CRÍTICA
por Josep
Alemany
UN DERROCHE DE ENERGÍA
Ali
arranca con un formidable des-pliegue de
energía, un montaje para-lelo de diversas
escenas que culmi-nan en el combate entre Sonny
Liston y Cassius Clay en 1964. Se trata,
desgraciadamente, de una promesa incumplida.
Porque a continuación Mi-chael
Mann no logra que cuajen los distintos
ingredientes de la película y despilfarra su
energía. A pesar de la frase comercial
(«Olvídese de lo que creía que sabía»), Ali
no aporta nada nuevo sobre Cassius
Clay-Muhammad Ali. Pasado el fulgor inicial, se
va deslizando hacia los caminos trillados y
termina siendo una biopic convencional.
Con gran virtuosismo visual y un metraje de larga
duración, eso sí (la versión DVD contará con
treinta minutos más). Vayamos por partes.
Aunque
contenga varios combates, Ali
no es, ni quiere serlo, una mera película de
boxeo. Las obras de dicho género son
cuentos morales que revisten la forma de crónica
de los éxitos y fracasos, profesionales y
personales, de un púgil, y permanecen encerradas
en el mundo del boxeo. Mann adopta el
planteamiento contrario y enlaza la biografía de
Ali con la situación social y política de los
sesenta y los setenta. De ahí la proliferación
(apa-rente) de guionistas. En realidad, no hay
que sumar dos y dos, porque los últimos han
anulado a los primeros. En una entrevista (Positif,
número 493), Michael Mann afirma que él y Erich Roth
quienes ya escribieron juntos El
dilema (The Insider, 1999)
hicieron tabla rasa del guión anterior de Stephen
Rivele y Chris-topher Wilkinson, porque
«apenas abordaba el período que más me
interesaba, la década 1964-1974. Su guión se
articulaba alrededor del segundo y tercer
combates contra Frazier en Manila. De allí se
retrocedía en flash-backs al estilo Ciudadano
Kane a su pasado, su infancia... Era un buen
trabajo, pero la estructura no me convenía.
Tampoco el tema central, que era: ¡cómo un
boxeador descubre a Dios en el fondo del
sufrimiento!».
El primer
guión era una secuela de Toro
Salvaje (Raging Bull, 1980), del
tándem Scorsese-Schrader (cf. la reseña de Casino). Por
suerte, Mann y Roth le han ahorrado al espectador
semejante calvario.
UNA
DÉCADA AGITADA
Ali
empieza en el club nocturno donde actúa Sam
Cooke, el campeón de la sensualidad. Sus
canciones, carac-terísticas del soul de
los años sesen-ta, acompañan la secuencia
inicial, unifican una serie de escenas que
sitúan al protagonista en su circuns-tancia
histórica: mientras corre, Ca-ssius Clay es
interpelado por la policía; de niño, en la
parte reservada a los negros en un autobús,
contempla las fotos de un linchamiento; se
entrena en el gimnasio; escucha un discurso de
Malcolm X... El punto culminante de esta
retahíla de escenas es el combate contra Sonny
Liston, al que asiste Malcolm X.
En esta
brillante apertura, Mann pone de
manifiesto su apuesta: presentar la carrera de
Ali y su evolución personal estrecha-mente
relacionadas con la evolución política y social
del país entre 1964 y 1974. Una época
de agitación social en la que, frente al racismo
heredado, irrumpen nuevas corrientes
reivin-dicativas, con un pronunciado carácter
autoafirmativo su lema: «black is
beautiful», que se expresan tanto en
la política como en la música y el boxeo. Ali
llegará a ser el símbolo de los negros en esta
época, el equivalente de Malcolm X en el mundo
del boxeo, dispuestos los dos a desbancar a los
líderes establecidos, aunque, paradójicamente,
Ali rompa luego con Malcolm X.
Sin
embargo, pasado el arranque inicial, los dos
ingredientes la biografía de Ali y los
acontecimientos históricos, más que
rela-cionarse, se yuxtaponen. Sólo vuelven a
unirse en la oposición a la guerra de Vietnam.
El contexto
negro aparece como un telón de fondo (Ali
contempla desde un tejado los disturbios tras el
asesi-nato de Martin Luther King) o como algo
confuso. No nos enteramos de cuáles son las
diferencias de Malcolm X con los dirigentes de la
Nación del Islam (más conocidos como
Musul-manes Negros). Lo único que sabemos es que
Ali se pone del lado de éstos y que su primera
esposa lo abandona porque no está dispuesta a
tragarse las absurdas restricciones que le impone
la religión en la forma de vestirse. Asimismo,
vemos fugazmente el FBI espiando a Malcolm X,
pero ello no es suficiente para que el espectador
comprenda el peso de los servicios secretos en la
vida y la muerte americana de
aquellos años ni su papel en una larga serie de
asesinatos políticos, empezando por el de
Malcolm X, perpetrado por la Nación del Islam
con la complicidad del FBI. No estoy pidiendo, ni
mucho menos, una obra demostrativa. En El
dilema, el espectador se enteraba de lo que
ocurría, y era del mismo director y guionistas.
En Ali todo
queda confuso, incone-xo, deshilvanado, y, salvo
el episodio de Vietnam, se rehúye el choque
frontal.
En las
escenas dedicadas a su negativa a alistarse en el
ejército, la biografía de Ali vuelve a enlazar
con el contexto histórico. Mann recobra el tono
de El dilema: un individuo enfrentado a un
poder que, decidido a aplastarlo, lo despoja de
todo. Allí eran las empre-sas tabacaleras, aquí
el ejército con su dispositivo represivo. En una
escena inolvidable, al salir de la comisión de
boxeo que lo ha desposeído del título, Ali
esgrime ante los periodistas, atónitos, sus
razones para no ir a Vietnam. Actitud que le
acarreará la pro-hibición de combatir durante
tres años. En el punto más bajo de su
biografía, vemos a Ali, abatido, en el metro.
En otro
momento aflora la idea de que la radicalización
de perso-najes como Ali y de amplias capas de la
población negra podría introducir un elemento
explosivo en la política americana. Incluso
Howard Cosell (Jon Voight) lo menciona. Pero acto
seguido Mann pasa a otra cosa.
SIN
DILEMAS
Algunos
críticos, al hablar de Will Smith, han
disparado adjetivos de grueso calibre:
«memorable interpre-tación», «actor
genial»... No hay para tanto. Will Smith
cumple, desde luego. Y nada más. Es aplicado,
pero carece del registro trágico. Sabe
hacer reír, pero es limitado a la hora de
expresar las tormentas interiores. De hecho,
transita por toda la película sin conflictos ni
dilemas espinosos. De su vida sentimental, Mann
nos ofrece una versión expurgada y una
civi-lizada discusión en el hotel de Kinshasa.
En Ali se constata un déficit de
dramatización. Dicha carencia, las cosas como
sean, hay que achacarla principalmente a los
guionistas, no al actor.
En
la segunda mitad, Ali
va perdiendo fuelle. Cuando aterri-zamos en el
Zaire de Mobutu, Mann parece haberse quedado sin
recursos y cae en la servidumbre a las
crónicas de boxeo, pues se limita a filmar el
enfrentamiento entre Ali y Foreman, con sus
prolegómenos.
Evidentemente,
se trata de un combate importante en la historia
del boxeo (hasta Norman Mailer le ha dedicado un
libro). Cuando Ali volvió a pelear tras la
suspensión, el tiempo le había pasado factura y
ya no tenía la velocidad de su juventud.
Además, había recibido tanto frente a Joe
Frazier, que incluso su propio equipo estaba
convencido de que lo tendrían que sacar del
cuadrilátero en camilla. El combate contra
Foreman le permite a Mann terminar la película
como la ha empezado: con una victoria contra
todos los pronósti-cos. Pero no deja de ser un
final propio de una success story normal y
corriente.
Justo es
decir que los combates constituyen uno de
los aspec-tos más logrados de Ali.
Aunque a uno no le entusiasmen las peleas de
boxeo tal como suele presentarlas el cine, en Ali,
gra-cias a la actuación de los adversarios de
Will Smith (todos son boxeadores profesionales) y
a los movimientos de la cámara, pega-da a los
púgiles, el espectador sigue la estrategia y las
vicisitudes de los combates. Y también se
percata de su brutalidad. Fuera del cuadrilátero
las cosas vuelven a difuminarse. Si no me falla
la memoria, no hay ninguna conversación entre
Ali y su entrenador. Ron Silver queda
reducido a comparsa. Mann tampoco saca partido a
los entrenamientos.
PRISIONEROS
DE LOS ÍDOLOS
Lamento
tener que escribir una rese-ña negativa, porque
la anterior película de Mann El dilema
me pareció per-fecta. Ali, sin embargo, no
acaba de funcionar. Lo que falla es el guión.
Carece de perspectiva ante Muhammad Ali y el
ídolo en que se ha convertido. Y sin distancia
no hay reflexión. Al escribir una
biografía, o se acepta pasivamente la visión
del protagonista o se adopta una perspectiva
independiente. Los guionistas, al no hacer lo
segundo, han quedado prisioneros de las
imá-genes consagradas sobre Ali y su mundo, con
el resultado de que han escrito una hagiografía.
Pro-bablemente no era su intención, pero no han
sido capaces de crear un modelo diferente de las biopic
convencionales de Hollywood. Reconstruyen
acontecimientos, nunca indagan lo que hay detrás
de la superficie, las causas reales. Saltamos de
una cosa a otra, pero se desperdician situaciones
y personajes. Ali, en definitiva, carece
de un hilo conductor que dé sentido a la
sucesión de escenas.
Ali
contiene imágenes atractivas y buenos momentos.
Mann hace gala, una vez más, de su virtuosismo
visual y narrativo, al que aña-de mucha música.
Pero la falta de rigor en el guión se refleja en
el plano formal. El estilo degenera a
menudo en pirotecnia desti-nada a impresionar y
deslumbrar al espectador. Un derroche
inútil de energía.
En
conjunto, lo mejor son los combates en el
cuadrilátero. No les veo ningún fallo. Y
tampoco se abusa de ellos. Pero decir esto de una
película que aspiraba a ir más allá del mundo
del boxeo no es precisamente un elogio.
Imágenes
y notas de producción de Ali - Copyright © 2001
Columbia Pictures. Distribuidora en España:
Manga Films. Todos los derechos reservados.
Página
principal de "Ali"
Añade "Ali" a tus películas favoritas
Opina sobre
esta película en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
esta película a un amigo
|