CRÍTICA
Josep
Alemany
LA ESTÉTICA DE LA SATURACIÓN
Afirma
Julien Gracq, en una entrevista, que la
literatura norteamericana posterior a Poe y
Melville no ha conseguido despertarle el interés
a causa de su «búsqueda directa, obsesiva, a
veces demasiado ostensible, de la eficacia». Se
trata de una «literatura-puñetazo» que busca
impresionar de manera expeditiva.
La
definición que Gracq aplica a la literatura le
sienta la mar de bien al cine de Martin
Scorsese. Y se queda corto.
En efecto,
Scorsese ha dirigido una de las películas más
efectistas que he visto en mi vida: Taxi
Driver (1976), con guión de Paul
Schrader. Éste, para variar, nos endilgó
la historia de un personaje que «se libera» de
sus obsesiones mediante una matanza atroz. En
vista de la artillería empleada, sería más
apropiado calificar Taxi Driver, no de
«cine-puñetazo», sino de
«cine-ametralladora».
La
película siguiente, también con guión de Paul
Schrader Toro Salvaje (Raging
Bull, 1980) dejó deslumbrados a los
críticos profesionales. Tal vez porque utilizaba
el blanco y negro. Dado que el protagonista era
boxeador, constituye el ejemplo perfecto del
«cine-puñetazo», con una contundencia
reforzada por el sermón religioso sobre la
redención (ficha técnica de los autores:
Schrader, calvinista; Scorsese, ex seminarista
católico). Todo ello bien aderezado con los
símbolos correspondientes, sin olvidar al
Espíritu Santo, que se le aparece a Jake la
Motta (Robert de Niro) en la
cárcel, en el momento de la revelación y el
arrepentimiento («No soy ese hombre, no soy ese
hombre»).
Decidí
descansar una temporada del «cine-puñetazo».
Sin embargo, un día me atreví a ver Uno de
los nuestros (Good Fellas,
1990). ¡Vaya sorpresa! Justo es reconocer que a
Scorsese la película le salió redonda. Al coger
como protagonista a un personaje que no era ni
pistolero ni pez gordo de la mafia, Scorsese
adoptaba una nueva perspectiva, evitaba los
caminos trillados. No nos evitaba a Robert de
Niro, eso es imposible, pero al menos lo
desplazaba a un segundo plano. El actor principal
y eje de la narración era Henry Hill (Ray Liotta).
Planteamiento original, uso acertado de la voz en
off, excelente ritmo narrativo, todo ello
contribuía al buen resultado de la película.
Una de las grandes cualidades de Uno de los
nuestros consistía en que Scorsese no caía
en la trampa del «cine-ametralladora». Pues
bien, con Casino vuelve a practicar dicha
estética. Con dos puntos culminantes: el
principio y el final.
FUEGOS
ARTIFICIALES
Nada más
empezar la película, las voces en off de
los dos protagonistas masculinos nos ametrallan
con un diluvio de datos, mientras las imágenes
se suceden a modo de ilustración, como en un
documental (de hecho, se trata de una
disertación sobre Las Vegas, el funcionamiento
del casino Tangiers y sus vínculos con la
mafia). En la parte final volveremos a ser
ametrallados con una retahíla de asesinatos y
venganzas. En medio, la historia habitual de la
ascensión y caída de un mafioso importante
(Ace, Robert de Niro) y su amigo (Nicky, Joe
Pesci); la radiografía de un mundo que gira
alrededor del dinero y los sobornos; una mujer
(Ginger, Sharon Stone) comprada con joyas,
vestidos y una maleta llena de dinero; estallidos
de un machismo propio de energúmenos; escenas de
lucha libre matrimonial; la degradación de la
amistad entre los dos mafiosos; el hundimiento
final del mundo de Ace, sin excluir la
separación y la muerte de Ginger...
Nada nuevo
en la pantalla, como puede ver el lector. Y como
también ha visto Scorsese. Lo demuestran las
siguientes declaraciones: «Hay que situar la
película en el contexto de la época y del
lugar. Tiene que hablar de América. De lo
contrario, ¿para qué hacer una película más
sobre la mafia? No me interesa». Así pues,
Scorsese ha dirigido todos los esfuerzos a
aportar alguna innovación. Para empezar, somete
el espectador a un tratamiento especial,
inundándolo de datos, a modo de aviso de lo que
vendrá a continuación. Además, Scorsese hace
gala de un montaje deslumbrante, casi
experimental: hay cuatro o cinco historias
entrelazadas, una exposición documental sobre el
negocio del juego en Las Vegas, dos o tres voces
en off. Sin embargo, el derroche de
energía tan característico, por otra
parte, de Scorsese se agota en sí mismo,
no logra transformar los materiales en oro. Casino,
en definitiva, es una película más sobre la
mafia. Eso sí, llena de fuegos de artificio.
Donde domina la estética de la saturación, de
la imagen llena. El pleonasmo continuo.
AUTORRETRATO
¿Casino
habla de América? A pesar de las alusiones a la
«libre» circulación del dinero y al soborno
generalizado, Casino no rebasa la
descripción de un mundo concreto: Las Vegas. No
podemos meter a Scorsese en la categoría de los
autores que utilizan el gansterismo para
denunciar la impostura del sistema político (las
instituciones de la democracia «modelo»
socavadas por la acción conjunta del dólar y
del crimen organizado). Este aspecto no parece
interesarle mucho.
Hemos de
buscar hacia otro lado el origen de la atracción
por la mafia. Hemos de mirar hacia el adolescente
nacido en el barrio de Little Italy, en Nueva
York, que para «triunfar en la vida» tenía dos
caminos ante sí: el seminario y la mafia.
Scorsese escogió el seminario. Pero ya entonces
estaba tentado y fascinado por el
otro camino. Al mostrar el éxito y posterior
fracaso de un mafioso, ¿se dedica a exorcizar la
tentación? Sea como fuere, lo cierto es que la
fascinación todavía le dura. El personaje de
Ace incluso contiene algunos rasgos del propio
Scorsese. El título completo de la película
bien podría ser «Retrato del artista como
director de casino». Abundan las
similitudes entre el trabajo de Scorsese como
director de cine y el de Ace en el casino
Tangiers: control milimétrico de todos los
detalles, dedicación absorbente, ausencia de
placer en lo que hacen...
RELIGIÓN
Y MAFIA
Scorsese ha
declarado sin tapujos que siente nostalgia por
los protagonistas y su época (Las Vegas de los
años setenta) frente a la Disneylandia actual.
Somos incapaces de compartir semejante nostalgia.
Sobre todo después de ver durante casi tres
horas cómo los personajes en cuestión se
comportaban como cafres.
Aquí no
puedo evitar mencionar, a título de referencia,
dos obras ejemplares sobre la mafia, lejos de la
fastuosidad de Coppola y de la
fascinación de Scorsese: Gloria (1980), de
John Cassavetes, y Lazos
ardientes (1996), de los hermanos
Wachowski.
El
seminario y la mafia. A pesar de los años
transcurridos, Scorsese sigue prisionero de los
dos caminos. De hecho, la mayoría de las
películas de Scorsese se pueden englobar dentro
de los dos apartados mencionados. Cine
religioso: la trilogía con guión de Paul
Schrader Taxi Driver, Toro
Salvaje, La última tentación de
Cristo (ésta no la he visto), y, en
1997, Kundun (película
no budista sobre el budismo). La peor obra de
Scorsese pertenece a la categoría del cine
religioso: Taxi Driver (en la reseña de Posibilidad
de escape encontrará el lector la
exposición razonada de un juicio tan negativo).
La mejor, al cine mafioso: Uno de los nuestros.
Tengo fe en el cine, no en la religión. De ahí
que, de la filmografía de Scorsese, las obras
mafiosas sean las que más me gustan, aunque a
veces no acaben de convencerme. A pesar de las
críticas que yo mismo acabo de formular en este
artículo, debo confesar que, como espectador,
prefiero Casino a cualquier película
religiosa. Aunque sea una «obra maestra»
dirigida por Scorsese, Dreyer o Bresson.
Imágenes
de Casino - Copyright © 1995 Universal Pictures.
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