wilhelm Uhde
afirma en su autobiografía que murió en 1934, pero vivió durante
8 años más, hasta 1942. ¿Mentira, negligencia? No hago
preguntas. De hecho, después de la I Guerra Mundial regresó a
Francia, donde vivió con su hermana, pero no intentó reanudar su
relación con Séraphine, que vivía a unos diez kilómetros de
donde estaba. En una secuencia de la película dice que Séraphine
ha muerto, pero Ulrich Tukur (que interpreta a Wilhelm Uhde)
tuvo cuidado de decirlo como si no lo creyera. La ambigüedad da
a entender la complejidad del personaje. A pesar de la
integridad y la fuerza moral que demostró durante toda su vida,
le persiguió la culpabilidad y la impotencia, incluso la
cobardía. Es una dimensión importante del personaje en cuanto a
su relación con Séraphine y con lo que le rodea. Uhde tenía
demonios interiores y están presentes durante la película. No
quería envolverle en el papel del mecenas fiel, bondadoso y
cómplice.
La puesta en escena es muy respetuosa con los personajes,
nunca es exagerada.
Esta aparente simplicidad requiere mucho trabajo
y una atención constante para que todos los detalles estén en su
sitio durante todo el proceso. Me di cuenta enseguida de que la
puesta en escena debía ser sobria y rigurosa, y que Séraphine
debía estar en primer plano para que el espectador pudiera
caminar a su lado cómodamente. Mi trabajo es ponerme “al
servicio” de los personajes, pero no siempre fue fácil. Para
conseguirlo, me rodeé de colaboradores talentosos. En cuanto al
vestuario, los decorados y la iluminación, hemos intentado que
estén en un segundo plano, usar los menos efectos posibles. Fui
muy exigente a la hora de escoger los colores: ningún color
cálido fuera de los cuadros de Séraphine, ni en los decorados ni
en el vestuario. Verdes, azules, negros, nada de blanco. Pocos
movimientos de cámara. No quise que estuviera muy cerca de los
actores. Hacer sobresalir algo solo si era absolutamente
necesario.
En su opinión,
¿qué mensaje contiene la vida y la obra de Séraphine?
Ante todo era una mujer libre. Puede parecer
contradictorio porque pasó la mayoría de su vida en la más
absoluta soledad y castidad, en la más absoluta indigencia
física y psicológica, y acabó encerrada en un manicomio.
Séraphine era una mujer de la limpieza, peor aún, una mujer para
todo, que pintaba en secreto cosas extraordinarias, pero de la
que todos se burlaban. En aquella época, pertenecía a lo último
del escalafón social. Pero le daba igual, nada podía detenerla.
Supo conservar su autonomía, su rica vida interior mientras
hacía trabajos de lo más ingrato. Acabó pagando un precio muy
alto por esa independencia. A principios de los años treinta
había usado todos sus cartuchos y cayó en la locura. En el corto
periodo de floración artística y relativo desahogo que disfrutó
a finales de la década de los veinte, Séraphine se convenció de
que la gloria estaba cerca. Para mí, significa que se había
quedado en el mundo de la infancia, de las maravillas. Consiguió
dar sentido a su vida sin tener nada, a pesar de las
dificultades, de las presiones sociales y de las humillaciones
diarias. Dejó su huella, lo que me parece extraordinario.
Imaginemos a Séraphine actualmente... Le recetarían
antidepresivos, estaría sentada delante de la tele y no
pintaría.
Imágenes y notas
de cómo se hizo "Séraphine" - Copyright © 2008 TS Productions, France
3 Cinéma, Climax Films y RTBF. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.
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