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ALI


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Dirección: Michael Mann.
País:
USA.
Año: 2001.
Duración: 158 min.
Interpretación: Will Smith (Cassius Clay / Muhammad Ali), Jamie Foxx (Drew 'Bundini' Brown), Jon Voight (Howard Cosell), Mario Van Peebles (Malcolm X), Ron Silver (Angelo Dundee), Jeffrey Wright (Howard Bingham), Mykelti Williamson (Don King), Jada Pinkett Smith (Sonji), Nona M. Gaye (Belinda), Michael Michele (Veronica), Ted Levine (Joe Smiley).
Guión: Stephen J. Rivele & Christopher Wilkinson y Eric Roth & Michael Mann.
Producción: Michael Mann, Paul Ardaji, A. Kitman Ho, James Lassiter y Jon Peters.
Música: Pieter Bourke y Lisa Gerrard.
Fotografía:
Emmanuel Lubezki.
Montaje: William Goldenberg, Lynzee Klingman y Stephen E. Rivkin.
Diseño de producción: John Myhre.
Dirección artística: Tomas Voth, Jonathan Lee, Bill Rea y Audrey Soodoo-Raphael.
Vestuario: Marlene Stewart.
Decorados: Jim Erickson y James V. Kent.

 

CRÍTICA
por Josep Alemany

UN DERROCHE DE ENERGÍA

Ali arranca con un formidable des-pliegue de energía, un montaje para-lelo de diversas escenas que culmi-nan en el combate entre Sonny Liston y Cassius Clay en 1964. Se trata, desgraciadamente, de una promesa incumplida. Porque a continuación Mi-chael Mann no logra que cuajen los distintos ingredientes de la película y despilfarra su energía. A pesar de la frase comercial («Olvídese de lo que creía que sabía»), Ali no aporta nada nuevo sobre Cassius Clay-Muhammad Ali. Pasado el fulgor inicial, se va deslizando hacia los caminos trillados y termina siendo una biopic convencional. Con gran virtuosismo visual y un metraje de larga duración, eso sí (la versión DVD contará con treinta minutos más). Vayamos por partes.

Aunque contenga varios combates, Ali no es, ni quiere serlo, una mera película de boxeo. Las obras de dicho género son cuentos morales que revisten la forma de crónica de los éxitos y fracasos, profesionales y personales, de un púgil, y permanecen encerradas en el mundo del boxeo. Mann adopta el planteamiento contrario y enlaza la biografía de Ali con la situación social y política de los sesenta y los setenta. De ahí la proliferación (apa-rente) de guionistas. En realidad, no hay que sumar dos y dos, porque los últimos han anulado a los primeros. En una entrevista (Positif, número 493), Michael Mann afirma que él y Erich Roth –quienes ya escribieron juntos El dilema (The Insider, 1999)– hicieron tabla rasa del guión anterior de Stephen Rivele y Chris-topher Wilkinson, porque «apenas abordaba el período que más me interesaba, la década 1964-1974. Su guión se articulaba alrededor del segundo y tercer combates contra Frazier en Manila. De allí se retrocedía en flash-backs al estilo Ciudadano Kane a su pasado, su infancia... Era un buen trabajo, pero la estructura no me convenía. Tampoco el tema central, que era: ¡cómo un boxeador descubre a Dios en el fondo del sufrimiento!».

El primer guión era una secuela de Toro Salvaje (Raging Bull, 1980), del tándem Scorsese-Schrader (cf. la reseña de Casino). Por suerte, Mann y Roth le han ahorrado al espectador semejante calvario.

UNA DÉCADA AGITADA

Ali empieza en el club nocturno donde actúa Sam Cooke, el campeón de la sensualidad. Sus canciones, carac-terísticas del soul de los años sesen-ta, acompañan la secuencia inicial, unifican una serie de escenas que sitúan al protagonista en su circuns-tancia histórica: mientras corre, Ca-ssius Clay es interpelado por la policía; de niño, en la parte reservada a los negros en un autobús, contempla las fotos de un linchamiento; se entrena en el gimnasio; escucha un discurso de Malcolm X... El punto culminante de esta retahíla de escenas es el combate contra Sonny Liston, al que asiste Malcolm X.

En esta brillante apertura, Mann pone de manifiesto su apuesta: presentar la carrera de Ali y su evolución personal estrecha-mente relacionadas con la evolución política y social del país entre 1964 y 1974. Una época de agitación social en la que, frente al racismo heredado, irrumpen nuevas corrientes reivin-dicativas, con un pronunciado carácter autoafirmativo –su lema: «black is beautiful»–, que se expresan tanto en la política como en la música y el boxeo. Ali llegará a ser el símbolo de los negros en esta época, el equivalente de Malcolm X en el mundo del boxeo, dispuestos los dos a desbancar a los líderes establecidos, aunque, paradójicamente, Ali rompa luego con Malcolm X.

Sin embargo, pasado el arranque inicial, los dos ingredientes –la biografía de Ali y los acontecimientos históricos–, más que rela-cionarse, se yuxtaponen. Sólo vuelven a unirse en la oposición a la guerra de Vietnam.

El contexto negro aparece como un telón de fondo (Ali contempla desde un tejado los disturbios tras el asesi-nato de Martin Luther King) o como algo confuso. No nos enteramos de cuáles son las diferencias de Malcolm X con los dirigentes de la Nación del Islam (más conocidos como Musul-manes Negros). Lo único que sabemos es que Ali se pone del lado de éstos y que su primera esposa lo abandona porque no está dispuesta a tragarse las absurdas restricciones que le impone la religión en la forma de vestirse. Asimismo, vemos fugazmente el FBI espiando a Malcolm X, pero ello no es suficiente para que el espectador comprenda el peso de los servicios secretos en la vida –y la muerte– americana de aquellos años ni su papel en una larga serie de asesinatos políticos, empezando por el de Malcolm X, perpetrado por la Nación del Islam con la complicidad del FBI. No estoy pidiendo, ni mucho menos, una obra demostrativa. En El dilema, el espectador se enteraba de lo que ocurría, y era del mismo director y guionistas. En Ali todo queda confuso, incone-xo, deshilvanado, y, salvo el episodio de Vietnam, se rehúye el choque frontal.

En las escenas dedicadas a su negativa a alistarse en el ejército, la biografía de Ali vuelve a enlazar con el contexto histórico. Mann recobra el tono de El dilema: un individuo enfrentado a un poder que, decidido a aplastarlo, lo despoja de todo. Allí eran las empre-sas tabacaleras, aquí el ejército con su dispositivo represivo. En una escena inolvidable, al salir de la comisión de boxeo que lo ha desposeído del título, Ali esgrime ante los periodistas, atónitos, sus razones para no ir a Vietnam. Actitud que le acarreará la pro-hibición de combatir durante tres años. En el punto más bajo de su biografía, vemos a Ali, abatido, en el metro.

En otro momento aflora la idea de que la radicalización de perso-najes como Ali y de amplias capas de la población negra podría introducir un elemento explosivo en la política americana. Incluso Howard Cosell (Jon Voight) lo menciona. Pero acto seguido Mann pasa a otra cosa.

SIN DILEMAS

Algunos críticos, al hablar de Will Smith, han disparado adjetivos de grueso calibre: «memorable interpre-tación», «actor genial»... No hay para tanto. Will Smith cumple, desde luego. Y nada más. Es aplicado, pero carece del registro trágico. Sabe hacer reír, pero es limitado a la hora de expresar las tormentas interiores. De hecho, transita por toda la película sin conflictos ni dilemas espinosos. De su vida sentimental, Mann nos ofrece una versión expurgada y una civi-lizada discusión en el hotel de Kinshasa. En Ali se constata un déficit de dramatización. Dicha carencia, las cosas como sean, hay que achacarla principalmente a los guionistas, no al actor.

En la segunda mitad, Ali va perdiendo fuelle. Cuando aterri-zamos en el Zaire de Mobutu, Mann parece haberse quedado sin recursos y cae en la servidumbre a las crónicas de boxeo, pues se limita a filmar el enfrentamiento entre Ali y Foreman, con sus prolegómenos.

Evidentemente, se trata de un combate importante en la historia del boxeo (hasta Norman Mailer le ha dedicado un libro). Cuando Ali volvió a pelear tras la suspensión, el tiempo le había pasado factura y ya no tenía la velocidad de su juventud. Además, había recibido tanto frente a Joe Frazier, que incluso su propio equipo estaba convencido de que lo tendrían que sacar del cuadrilátero en camilla. El combate contra Foreman le permite a Mann terminar la película como la ha empezado: con una victoria contra todos los pronósti-cos. Pero no deja de ser un final propio de una success story normal y corriente.

Justo es decir que los combates constituyen uno de los aspec-tos más logrados de Ali. Aunque a uno no le entusiasmen las peleas de boxeo tal como suele presentarlas el cine, en Ali, gra-cias a la actuación de los adversarios de Will Smith (todos son boxeadores profesionales) y a los movimientos de la cámara, pega-da a los púgiles, el espectador sigue la estrategia y las vicisitudes de los combates. Y también se percata de su brutalidad. Fuera del cuadrilátero las cosas vuelven a difuminarse. Si no me falla la memoria, no hay ninguna conversación entre Ali y su entrenador. Ron Silver queda reducido a comparsa. Mann tampoco saca partido a los entrenamientos.

PRISIONEROS DE LOS ÍDOLOS

Lamento tener que escribir una rese-ña negativa, porque la anterior película de Mann –El dilema– me pareció per-fecta. Ali, sin embargo, no acaba de funcionar. Lo que falla es el guión. Carece de perspectiva ante Muhammad Ali y el ídolo en que se ha convertido. Y sin distancia no hay reflexión. Al escribir una biografía, o se acepta pasivamente la visión del protagonista o se adopta una perspectiva independiente. Los guionistas, al no hacer lo segundo, han quedado prisioneros de las imá-genes consagradas sobre Ali y su mundo, con el resultado de que han escrito una hagiografía. Pro-bablemente no era su intención, pero no han sido capaces de crear un modelo diferente de las biopic convencionales de Hollywood. Reconstruyen acontecimientos, nunca indagan lo que hay detrás de la superficie, las causas reales. Saltamos de una cosa a otra, pero se desperdician situaciones y personajes. Ali, en definitiva, carece de un hilo conductor que dé sentido a la sucesión de escenas.

Ali contiene imágenes atractivas y buenos momentos. Mann hace gala, una vez más, de su virtuosismo visual y narrativo, al que aña-de mucha música. Pero la falta de rigor en el guión se refleja en el plano formal. El estilo degenera a menudo en pirotecnia desti-nada a impresionar y deslumbrar al espectador. Un derroche inútil de energía.

En conjunto, lo mejor son los combates en el cuadrilátero. No les veo ningún fallo. Y tampoco se abusa de ellos. Pero decir esto de una película que aspiraba a ir más allá del mundo del boxeo no es precisamente un elogio.


Imágenes y notas de producción de Ali - Copyright © 2001 Columbia Pictures. Distribuidora en España: Manga Films. Todos los derechos reservados.

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